1994: Paisaje de enero

(En 1995 apareció mi libro: 1994, el año que nos persigue. “Paisaje de enero” es el primer capítulo. Así veíamos, o así veía yo, el levantamiento indígena encabezado por el EZLN, y el cambio que provocó en el estado anímico del país.)

Francisco Pérez Arce Ibarra

Ahora, ese gran Nadie que habita

 en las sombras de México, ha salido al sol.

Carlos Fuentes

 

Año nuevo, sorpresa, Chiapas. La prensa tartamudea. La información nos envuelve, insuficiente y áspera. Días de leer el periódico, varios periódicos, todas las páginas. Andar en busca de claves, de datos ocultos entre líneas. Días de lectura obsesiva que de todas maneras nos deja insatisfechos. ¿Qué es esto?

Las impresione inmediatas son ambiguas o ambivalentes. Desconfianza, duda sobre el origen verdadero y la autenticidad de la rebelión indígena. Los escépticos no pueden ver una rebelión de la tierra, buscan la mano negra. Abundan las hipótesis: el ejército (o una fracción del mismo), políticos priístas marginados, la CIA (infaltable en estos análisis), las bandas de narcotraficantes, la Iglesia (o una fracción de la misma). En el extremo del absurdo hay quienes ven el dinero de Ross Perot, el multimillonario texano que se convirtió en el enemigo número uno del Tratado de Libre Comercio. No son las únicas, pero sí las más concurridas, todas las he oído en tertulias y sobremesas.

Otra vertiente escéptica (en la cual me incluyo) ve un movimiento que comete el gran pecado de la ingenuidad o la ceguera: declararle la guerra al gobierno y su ejército y exigir la renuncia del presidente sólo puede provenir de un percepción extraordinariamente errada no nada más de la correlación de fuerzas entre los dos ejércitos, sino del estado de ánimo de la sociedad nacional. Pronostica con dolor (y con cierto sentimiento de culpa) una masacre. Como no parece haber ceguera ante la realidad nacional, el acto de rebelión tiene algo de martirio.

Hay también, desde luego, las versiones de autores oficiosos, como los “intelectuales orgánicos del salinismo”, muy doctos, diseñadas para que cuadren con sus modelos y deseos. Versiones que muestran ignorancia de la realidad chiapaneca. Estos profesionales de las interpretaciones rápidas no necesitan el dato terrenal del insignificante rincón de la selva. Son los infalibles, los apologistas del futuro disparando descalificaciones instantáneas: la realidad es un espejismo, la rebelión no existe, los guerrilleros son un arcaísmo de mal gusto que acabará bajo las balas del ejército ante el desprecio de la sociedad moderna.

Pero el espejismo se repite. Es un espejismo terco. Se pone frente al país para que pueda verse desde todo su territorio. Acaba convenciendo: Chiapas es el escenario de la rebelión indígena que en nuestra intuición va pasando de desesperada  suicida a inteligente y audaz… aunque quizá también desesperada y suicida… ¿Qué duele más, una muerte oculta silenciosa resignada, o una muerte de pasamontañas, paliacate y rifle de palo? Duele igual, pero al menos te trataron un día con respeto, con temor. Frase inolvidable del Subcomandante Marcos, ese recién llegado a la escena nacional: “Somos los muertos de siempre. ¿De qué debemos pedir perdón? ¿Y a quién?”

La muerte siempre es muerte. La muerte tiene permiso. En Chiapas siempre lo ha tenido.

Ante el paisaje de enero los ciudadanos comunes apoyamos las demandas zapatistas. Tienen razón: viven en l miseria extrema, una vida demasiado parecida a una muerte verdadera. La muerte es a falta de futuro. Apoyamos su causa pero tememos la dinámica imparable de la violencia. Estamos llenos de las imágenes fraticidas de la desmembrada Yugoslavia. No era necesaria la violencia, dicen. ¿No era necesaria? Hoy hablamos de Chiapas, reconocemos su injusticia y su miseria. ¿De qué hablábamos cuando no hablábamos de Chiapas? Del Tratado de Libre Comercio, del primer mundo (nuestro primer mundo), del futuro luminoso (nuestro futuro luminoso), de la gloria del consumo (nuestro consumo interminable).

Se extiende la certeza de que estamos presenciando una auténtica y justa rebelión indígena y que es preciso evitar la masacre. En palabras de Carlos Montemayor, en artículo publicado el mismo dos de enero: “La solución militar en el México actual no puede ser una buena decisión: sería una terrible equivocación. No podrá resolverse ningún conflicto social, agrario, indígena, con la intervención del Ejército mexicano.”

En los primeros días de enero hablamos de Chiapas con asombro. Unas semanas después hablaríamos de sus indiscutibles logros políticos. El sistema político se cuarteó.

Cuando el presidente y su gobierno supieron que no iban a sofocar el fuego en dos dís, que se trataba de una guerra en la selva que podría durar meses, quizá años… Y cuando el presidente y su gobierno que amplios sectores de la sociedad se manifestaban por la paz, y la paz quería decir que el Ejército federal cesara su ofensiva contra el EZLN, contra los pueblos de la selva. Cuando se dieron cuenta que no sería adoptada como “verdad nacional” la decretada por el presidente: son “grupos violentos” y “profesionales de la violencia”, de ninguna manera indios campesinos en rebeldía. Sí, hay indios, pero son inditos engañados por esos grupos en los que, por si fuera poco, hay extranjeros inmiscuidos. (¿Más extranjeros todavía que los mayas?)

También el presidente y su gobierno supieron que  internacionalmente la prensa y las organizaciones de derechos humanos diagnosticaron una rebelión indígena producto del modelo neoliberal “ejemplarmente aplicado en México”.

El presidente se dio cuenta de todo eso y ajustó su equipo, cambió “lo que no funcionó”. Declaró el cese unilateral al fuego. Promulgo una ley de amnistía. Destituyó al secretario de Gobernación y al gobernador interino de Chiapas. En sus apariciones en televisión, Salinas tenía el rostro desencajado. En unos cuantos días, entre e primero y el diez de enero, su prestigio, su imagen internacional, el ejemplo ante la comunidad financiera, se habían desmoronado.

En gobernación puso a Jorge Carpizo quien inusitadamente declaró que no pertenecía  ningún partido político. Fue una reacción rápida y audaz del presidente. Otra pieza del paquete de medidas emergentes fue el nombramiento de Manuel Camacho como “Comisionado para la paz y la reconciliación en Chiapas”. Camacho se convirtió en protagonista de la crisis nacional. En contraste, el candidato priísta a la presidencia. Luis Donaldo Colosio, fu el personaje gris de enero: no tomó iniciativas, y la que tomó fue insignificante. No decía nada, o lo que decía resultaba anodino, sin contenido ni dirección. Colosio fue el político inexistente. Por eso los priístas tenían dudas, pensaban que tal vez el presidente cambiaría de opinión y de candidato.

El 12 de enero

Había otro protagonista: el pueblo con su nuevo nombre de Sociedad Civil. Es decir, la gente común que habitualmente se aparta de las decisiones políticas, pero en los momentos en que se siente lastimada, toma la voz y las calles. El 12 de enero fue uno de esos días. Las calles del centro histórico de la capital se vieron inundadas por una multitud enérgica, que había salido a manifestarse por la paz, de manera casi espontánea. No eran los contingentes de otras marchas organizadas por sindicatos, partidos, grupos político, ejidos, escuelas. Era el ciudadano que llegaba solo y se incorporaba a una columna que crecí en cada cuadra y tenía muy claro su objetivo: detener la guerra, evitar la masacre. No añadir muerte a las injusticias acumuladas en las regiones marginadas del país; reconocer las injusticias y asumir su reparación como asunto nacional. Fue un momento de lucidez y responsabilidad compartida por amplias capas de la sociedad. Eso representó el 12 de enero.

El gobierno detuvo el fuego, recuperó imagen y ganó tiempo. Pero también modificó el terreno de la política oficial. Seguían las dudas sobre el futuro del candidato oficial. Pero Salinas, cuando terminaba enero, quiso borrar las dudas sobre el futuro del candidato oficial. Pero Salinas, cuando terminaba enero, quiso borrar las dudas: a punto de viajar a Devos, Suiza, reunió en Los Pinos a una selección nacional de la política oficial (Carpizo estaba incluido) y pronunció la célebre frase: “No se  hagan bolas, es Colosio”.

No pasa nada

El presidente viajó a Devos, Suiza, a reunirse con los capitanes mundiales de los negocios y las finanzas. Ahí repitió que en Chiapas habría un grupo violento de profesionales de la violencia y que se trataba de un problema localizado regionalmente. Quiso dejar la impresión de que el sobresalto había pasado y todo estaba nuevamente bajo control. Podían seguir hablando de negocios: hablemos del TLC y las expectativas de un gran flujo de capitales hacia México. Hablemos de cosas serias.

Pero la crisis no ha terminado. Hay avances hacia el diálogo entre el EZLN y el gobierno. Se pactó una tregua y se declaró una zona franca. La Cruz Roja Internacional pudo instalar campamentos para auxiliar a los civiles. Pero en enero no se inició el diálogo.

El efecto Chiapas desequilibró al sistema: una fuerza relativamente pequeña, en una región aislada, mostró su frágil equilibrio. Debían haberlo sabido. Su cálculo no podía ignorar realidades tan a la vista: la miseria, la desesperación, la ausencia de alternativas. El autoengaño no podía ser tanto. Chiapas  el EZLN fueron un disparo sorpresivo, certero y trascendente. Pero el disparo no surgió de un lugar insospechado, era el eslabón más débil de la cadena.

No podían ignorarlo. No hablo de los servicios de inteligencia que debían estar informados del surgimiento del EZLN, sino de que no podían ignorar el rezago social. Sus propios datos dan cuenta de la pobreza extendida, de la pobreza extrema. La situación se agravó debido a la recesión económica de 1993: Junto a la pobreza, tan importantes como ella, están las cuentas negras de la justicia, la discriminación al indio, la antidemocracia. Autoritarismo e impunidad. Prepotencia y soberbia. Un coctel que no podía disolverse con recursos Pronasol de emergencia, con el gasto social de la culpa, con la derrama tardía de recursos.

Para el gobierno salinista, la inserción de la economía nacional en la economía global había sido, más que una estrategia, un credo.

En pocos días de enero, como en las tragedias griegas, las cuentas del pasado se juntaron en un solo punto. Pero aquí no había el personaje trágico que tomar conciencia de su culpa, sino un político pragmático que con un golpe de timón buscaba sobrevivir a la tempestad.

Termina enero. La tregua se mantiene. El diálogo entre el gobierno y el Ez es probable. Todos los esfuerzos del gobierno son para reparar la imagen del presidente, mostrarlo controlador de la situación. Aparece en escena la probable reforma electoral. Chiapas la hace posible, pero también la preexistencia de una propuesta esgrimida por un partido, el único que se había inconformado con la reforma del 93, el PRD.

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