La Huasteca libanesa

 –Francisco Pérez Arce Ibarra–

(Reseña de La casa de las once puertas, de Carlos Martínez Assad)

La novela de Carlos Martínez Assad es de difícil clasificación. Otras novelas entran claramente en un subgénero: thriller, policiaco, aventuras, intimista, filosófica, de crecimiento, biográfica… Romántica, realista, naturalista… O novela de no ficción, testimonial, psicológica.

Bueno, la novela de Carlos se resiste a toda clasificación, de pronto parece una novela de viaje, o testimonial, o etnográfica… de pronto entra en el territorio del realismo mágico o del naturalismo… parece también de repente una novela testimonial o de no ficción… Es todo eso pero al final de cuentas se trata de una novela que seduce…

Carlos utiliza un recurso muy efectivo de narración en dos líneas paralelas. El lector sigue las dos historias, una es el recorrido de una familia libanesa desde su llegada a esta tierra y su asentamiento en la Huasteca; la otra es el relato en primera persona de Pedro Hernández, un campesino indígena, maestro bilingüe y luchador social. Los dos caminos no parecen tener más en común que el territorio en el que se desarrollan. El lector espera que las líneas se junten y mantiene la expectativa… Y en efecto, al menos dos veces se tocan en ciertos momentos de la narración, de una manera, digamos tangencial… No abundo más en el asunto porque es saludable que el lector mantenga la pregunta de cómo y cuándo las historias se juntan… Independientemente de ello las dos historias son pedazos de un mismo retrato regional, de una misma época. El lector está situado en un observatorio que le permite miradas distintas a la misma realidad, la misma tierra, la misma patria… la de los personajes que narran y la del autor, por supuesto.

De los dos relatos tiene mayor peso el de la familia libanesa: es el cuerpo de la novela. El origen es el abuelo; el punto de vista es el del nieto, José, que mira con ojos frescos, escucha las historias, hace preguntas, hurga en la memoria de los adultos, y las cuenta. La historia de la familia es la suma de las vidas y las muertes de sus miembros; de episodios realistas, bien asentados en el paisaje pueblerino, que a menudo contienen dosis de fantasía, lo que nos hace recordar a la familia Buendía, fundadora del realismo mágico. Por ejemplo la triste historia de Esperanza, la más pequeña de las hijas del abuelo, y el también triste destino de un su enamorado de nombre Eraín; y este extraño nombre nos lleva a conocer al “vendedor de nombres” que cada año llegaba con la feria con su cargamento que vocea con un amplificador en la mano (Abisai, Basilisis, Égido, Austreberto, Itaí, Coti, Auldárico, Masiosare, Giazul, Cecaña, Zadyali, Recesvinto, Ziziadne, Adorinha… y sigue la interminable lista.

O por ejemplo también la historia de dos hermanas, Lena y Luna, guapas, ambas enamoradas del mismo hombre, doctor de oficio, no precisamente guapo, y que tiene el mal gusto, según lenguas femeninas, de usar calcetines de colores inapropiados, quien al final se decide por una de la jóvenes, y la boda se organiza con toda la parafernalia del caso, el remolino de las damas eligiendo el color de sus vestidos, “Las mujeres que iban y venían con las modistas, confeccionándose los modelos que copiaban de las revistas; había que imitar el vestido diseñado por Valdéz Peza que hizo lucir tan bella a maría Félix en La Diosa Arrodillada o el que llevó Susan Hayward al recibir el Oscar…” Los preparativos de la gran boda que en  el paquete incluía la infaltable luna de miel en Acapulco en el Hotel Caleta… pero las cosas suceden de manera inesperada…

O la historia de ese personaje peculiar, la suegra de la tía Rosario, que acaba viviendo en la casa grande, la de las once puertas, a la que José, nuestro narrador, se topa todos los días en la escalera y le dedica siempre la misma pregunta y hace siempre el mismo comentario; la mente de la tal señora se debilita paulatinamente y adopta comportamientos cada vez más extraños, adquiere la costumbre de robar pequeños objetos que sale a vender a la misma tienda de la misma casa, y con las monedas que obtiene compra naderías en la misma tienda de la misma casa, y los objetos robados reaparecen en el mismo lugar de la misma casa de donde los tomó…

O ese otro personaje, Don Neguib, también libanés, amigo del abuelo, uno de los que se reunían con él para jugar taule, en realidad para conversar de su lejano Líbano. Pues este señor es corrido por su esposa, y llega a vivir al hotel Assad cargando un voluminoso y pesadísimo baúl de fuerte cerradura, cuyo contenido acaba siendo una verdadera sorpresa…

O la lluvia que no paró en cuarenta días con sus noches “y algunos dijeron que llovían ranas y oían como se estrellaban contra los tejados de las casas”.

Pero entre estas historias peculiares, se desarrolla la normalidad de una familia que crece. Y en su cotidianidad encontramos el gusto por la vida en ese pueblo de la Huasteca Hidalguense, Huejutla,  y la nostalgia por la vida en las montañas de Líbano… Nostalgia heredada a través de las palabras del abuelo, pero no sólo, transmitida también a través de la comida…

“(La tía Cara) encargaba la carne para los platillos del día: Kebbeh, hojas de parra, berenjenas rellenas… calabacitas rellenas de carne o tripas de carnero con sus menudencias. Entre los postres los que les salían mejor eran los maamoul, cuadritos coronados con una almendra que podían estar rellenos de pasta de almendra o de dátiles, y los graives, cuya blancura terminaba cuando se remojaban en el café o el chocolate…”

“… uno de los rituales familiares que más apreciábamos: por las tardes ordenaba servir en la sala el café o chocolate con los panes recién salidos del horno de la panadería: tortas de mantequilla, carteras, tacones, pemoles, pastelillos de queso, pastelillos de arroz con leche, tapabocas, chanchacadas de piloncillo, roscas de sal, mestizos, pan de huevo, pan de agua, gaznate con esencia de tequesquite, alfeñiques con cacahuate, nuez o ajonjolí… Nada era igual a las galletas llamadas con elegancia fruta de horno…”

A la identidad libanesa de la familia, heredada de los relatos del abuelo y de la cocina, se suma la identidad Huasteca, basta registrar la mirada del autor al mercado estrella de los domingos: “maíz blanco, negro, morado, anaranjado, amarillo, rosa, café, beis; chiles también de muchos colores y tamaños; frijol con variedades inimaginables del claro al más oscuro, tabaco, café, ajonjolí, chocolate, amaranto, piloncillo, anís, jitomates, chayotes, habas, calabazas, ejotes, rábanos, pemuches, quelites, verdolagas, ruda, romero, perejil, yerbabuena, cilantro, pimienta, clavo y azafrán. Entre las frutas… pequeñas piñas y papayas azucaradas, los montoncitos de coyoles sobre hojas de plátano, las guayabas, los jobos y los chicozapotes; los cítricos: naranjas, limas, mandarinas, sidras y limones. Con las cañas de azúcar hacían unos hatos que les permitían adoptar la forma de pequeños volcanes y a veces en el centro, como si se tratara de una erupción, colocaban manojos de las flores rosadas…” Y la descripción del mercado no termina, siguen los textiles, las artesanías y alimentos elaborados… No podía faltar en el mercado el peluquero que instalaba su peluquería bajo un árbol y se ejecutaba a sus clientes a casquete corto.

El fin del mundo estaba próximo, sin embargo. Así vivieron en Huejutla la crisis de los misiles. En los años anteriores venía de Cuba la música y la fiesta “Se bailaba en las fiestas en las casas con discos de Dámaso Pérez Prado, y al ritmo del mambo hasta los niños bailábamos…” Y de Cuba venían las películas en las que salían Ninón Sevilla y Rosa Carmina, “prohibidas por el párroco desde el púlpito”. De allá de cuba venía la diversión  y el pecado. Pero también de allá estaba por venir el fin del mundo.

El mercado  y el peluquero de pueblo nos ponen en la otra mirada. La historia paralela, la del campesino albañil maestro rural luchador agrario que nos recuerda que estamos en tierra de caciques, y que la gente de ahí es “en verdad muy pobre”. Y que la tierra lo es todo para una comunidad indígena, y que la disputa por la tierra es a muerte, y que el cacique es poderoso y es ojete. Y sigue el relato de las muertes y la cárcel. Refiere  la lucha campesina desatada en los años setenta. Y delinea también las raíces del movimiento indígena…

Nuestro personaje indio agrarista pasa cuatro años en la cárcel de Pachuca. El agrarismo no ha terminado. Los tiempos cambiaban. Cambiaba también la economía. De la defensa de la tierra ante la ganadería extensiva, se estaba pasando a la defensa de la tierra contra el regreso de la industria petrolera.

La casa de las once puertas es también la novela del regreso. El regreso a Líbano no puede limitarse a la imágenes serenas de los ojos del abuelo, no se puede eludir la realidad de un país que ha sufrido violencia y guerras desastrosas. También es el regreso a una Huejutla diferente… fueron trastocadas las añoranzas… “el progreso había cambiado las puertas de madera de cedro rojo de los comercios por cortinas metálicas”… “la catedral asediada por grandes anuncios publicitarios…”

Pero algo permanece. Algo muy profundo asoma cuando la Nana Lupe hace sus “enchiladas con las tortillas recién salidas del comal de barro, con su salsa y  su queso con frijoles negros pequeñitos”.

Las enchiladas no huyeron de la Huasteca.

En Líbano sobreviven los cedros, “árboles nativos que la tradición dice que Dios sembró en el paraíso…”

21 de febrero, 2015

Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería.

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