De radicales y de opositores.

“No nos importa que la militancia radical se vaya”, dijo Miguel Barbosa, líder perredista del senado. La afirmación fue irreflexiva, creo, pero también elocuente. Parece una invitación a los radicales a abandonar ese partido (el PRD) para sumarse a MORENA. Expresión irreflexiva y elocuente, insisto, porque radicales en el PRD hay muchos. Radical significa ir a la raíz; una metáfora aplicable en política a cualquier doctrina que proponga cambios sustanciales. Un socialista es un radical, puesto que busca cambios profundos al sistema capitalista. Un marxista es un radical, no creo que haga falta explicarlo. Y en el PRD hay muchos hombres y mujeres de ideas socialistas y marxistas a quienes Barbosa está conminando a abandonarlo. La frase “No nos importa que la militancia radical se vaya”, pasa por encima de la historia de ese partido, que fue formado por numerosas organizaciones definidas como socialistas de manera implícita o explícita. Para empezar, el partido se fundó utilizando el registro del PMS (Partido Mexicano Socialista), heredado del PSUM (Partido Socialista Unificado de México), heredado, a su vez, del PCM (Partido Comunista Mexicano). Barbosa querrá olvidar ese pecado original, porque palabras como “socialista” o “comunista” suenan aún más radicales que MORENA. El PRD, hasta hace poco, era un partido que luchaba por cambios radicales. Si la militancia le hiciera caso a Barbosa, su partido vería un éxodo masivo hacia MORENA, o a lo mejor nada más hacia otro lado…

Elocuente también resulta la declaración airada de Jesús Zambrano, líder nacional perredista, que criticó a Martí Batres por decir que MORENA sería la verdadera oposición al PRI. Zambrano lo reconvino por no reconocer que hay otras fuerzas opositoras. Tiene razón Zambrano si se refiere a otras organizaciones no electorales, como el EZLN; pero no la tiene si se refiere al PRD, y Zambrano menos que nadie puede reclamarse opositor al gobierno priísta cuando acaba de firmar el “Pacto por México”, que es el reconocimiento de que ha dejado de ser oposición para asumirse parte de un proyecto compartido con el gobierno, con el PRI y con el PAN. Mientras no se desdiga de ser parte del Pacto, el PRD ha dejado de ser oposición. No se opone a las propuestas de Peña, las comparte públicamente.

Estamos ante una escisión histórica de la izquierda mexicana. De esa izquierda que se puede llamar “electoral”. La que, a partir de 1988, construyó el partido político de izquierda más grande e influyente de la historia de México: el PRD. Dicha escisión ha sido un proceso largo que incluyó una lucha sorda dentro del partido, y que finalmente se está dando irremediablemente y sin ningún atenuante. Se veía venir desde que López Obrador anunció la conversión de MORENA en partido político, por más que modulara su discurso insistiendo en que no se trataba de un rompimiento con los partidos que lo postularon a la presidencia. Y por más que ahora Martí Batres insista en que el pleito no es con el PRD sino con el PRI. Y por más que voceros del PRD repitan que aplauden el nacimiento del nuevo partido, y que no ven ningún riesgo de perder gran número de militantes.

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