El último argumento de los privatizadores

Francisco Pérez Arce Ibarra

Quitando la paja, a los privatizadores sólo les queda un argumento: Pemex y el gobierno no tienen los recursos necesarios para explotar el petróleo en aguas profundas y el shale gas. Se necesitan muchos millones de dólares para sacar esa riqueza. Dejemos que las empresas privadas lo exploten y nos dejen una parte de la renta. Es el único modo de extraer esa riqueza y de hacerlo rápidamente.

Para ser el último argumento resulta demasiado pobre: hace agua por todos lados. Algunas preguntas obvias: ¿por qué es necesario explotar esa riqueza rápidamente? El petróleo es nuestro (de la nación) pero ¿de quién es la prisa? Se bombardea con números impresionantes: México extrae 2.5 millones de barriles diarios, pero hace algunos años extraía 3.5 millones; se necesita volver a esa cifra e incluso incrementarla. Y cuando producíamos ese pico, y además el precio del petróleo estaba a la alza, ¿en qué acabaron esos ingresos extraordinarios? Los gobierno de los panistas (ahora pujando fuerte por la privatización) ¿qué hicieron con esos ingresos extraordinarios? No está mal aumentar la producción, supongo, pero se necesita saber qué hacer con los ingresos extraordinarios que, también supongo, ello traería.

Durante muchos años Pemex ha producido 2.5 o más millones de barriles diarios. Y sin embargo en una línea continua hemos aumentado la importación de gasolina. Vender crudo es un excelente negocio, puesto que el precio multiplica por diez el costo de producción. Pero comprar gasolina es un pésimo negocio, porque nos venden el mismo petróleo pero con un valor extra. Es la vieja tontería de vender naranjas y comprar jugo de naranja. Nuestra dependencia de la creciente importación de gasolinas es uno de los petates con los que urgen a la privatización; es muy extraño: ¿por qué durante más de dos décadas no se ha construido ni una sola nueva refinería? ¿Por qué la que prometió con bombo y platillo Felipe Calderón, ni siquiera se empezó a construir? (En tres años sólo construyeron la barda perimetral del terreno destinado a la nueva refinería en Tula).

No está claro que realmente necesitemos aumentar sustancialmente la producción. Pero si tal se considera, tampoco está claro que Pemex y el gobierno no puedan disponer de los recursos para hacerlo. Quizá no de inmediato, quizá de manera paulatina. En todo caso los recursos se obtienen cuando los proyectos económicos son sensatos y tienen buena prospectiva. (Aunque tampoco hay que dejarse deslumbrar por expectativas maravillosas, como le sucedió al presidente López Portillo cuando descubrió que México tenía enormes reservas, y mediante la obtención de créditos -en un momento en que las tasas de interés eran bajas y el precio del petróleo era altísimo- aumentó espectacularmente la producción. Todo muy bien. El presidente advertía que teníamos que prepararnos para “administrar la abundancia”. Pero entonces sucedió lo peor: al mismo tiempo bajaron los precios del petróleo y aumentaron las tasas de interés, la tormenta perfecta, y la abundancia atisbada se convirtió en una enorme e impagable deuda.)

En resumidas cuentas: no está claro que México necesite aumentar la producción, y de ser así, tampoco está claro que Pemex no pueda disponer de los recursos necesarios.

Panistas y priístas están pensando como comerciantes ambiciosos (y un poco tontos) que quieren venderlo todo y rápido. Y para ello lo más fácil es reformar la constitución y dejar entrar a las petroleras trasnacionales. Se encandilan y quieren encandilar con expectativas falsas. En los propios cálculos de algunos privatizadores, con las inversiones privadas esperadas, la economía no crecería más de medio punto porcentual del PIB, y sólo se crearían unos 100 mil nuevos empleos. Realmente poca cosa para todo lo que perdemos. Las trasnacionales, en cambio, bailarían de gusto, y metidas en nuestro territorio, empezarían a controlar nuestros recursos. Y una vez aquí, sería muy difícil echarlas de nuevo, como lo hicimos en 1938: claro, entonces teníamos en Lázaro Cárdenas un presidente estadista que ponía por encima de todo los intereses de la nación.

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