Los Nuevos Herederos de Zapata, de Armando Bartra

(Texto leído en la presentación del libro de Armando Bartra: Los Nuevos Herederos de Zapata, en el auditorio Heberto Castillo de la Asamblea Legislativa del D.F.)

Francisco Pérez Arce Ibarra

Si un investigador se propusiera hoy escribir un libro sobre cien años del movimiento campesino mexicano, la vida rural, sus momentos decisivos, sus batallas perdidas, su declinación demográfica y productiva, su resistencia larga, su sobrevivencia y su realidad actual… Y además este investigador se propusiera exponer sus resultados en un  libro de 290 páginas… le desearíamos buena suerte con una sonrisa más bien irónica…

Pero el libro de Armando Bartra, Los Nuevos herederos de Zapata (campesinos en  movimiento 1920 – 2012) es un libro con ese número de páginas y logra un recorrido que incluye todo lo que arriba señalé, y lo hace además sin prisa, no resulta un relato apresurado, se detiene en análisis detallados de momentos y asuntos clave.

No parece el libro de un filósofo (Armando tiene formación de filósofo), ni de un profesor de economía (Armando tiene una mirada de economista, y recurre a ella a menudo), ni de un militante agrarista (que también lo ha sido), ni de un historiador (que el género se le da, porque la historia reúne todo lo anterior y además Armando es un notable narrador). No parece el libro de un académico aunque reúne los requisitos que un colegio académico pediría.

El secreto es que Los nuevos herederos es que está escrito desde el observatorio intelectual y también desde la trinchera política. Por eso logra detectar las preguntas precisas y sabe buscar las respuestas posibles. Preguntas intelectuales, sí, que requieren para su respuesta el conocimiento teórico del estudioso, pero también a menudo preguntas surgidas de la necesidad del movimiento, de sus preocupaciones y de sus dudas.

Empieza, como tenía que ser, con los protagonistas de la revolución mexicana, y explica los difíciles años post revolucionarios, los abigarrados años veinte, en los que se conformó el nuevo Estado con los restos del Estado porfiriano más las pretensiones de la constitución del 17. En todo momento el discurso agrarista está presente. “Para el grupo Sonora –escribe AB—la reforma agraria es una herramienta política de pacificación y no un proyecto de desarrollo agrícola” (p. 24) El reparto agrario está presente, pero se amplía  con fuerza y cambia su naturaleza en el sexenio cardenista.

En esos años veinte sucede la revuelta cristera. Es un tema que generalmente se elude. Es un episodio incómodo. Armando la aborda no para descalificarla, ni reducirla a una manipulación reaccionaria a cargo de la iglesia, sino para comprenderla.

“Si admitimos que tanto la Cristiada como el agrarismo son movimientos populares, tendremos que reconocer que para la segunda mitad de la década de los veinte el movimiento campesino se expresa a través de dos tendencias distintas y claramente enfrentadas: el agrarismo, encuadrado dentro de la política oficial y en una relación de cooperación antagónica con el Estado; y los cristeros encuadrados dentro de la política de las organizaciones clericales y en una relación de cooperación antagónica con los terratenientes.” (p. 55)

Tras el desenlace en 1929 hay todavía una segunda Cristiada: Cuando estalla “La Segunda” ni la Iglesia ni los terratenientes tienen influencia en el movimiento y además el reparto agrario, lento y burocrático, es sin embargo irreversible y evidentemente popular, de modo que la segunda oleada cristera ya no es enemiga del reparto agrario… el segundo movimiento cristero se hace agrarista, asemejándose cada vez más a una especie de zapatismo disfrazado.” (p. 73)

El viejo zapatista Enrique Rodríguez, se suma a La Segunda, y concluye su proclama con estas palabras: “…luchamos tanto por la religión como por todos los derechos de la patria para defender la verdadera razón de los pueblos. Agua, tierra, progreso, justicia y libertad. Viva Cristo Rey. Viva la Virgen de Guadalupe”.

La Segunda es combatida ferozmente por el ejército y la derrota en lo militar. Además, políticamente su veta agrarista ya no tiene sustento frente al gobierno de Lázaro Cárdenas, cuya política agraria gana el apoyo y la simpatía de los campesinos.

Bartra se detiene en el periodo cardenista, pero no sólo para describir el ritmo del reparto y la concepción del gobierno en materia agraria, sino para recordar que no todo fue obra del gobierno, había un movimiento campesino extendido y actuante que fue la base social de Cárdenas, y que el discurso y la práctica de su gobierno lo potenció y encausó.

“La acción agraria durante el cardenismo no fue un acto voluntarista y respondió a evidentes presiones sociales; pero sin duda revolucionó el panorama rural del país: miles de campesinos vieron cumplidas sus demandas… Pero nada de esto fue gratuito, y en 1938, con la fundación de la CNC, el Estado mexicano le pasa la cuenta al movimiento rural. La Confederación creada de arriba a abajo responde a un decreto gubernamental y es la única organización campesina con reconocimiento oficial, además de constituir el sector agrario del PNR… A la larga los campesinos tendrán que pagar cara esta sumisión…” (pp. 86, 87.)

Con Ávila Camacho y Alemán, todos lo sabemos, hay un viraje a la derecha. Se frena la reforma agraria. Hay también, AB lo registra, un reflujo del movimiento campesino. Algo tiene que ver en ese reflujo, dice, “el que Cárdenas haya entregado más de 20 millones de hectáreas a 775 mil familias”.

Los gobiernos del viraje inventan un mecanismo más efectivo que el de la represión, crea un “enorme muro de papeles y (una) siniestra y laberíntica burocracia que lo manipula”. Vienen las reformas del alemanismo que constituyen una auténtica contrarreforma agraria.

En el campo se vive una gran tensión social. Se suman circunstancias económicas y demográficas con el freno  al reparto agrario. AB cita una carta de César Martino, en apoyo a Jacinto López, de 1958, que termina con estas ilustrativas palabras: “La verdad es que fue más fácil a la Revolución Mexicana repartir entre los campesinos las haciendas del porfirismo que los latifundios formados al amparo de la propia Revolución…”

Las invasiones de tierra se desatan. Son numerosas y abarcan varios estados de la república. El movimiento enfrenta la represión y es derrotado casi siempre. En Chihuahua y en Guerrero surgen guerrillas armadas; más estudiada la génesis de la segunda que la primera.

“Los movimientos guerrilleros de Chihuahua y Guerrero, así como los sucesivos alzamientos de Jaramillo en Morelos e incluso el intento insurreccional gasquista, constituyen formas de autodefensa armada campesina que oscilan entre el estilo insurreccional propio de la revolución de 1910 y las nuevas formas de lucha que la experiencia cubana introduce en América Latina.” (p. 118)

Estamos ya en los años setenta y el movimiento campesino vive un nuevo auge. Los gobiernos priístas han llegado a la punta de su desprestigio bajo la presidencia de Díaz Ordaz. Y el presidente que quiso ser de “la apertura democrática”, Luis Echeverría, adopta una retórica agrarista, que busca responder al mismo tiempo a un movimiento en auge y a una parálisis económica del sector agropecuario. El capítulo “Los años setenta y ochenta del siglo XX. Zapata cabalga de nuevo” es apasionante. Es el más largo del libro y el que se ocupa con mayor detalle de la historia de las organizaciones, las condiciones en las que surgen, los planteamientos programáticos y las coyunturas políticas. El relato va de la economía a la política al movimiento social. Un retrato rico y complejo del periodo.

1974 es una fecha significativa. Nos recuerda que a lo largo del siglo ha estado ausente el movimiento indígena. No que los pueblos indios no se movieran, sino que no lo hacían reivindicando su ser indio. En 1994, la rebelión indígena en Chiapas y la aparición espectacular del EZLN puso la cuestión indígena en la mente de todo mundo. Textualmente, de todo el mundo. Pudo, para muchos, ser una sorpresa. Pero el movimiento indígena se había gestado a lo largo de veinte años. Por eso 1974 es un año significativo. AB lo recuerda y registra sus pasos en el capítulo “Originarios: Del Congreso Indígena de 1974 a la marcha del color de la tierra”. Los movimientos indígenas se extienden, se encuentran, se coordinan. Se miran a sí mismos. Es un renacimiento emocionante. Es, en palabras de Armando: Presenciamos “el pasmoso tránsito de la vergüenza al orgullo”.

Estamos en el Siglo XXI y no sólo los campesinos se niegan a desaparecer, sino que los indios están orgullosos de serlo. En los capítulos finales, el autor recorre los años que van del tercer milenio: de “El campo no aguanta más” a “Sin maíz no hay país”. No me detengo más. Terminada la lectura del libro conviene regresar al capítulo II: “La creación de un nuevo campesinado”, que contiene una especie de periodización: 1) De Obregón al maximato. La reforma política. 2) Cardenismo. La reforma económica. 3) Los gobiernos de la contrarreforma agraria. Polarización rural. 4) Los años setenta. Crisis agraria y extensión del capital de Estado en el campo. (Para llegar a) 5) Fin de Siglo. El campo mexicano en la encrucijada.

Termino mi comentario refiriéndome a este apartado; más específicamente a lo que el autor llama “la erosión generalizada del mundo rural”, y la descripción detallada que hace de tal fenómeno: “Erosión económica. Que tiene a la producción estancada. Erosión de la seguridad alimentaria. Que hace que el país sea cada vez más dependiente de las importaciones de granos y producto pecuarios. Erosión ecológica. Pérdida de bosques, degradación de suelos, contaminación de aguas, desarticulación de ecosistemas. Erosión social. Descomposición y aún necrosis del tejido comunitario. Erosión demográfica. El 50% de los ejidatarios tiene más de 55 años de edad. Erosión política. Cada vez más gente descree en el Estado de Derecho. Erosión Moral. Deserción casi unánime de los jóvenes que no vislumbran ningún futuro rural deseable.

La descripción es clara y muy preocupante. No para los habitantes del campo, sino para todo el país. El mundo rural, y eso lo han olvidado los gobiernos recientes, aporta mucho más que una determinada producción para los mercados nacional y mundial. Aporta algo que es vital para todos: aire fresco, tierra fértil, agua pura, clima benigno, diversidad de especies, paisajes amables… Dones de valor incalculable que, dice Armando, “son nada menos que las premisas de la vida”.  Y también son sustento de nuestra cultura; cito otra vez al autor: “El campo es fuente nutricia de nuestra diversidad cultural, una pluralidad que es lingüística, pero también plástica, ornamental, musical, canora, dancística, festiva, arquitectónica, indumentaria, culinaria, espirituosa…”

Dice más adelante: “Nuestro imaginario colectivo huele a campo.”

Bueno, este es el libro de Armando. Un libro que hay que leer despacio y una vez terminado, hay que ponerlo en una parte del librero que esté muy a la mano, porque sin duda habremos de requerirlo a menudo para consultarlo. Es de esos libros.

Gracias.

7 de marzo de 2013

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s