Diez de junio: al menos la memoria

Francisco Pérez Arce Ibarra

Hace 42 años, en la ciudad de México, por la calle de San Cosme, avanzaba la manifestación de estudiantes.

Durante casi tres años, desde la masacre del 2 de octubre en Tlatelolco, el movimiento estudiantil se había encerrado en sus escuelas. No era para menos, afuera estaba la amenaza de un gobierno asesino: había matado una vez, sin duda lo haría de nuevo. Pero el 30 de noviembre de 1970 se acabó el periodo diazordacista y ascendió Echeverría, el nuevo presidente, que llegaba con un lenguaje renovado, de tintes izquierdistas, anunciando una “apertura democrática”, ante la evidencia de que el régimen había llegado a su cúspide autoritaria, y fatigaba a la sociedad.

“Apertura democrática”, repitió Echeverría primero como candidato y después como presidente. Le urgía deslindarse rápida y radicalmente de su desprestigiado antecesor. Ofrecía también acciones agraristas de inspiración cardenista, y una política laboral que incorporara nuevas organizaciones sindicales para contrarrestar la fuerza monolítica del charrismo conducido por el viejo cacique de la CTM Fidel Velázquez. También hacía guiños a los intelectuales que casi unánimemente habían condenado la represión del 68. Nuevos aires. Ánimo de concordia.

En Monterrey, en los albores del nuevo sexenio, surgió entonces un movimiento estudiantil. En la Universidad de Nuevo León estudiantes y maestros masivamente protestaron por decisiones tomadas en el Congreso del Estado y en el gobierno local. Se imponía a la universidad una Ley Orgánica profundamente antidemocrática. Además se nombró rector a un militar. La indignación cundió. Las calles de Monterrey se poblaron de protestas. Y los estudiantes del D.F. manifestaron públicamente su apoyo a los estudiantes norteños. Así se convocó a una marcha estudiantil  para el 10 de junio, jueves de corpus, que recorrería nuevamente las calles de la ciudad de México. El punto de partida era el Casco de Santo Tomás, donde se encuentran varias escuelas del Instituto Politécnico Nacional. Volvió la actividad febril en las escuelas superiores del Valle de México. Los activistas hicieron las mantas y pancartas consabidas. Se aprestaron los megáfonos. Se imprimieron miles de volantes. Los estudiantes estarían de regreso en las calles.

Un día antes de la cita, el 9 de junio, se supo que las principales demandas de los estudiantes de Monterrey habían sido cumplidas. Se destituyó al rector militar y no entraría en vigor la criticada Ley Orgánica. Pero los estudiantes chilangos no suspendieron la marcha. Se haría de todos modos. El movimiento tenía otras causas.

El gobierno había preparado una celada. Desde meses antes formó y entrenó a un grupo paramilitar. Sus miembros estaban directamente pagados por una oficina del Departamento del Distrito Federal. Su misión era agredir a concentraciones de protesta social. Para ello recibieron entrenamiento militar. Sus mandos tomaron cursos en academias de Estados Unidos. Su jefe operativo era el coronel Manuel Díaz Escobar.

La marcha partió de las inmediaciones del Casco de Santo Tomás y avanzó hacia San Cosme. En dos ocasiones la policía interrumpió la marcha con el pretexto de que no tenía autorización del Departamento del D.F. En las dos ocasiones permitieron que la marcha siguiera. Al llegar a San Cosme el primer contingente, el de la Escuela de Economía, viró hacia la izquierda. Apenas caminó una cuadra cuando, enfrente del Cine Cosmos, un grupo de jóvenes armados con largos palos (de kendo), agredieron de frente a los manifestantes. Sólo unos minutos después empezaron a escucharse balazos. Eran Los Halcones. Se comunicaban por radio. La policía no sólo los dejó pasar, sino que actuaron como cómplices. Numerosos halcones llevaban armas de fuego: unos se escondían detrás de automóviles, otros se habían parapetado en azoteas vecinas. Fue una verdadera masacre. En medio del caos los estudiantes se desbandaron. Muchos quedaron tendidos en el pavimento. En una acción demencial, los halcones buscaron a los heridos en los hospitales donde eran atendidos para rematarlos ahí, en caliente. Hubo médicos y enfermeras valientes que lograron impedir algunos de estos crímenes bestiales.

Muchas cosas quedaron en evidencia entonces, y se han confirmado con el tiempo: la policía protegió y cubrió a los Halcones. El presidente de la República, Luis Echeverría, sabía perfectamente lo que estaba sucediendo. Fue un crimen con cálculo político que buscó presentar a supuestos enemigos del presidente, enquistados en su equipo, como los únicos culpables de la planeación y la ejecución del ataque. Algunos intelectuales y líderes políticos aceptaron la coartada presidencial. Hoy conocemos evidencias suficientes para saber que Echeverría es culpable. Decenas de estudiantes murieron la tarde de ese jueves 10 de junio.

Hoy, que se cumplen 42 años de aquel crimen de Estado, hablemos de ello. Recordemos. No se hizo justicia. Ante la impunidad campante al menos tenemos la memoria.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s