El día del terremoto

(Fragmentos de la novela Septiembre 

de Francisco Pérez Arce Ibarra,

publicada por Itaca en 2010)

 

El raro silencio de esa mañana venía de afuera. Faltaba

el ajetreo de la calle, el rumor de los autos, el tronido de

un camión, el claxon ansioso. Tampoco se oía el ruido

más relajado de los domingos.

Se asomó a la ventana: varios vecinos a media banqueta

movían brazos y cabezas de un modo que le pareció

teatral. Definitivamente algo raro sucedía. Se puso

los blue jeans y la vieja sudadera gris y bajó sin prisa.

¿Qué podría haber pasado?: un asalto, un suicidio, un

asesinato, un incendio… No veía patrullas ni ambulancias.

—¿Dónde andabas? ¿Por qué no habías bajado? ¿Dónde

está Félix? ¿Cómo lo sintieron? —preguntaron los vecinos

al verla venir. Perla, su amiga, estaba entre ellos y

la veía con preocupación.

—¿Qué pasó? ¿Qué hacen todos aquí? ¿De qué hablan?

—preguntó Maga.

—¿No sabes lo que pasó? ¿No sentiste nada?

Entonces le cayó encima una cascada de palabras atropelladas:

un terremoto sacudió a la ciudad, había zonas

de auténtico desastre, una empresa televisora se había

caído. La radio estaba informando lo que pasaba en las

calles, los teléfonos no funcionaban, uno de los inmensos

edificios de Tlaltelolco se derrumbó, el prestigioso Hotel

Regis que estaba junto a la Alameda había desaparecido.

Muchas personas estaban sepultadas, cientos, quizá

miles. Era la más grande tragedia sucedida nunca

en el país, nunca tanto horror. Se cayeron hospitales y

escuelas, la ciudad era la locura, calles convertidas en

cordilleras de escombros. Cómo era posible que Maga no

hubiera sentido nada, todo mundo lo sintió, tuvo una duración

eterna, decía la radio que había sido de 8.5 grados

en la escala de Richter, para los que sabían era un

número tremendo. Aquí todos lo sintieron menos tú, ¡de

veras tienes el sueño pesado! Gracias a dios al edifi cio no

le pasó nada, en los pisos altos se sintió horrible, muchos

bajaron en estampida. El terremoto fue poco después de

las siete, cuando tantos salían a sus trabajos o a llevar a

los niños a las escuelas. La colonia Roma era una de las

más dañadas.

“¿La colonia Roma?” Sonó como campanada.

—Sí —confirmó alguien—, fue una de las más afectadas.

Maga se puso pálida. Ahí vivía su suegra. Ahí seguramente

estaba Félix.

Subió los dos pisos sintiendo que el aire se le escapaba,

entró al departamento, levantó el teléfono, no daba

línea. ¿A qué había subido? Dio vueltas alrededor de la

sala, vio de reojo al Señor de las Maravillas. No podía

dejar de moverse, fue a mirar por la ventana, se metió al

baño, abrió la regadera, no había agua caliente, alguien

había cerrado el gas; pero al menos había agua, se metió

al agua helada, al salir no controlaba su cuerpo, titiritaba,

se movía para calentarse, se frotaba con la toalla y

no dejaba de temblar. Tenía el estómago revuelto. ¿Dónde

estaba Félix?

Mientras se vestía puso la radio. Las noticias caían

en desorden, confirmaban lo dicho por los vecinos: la ciudad

era un caos. Algunos testigos hacían descripciones

horrorosas con voces rotas. Prendió nuevamente la tele.

La señal había vuelto. Vio las primeras imágenes de escombros

grises. Las tomas enseñaban un paisaje circular

de ruinas. Creyó identificar uno de los derrumbes, podía

ser el Edificio Roma. No estaba segura. Bajó brincando

las escaleras.

El jueves 19 de septiembre a las 7 horas y 19 minutos

el D.F. vivió un terremoto catastrófico. La ciudad es inmensa,

no en todas partes hubo consecuencias graves.

En la periferia no se sintió, o se sintió como tantos otros

temblores que en una zona sísmica suceden y a los que

la población no les da importancia. El daño se concentró

en el centro, en torno de la Alameda, y en algunas

colonias del centro sur como la Roma, la Condesa, la de

los Doctores, y del centro norte, como la Guerrero, la

Morelos y Tlaltelolco. Miles de edificios sufrieron daños,

cientos se derrumbaron con sus habitantes dentro.

Los de mayor número de víctimas fueron los hospitales

General y Juárez, las fábricas de ropa de San Antonio

Abad, el restaurante La Súper Leche, algunos edifi cios

multifamiliares, oficinas de gobierno y varias escuelas.

La mayoría de los habitantes de la ciudad tardó horas

en darse cuenta de la magnitud del desastre.

Tras el asombro de los primeros minutos, la ciudad reaccionó.

¿Cómo quedarse quietos cuando hay gritos bajo

las piedras? Hombres y mujeres caminaban en direcciones

contrarias, presurosa, pero con una prisa distinta

a la de los días normales. Camionetas y camiones de

redilas aparecieron en las zonas afectadas repartiendo

picos, barretas, palas, cuerdas, carretillas, cascos, entre

los socorristas improvisados que aún no sabían que eran

socorristas y ya rasguñaban las montañas de cemento

roto y varillas dobladas, los grises escombros.

Los voluntarios, casi todos jóvenes, se mueven en gran

desconcierto. En algunas calles el polvo y el humo limitan

la vista. Sirenas de ambulancias y bomberos irrumpen

en direcciones encontradas, son parte del llanto.

Sobre cada edificio en ruinas los vecinos levantan piedras,

escudriñan grietas, meten la cabeza, aguzan el

oído para descubrir señales de vida. De repente se concentran

en un punto, aumenta la velocidad de los movimientos,

el aire se carga de barullo, y logran desenterrar

a una persona, viva o muerta, o no logran desenterrar a

nadie; los sonidos bajo las piedras engañan: demasiado

lejos o demasiado cerca. Se perciben olores mezclados:

gas, hule quemado, drenaje. Todo es extraño este día de

grises escombros. Estalla un llanto, un aullido, un grito

de alguien que no puede contenerse ante el dolor ajeno o

el desconsuelo propio. Las caras están cubiertas con una

capa de polvo y los ojos brillan de asombro.

Maga corre para llegar pronto al Edificio Roma y confirmar

lo que teme haber visto en la televisión, que ha

desaparecido, que ahora es una mole de piedra y humo,

y que Félix puede estar sepultado ahí, en eso que ayer

era un edificio de seis pisos y 24 departamentos.

“Que no sea verdad lo que veo. Que Félix no esté

muerto. Que no haya pasado esto, dios mío, que sea un

mal sueño, que despertemos todos de repente, que estas

calles no existan, que este polvo y estas ruinas no sean

verdad. Por favor, dios. Por favor diosito lindo, soy tu hija

humilde, creo en ti, en tus milagros, en tus maravillas,

en tu mirada bondadosa.”

En algunas esquinas gritos histéricos vuelven a la

realidad a quienes no creen lo que están viendo. Se respira

un aire denso. La ciudad pasa del estruendo a la pesadumbre.

El dolor sale de los cuerpos y se instala afuera,

se condensa, se convierte en bloques. No es la pérdida

individual, no es la tristeza o la desesperación de uno en

uno, sino algo material que pesa sobre todos, como un

aire denso, como el clima, el calor o el frío, como la peste.

Maga corre, alarga el esfuerzo, el corazón se le sale

del pecho, afloja el paso para recuperar el aliento: “Se cayó,

se cayó”, repite como letanía, como conjuro para que

no haya sucedido lo que sucedió.

Repite frases sin sentido para marcar el ritmo, como

hacía cuando iba a llegar tarde a la escuela: “naranja

dulce, limón partido, naranja dulce, limón partido, naranja

dulce…”

Necesita quitarse la duda. Lo vio en la tele. El Roma

se derrumbó. Félix no está ahí, está en cualquier otra

parte. Pueden haber pasado tantas cosas. Seguramente

hay una explicación razonable.

“Dios, diosito, la imagen de la tele no era la verdadera,

no era ese edificio sino otro. ¿Por qué ese? ¿Por qué

a nosotros? ¿Por qué todo? ¿Por qué, diosito santo? Que

sea cualquier otro edificio. Tampoco puedo desearle eso a

otra gente, tampoco.”

Vuelve a perder el aliento, va tosiendo, respira polvo

y humo, pero no se detiene, nada más afl oja el paso,

choca con alguien, le pide perdón. Adultos jalan niños

de la mano o cargan bultos con sus cosas. ¿Cuáles cosas

quieren salvar si nada tiene sentido? Pero las cosas

se necesitan para la vida que queda. “Naranja dulce,

limón partido, naranja dulce…” Una mujer se lleva

las manos a la cabeza. Esa imagen se queda ahí para

siempre.

Ha caminado estas calles mil veces, las conoce como

las palmas de sus manos. Son distintas ahora. No dejan

pasar. Busca otro camino, rodea la manzana, dobla

en la esquina de Avenida Chapultepec, llega al Parque

de las Fuentes, desde ahí deberían verse los seis pisos,

y encima el anuncio espectacular de “Crucero, ropa interior

para caballero”, que desde la azotea se veía tan

raro, las piernas gigantescas y deformes, los vellos del

brazo apoyado en la rodilla monstruosa… Ahora, desde

ahí, desde el Parque de Las Fuentes, no alcanza a ver

nada.

“Naranja dulce, limón partido.” Marca el paso para

acercarse todavía más. Oye su propia voz como murmullo.

“Dame un abrazo que yo te pido.”

“Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, exclama

una mujer a su lado.

Maga se queda quieta. Su voluntad, su fuerza y la de

todos no significan absolutamente nada. “Señor de las

Maravillas, escúchame.”

Ni la hoja de un árbol se mueve sin la voluntad de dios,

le enseñaron de niña, y Dios se escribe con mayúscula.

“No jurar en el nombre de dios en vano. Amar a dios

sobre todas las cosas, es pecado mortal no hacerlo, es

pecado desobedecer cualquiera de los diez mandamientos,

los pecados mortales son los que te llevan irremediablemente

al infierno, pero no amar a dios sobre todas

las cosas es el peor de los peores. ¿Cómo puedo querer a

un dios cruel?, ¿cómo amarlo sobre mi gente mía?, ¿cómo

por encima de Félix y mis hermanos? ¿Dónde están mis

hermanos y mi sobrina?” Hasta ese momento no los había

tenido en la mente. “¿Dónde están Lorena y la niña?

¿Dónde está Toño? ¿Dónde están todos?”

Ve a una mujer hincada con los brazos abiertos en

cruz mirando al cielo, llorando; un llanto sin palabras reconocibles;

un hombre la consuela y también llora. “Mis

hijos”, son las únicas palabras comprensibles. El hombre

ve a Maga y se dirige a ella inesperadamente: “Nuestros

cuatro hijos están en ese edificio.” No necesita decir más.

Maga se aleja con el pecho roto.

Padre, ¿por qué me has abandonado? El padre no acudió

a salvarlo. Tres días después resucitó de entre los muertos.

Ese sacrificio infinito fue necesario para salvarnos,

envió a morir a su propio hijo para redimirnos. Entonces,

¿por qué ahora esto? ¿Cuántas veces? ¿Por qué nosotros?

¿Qué pecado terrible cometimos? Las preguntas rebotaban

en su mente. ¿Dios es cruel? El padre Jiménez, el

mismo que la consoló cuando murió su madre, con el que

iba a confesarse los viernes primero de cada mes, y de

penitencia le dejaba cinco padresnuestros y cinco avesmarías,

no tenía respuestas claras para Maga. ¿Dios es

cruel? El padre Jiménez era paciente pero la dejaba en

la frontera de la fe. ¿Cristo era mejor que su padre? No

puede decirse tal cosa. El padre, el hijo y el espíritu santo

son tres personas en un solo dios verdadero. Es el

misterio de la santísima trinidad. El gran misterio de

nuestra religión. La prueba suprema es la fe. Pero Maga

niña no aceptaba pruebas tan terribles. No olvidaba la

de Abraham cuando le ordenó sacrificar a su hijo, su

único, con su propia mano.

(…)

 

Luego se fue al Roma. Estaba parada

enfrente sin saber qué hacer. A su lado una mujer decía

con las manos extendidas implorando al cielo: “Ayuda,

ayuda, mi hija está ahí, enterrada. Dios mío, alguien

que me ayude.” Su vestido había sido de color claro, y su

delantal rojo, pero ahora todo es gris, como su cabello.

“¿Qué podemos hacer?”, pregunta un hombre gordo. “Alguien

que me ayude, por favor”, dice la mujer y señala:

“Ahí, ahí está mi hija”. Se acerca y levanta una piedra

con gran esfuerzo. El hombre le ayuda.

 

(…)

 

Habla Maga:

Levantábamos piedras aquí y allá; éramos muchos

moviendo escombros, con rabia pero sin plan y sin conseguir

nada. De pronto un hombre chaparrito (cuando me

acerqué vi que era enano), parado en una de las cimas

de la montaña, miró hacia todos lados y gritó: “¡Vale madre!,

¡Paren, carajo, paren! ¡Tenemos que organizarnos!”

La suya era una voz metálica. El flaco paró y dijo apoyando

al enano: “Sicierto, coño, sicierto.” Esas fueron sus

palabras, las recuerdo bien, “sicierto”, “sicierto”. Ya había

llegado mi hermano Toño. Lorena le dijo que viniera

a buscarme y se estuviera conmigo.

(Toño es dos años mayor que yo y siempre me ha protegido.

Igual que Lorena, pero ella nos lleva diez años, y

cuando mamá murió se convirtió en nuestra otra mamá.)

Toño y yo dejamos las piedras y nos acercamos al enano.

Hicimos una rueda en torno a él. Éramos como quince

o veinte: Ernesto el luchador; la chava flaquita de la

cola de caballo; Alfonso el güero; Tita, que tenía aspecto

y fuerza de campesina; el Gordo y todos los demás. De

muchos nunca supe su nombre, pero los reconocería a todos

si los tuviera enfrente. El enano levantaba las manos

pidiendo calma, aunque todos estábamos calmados esperando

que dijera algo. Dijo con su voz metálica: “Tenemos

que actuar con más orden, porque así no avanzamos.

Tenemos que organizarnos ¿O.K.?” El Gordo se secaba la

frente con su paliacate y aprobaba las palabras del enano

moviendo la cabeza. “¿Qué estamos haciendo? Cada

quien jala por su lado. Así no avanzamos. Así vale madre.

Tenemos que actuar en conjunto, con orden, ¿O.K?”

Eso ya lo teníamos clarísimo, esperábamos lo siguiente,

pero lo siguiente no llegaba. El enano repetía lo mismo.

“Así vale madre. Tenemos que organizarnos, ¿O.K?” Todos

estábamos O.K., pero no sabía qué más decir. Al fi n

Toño dijo: “Bueno, sí, eso ya lo sabemos, pero entonces

cómo le hacemos.” Un muchacho que usaba un llamativo

casco amarillo de aluminio tomó la iniciativa: “Hay

que hacer cadenas”, dijo. Todos aprobamos. “Hay que

destapar esa grieta”, dijo la voz metálica. “Hay que conseguir

cubetas”, dijo una voz de mujer. “Necesitamos herramienta

para cortar varilla”, dijo alguien más. Al rato

habíamos hecho dos cadenas y nos movíamos ordenadamente.

Quién sabe de dónde aparecieron herramientas y

cubetas. Y también llegó más gente. De todos modos no

avanzábamos mucho. “Vamos a necesitar una grúa para

quitar aquella loza y esas trabes”, dijo el enano. “¡Una

grúa no!”, gritó el Gordo, “es peligroso, podemos provocar

nuevos derrumbes”. Pero era evidente que el enano

tenía razón. Esas moles de concreto no las íbamos a mover

nunca, necesitábamos una grúa con todo y los riesgos

que hubiera, por las puras grietas sólo podíamos llegar a

los primeros niveles, de donde venían las voces, que eran

de los que habían quedado en la parte más exterior, es

decir los que estaban en el piso más alto.

Sacamos al primer sobreviviente, con mucho trabajo,

por la primera grieta que señaló el enano. Hubo gran

algarabía.

Pero había lozas enteras, una sobre otra, y romperlas

con picos y barretas nos iba a tomar semanas, si es que

lo lográbamos: era absurdo, íbamos a necesitar una grúa

como dijo el enano. Alguien dijo que había una en una

construcción cercana. El Flaco Ro y yo fuimos a ver si la

conseguíamos.

La grúa era grande, de tracción de oruga. Cuando la

vi me di cuenta de que la necesitábamos, podríamos levantar

los grandes trozos de loza que perforar a mano

era imposible. Con picos y barretas y palas y cubetas removíamos

las piedras chicas y pedazos de material en

busca de grietas y agujeros donde meterse siguiendo las

voces y los gritos de ayuda que todavía escuchábamos.

Pero debíamos usar la grúa con mucho cuidado, en eso

tenía razón el Gordo, los derrumbes dentro del derrumbe

podían matar a los sobrevivientes enterrados. Las grutas

que abríamos servían para detectar sobrevivientes,

para animarlos, pero algunos estaban muy lejos, los oíamos

y los animábamos, y en dos casos pudimos hacerles

llegar mangueras para darles agua. Pero a otros no los

íbamos a poder sacar, los oíamos, sabíamos que estaban

vivos, y nos desesperábamos porque estaban muy lejos,

no podríamos llegar a ellos. Se oían menos voces y más

lejanas. Por eso la grúa era necesaria.

 

(…)

 

Maga está junto a su compañero rescatista, el Flaco Ro,

parada frente a lo que fue el edificio Roma. Sólo con la

grúa llegarían a los niveles del cuarto al primer piso.

De otro modo imposible. Se repetía para convencerse

a sí misma de que en el tercero era posible sobrevivir.

“Félix es fuerte, puede aguantar hasta que lleguemos

por él.” Luego perdía toda esperanza, se le escapaba el

aire, lo veía terriblemente lejano, a la mitad de la montaña,

perdía todas sus fuerzas, apenas podía tenerse en

pie. Pero se oían voces todavía. Todavía. Habían logrado

desenterrar a varios. Vivos y maltrechos, o ya muertos,

espantosamente dañados. Vivos y muertos. Pero todavía

se oían voces y ruidos que parecían quejas. Y le regresaban

las fuerzas. Ponía atención pero no oía voces, acaso

rumores, como algo moviéndose, como ratas en las coladeras,

como viento atrapado, como quién sabe qué.

Maga y el Flaco se unieron a una de las cadenas. Se

trabajaba sin parar. Todos eran increíblemente fuertes. De

pronto alguien grita: “Aquí, aquí.” Se quedan quietos un

instante. El enano y otros se acercan al lugar señalado. El

enano mete la cabeza en la grieta. Todavía hay que cavar

durante horas, cortar con segueta, apuntalar con palos los

túneles. El enano se mete en el túnel, desaparece completamente,

como auténtico topo. Sale y llama. Otros se acercan,

pisan con cuidado para no provocar un derrumbe, se

agitan, acercan una camilla, sacan un cuerpo.

Maga no podía estarse quieta un momento, sacaba

piedras, golpeaban con la barreta, era un activismo desaforado,

se movía, se esforzaba, sudaba. Le venía a la

mente la imagen de Félix, se enfurecía, sudaba. No tenía

fuerzas para mover la varilla retorcida. Pedía ayuda. El

Flaco Ro la vio batallar con una segueta y notó que tenía

una herida en el antebrazo. Le puso una mano en

el hombro. “Ven”, le dijo, “tienes que lavarte la herida”.

Sólo entonces ella se dio cuenta de que sangraba. Se dejó

conducir al puesto de la Cruz Roja en donde jóvenes sacaban

de grandes bolsas negras paquetes de cubrebocas

que repartían a quienes se acercaban. Maga se desvaneció.

No recuerda los minutos que siguieron. Recuerda, sí,

cuando estaba acostada en la camilla, cubierta la herida

con gasa. Recuerda los ojos de Rodrigo, El Flaco.

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