Momento México: Desencanto Rápido

 Francisco Pérez Arce Ibarra

Hace un año la prensa internacional hablaba  con más cursilería que análisis del Momentum México. Algo así como la estrella ascendente, un país en renovación increíble, una frescura sureña en ascenso al paraíso del norte. Detrás de esta elaboración de opinadores rápidos y glamurosos no había otra cosa que el gran contento de ver a un país que se entrega a los tiempos que corren, que se despoja de la originalidad nacional que lo defendía y hacía único, para vestirse con los ropajes de lo bien visto en el mundo. México se entregaba ya sin ambages a la corriente mundial de un pensamiento económico (y decir un pensamiento económico es decirlo todo) que ha arruinado al mundo pero ha salvado a las grandes corporaciones y concentrado la riqueza en el pequeño club de dueños (el uno por ciento apuntado por los indignados). México al fin entregaba su último tesoro, el petróleo y con él su alma. Esta entrega total atraería a los salvadores inversionistas, a los capitales del mundo, para crear en nuestro territorio riquezas nuevas y empleos numerosos.

El momentum se evaporó. Las expectativas de crecimiento para 2014, que tampoco eran la gran cosa, han tenido que corregirse a la baja. El país no crecerá ni siquiera al 3%. No se crearán ni siquiera los 600 mil empleos que pronosticaban.

Otro gran tema era el de la seguridad. El desastre heredado por el gobierno de Calderón con su guerra estúpida abría la pregunta de si el nuevo gobierno del viejo PRI sería capaz de recuperar la seguridad pública, o al menos atenuar la inseguridad extrema. El momentum México incluía la visión optimista de un gobierno fuerte que toma el poder firmemente, incluso por encima de los poderosos cárteles de la droga. Pero lo único que hizo el nuevo gobierno del viejo PRI fue controlar los medios de comunicación y limitar la información de la violencia cotidiana. No disminuía la violencia, pero la acallaban.

El momentum se evaporó cuando, el 24 de febrero de 2014, nos enteramos que en se cumplía un año del levantamiento armado de las autodefensas en Tierra Cliente, Michoacán. Nos enteramos no de un levantamiento, sino del aniversario de un levantamiento. Durante ese año las autodefensas habían golpeado y vencido al poder de la región, que no era el gobierno, por supuesto, sino el cartel de los Caballeros Templarios. Nos enteramos que el poder del estado había sido sustituido desde años atrás por una organización criminal. Nos enteramos que los ciudadanos (ricos y pobres) estaban cansados de ese poder. Nos enteramos de un levantamiento armado contra la organización que actuaba en sustitución del Estado: cobraba impuestos, hacía leva, “expropiaba” propiedades, ejercía la violencia impunemente. Y vimos el espectáculo de un gobierno estatal no borroso sino borrado, un poder municipal cómplice o simplemente sometido, y de un gobierno federal que decidió (hasta entonces) entrar a escena con ejército y policía, y con un “visitador” que sustituyera a un gobernador que parecía de broma. Y cuando apenas intentábamos descifrar lo que sucedía en Michoacán, nos llueve la información de las decenas de ejecutados cotidianamente en Tamaulipas. La mortandad con los mismos números y con la misma música que en los tiempos de Calderón: ejecuciones múltiples, balaceras entre cárteles o entre facciones del mismo cártel, pelea por el territorio y las rutas de la droga. No ha cambiado nada. El momentum se evapora.

El tercer gran tema era el de la democracia y la concordia nacional. Se necesitaba un gobierno firme que sometiera a los “poderes fácticos”. Y para abrir boca, el gobierno enfrentó a uno de los dichos poderes fácticos, el SNTE, y encarceló a la indefendible Elba Esther Gordillo. Las televisoras casi mueren de entusiasmo: el gobierno mostraba firmeza, eliminaba a una cacica corrupta de un sindicato que era el culpable del enorme déficit educativo nacional. De un solo plumazo  enviaba un mensaje contra la corrupción y resolvía el problema educativo. Hizo una reforma constitucional apoyada por los tres partidos grandes: PRI, PRD y PAN.

Una “reforma educativa”. (La misma frase era para rebosar de alegría.) El país al fin tendría una educación de calidad para que sus niños y jóvenes pudieran competir en las grandes ligas. La frase fue pronunciada con orgullo millones de veces.

Pero los maestros que se tomaron la molestia de leer la reforma constitucional (y luego las leyes secundarias), salieron a las calles, pusieron de cabeza a la ciudad de México y a otras ciudades del país con manifestaciones y plantones, y mostraron que no había tal reforma educativa, que se trataba de una reglamentación laboral para imponer el poder de “la autoridad”. El único cambio relacionado realmente con la cuestión educativa era la creación de un Instituto de Evaluación. Pero los problemas verdaderos de la educación, no fueron tocados. Así que no habría una mejora en la calidad educativa; no por esta vía.

Plantones y represión. Gritos destemplados contra los maestros de la CNTE (es decir, opositores). Los problemas educativos en el mismo lugar y con la misma gente. El momentum se hizo humo.

El momentum mexicano estaba compuesto por estos elementos: una reforma laboral que quitaba derechos a los trabajadores, una reforma educativa que sometía a los maestros a la “autoridad” y les restaba derechos laborales, una promesa de mejorar el entorno social disminuyendo la inseguridad pública, un Pacto por México que sometía al  mayor de los partidos de izquierda (PRD) a un programa esencialmente de derecha… y la joya de la corona: una reforma energética que prometía el petróleo a las empresas trasnacionales. Este programa virtuoso redundaría en una llegada masiva de capitales extranjeros que impulsarían la economía enormemente y generaría millones de nuevos empleos. Hoy las expectativas son otras. Se evaporó el momentum mexicano.

(No deja de sorprenderme que a estas alturas de la historia sigan repitiendo que la solución de los problemas nacionales llegará con la entrada masiva de inversiones extranjeras.)

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