Si la reforma fuera educativa nada de eso pasaría

 

–Francisco Pérez Arce Ibarra–

 

Miles de policías federales movilizados a Michoacán, Oaxaca, Guerrero y Chiapas para vigilar la evaluación de los maestros. Gran despliegue de fuerzas, de  hasta 9 mil efectivos, acompañado de advertencias y amenazas. Con ello trataban de inhibir o contener la protesta y  lograr que unos tres o cuatro mil maestros presentaran su examen. El número de evaluados  en todos los casos resultó menor al esperado. Donde se esperaban cuatro mil, se presentaron mil quinientos. Estaban ahí, bien armados, como sombras, cuatro policías por cada maestro examinado. Y el secretario de Educación Pública, Aurelio Núñez, tras la realización del examen en Oaxaca, declaró, eufórico, “hoy es un día histórico”. (Al parecer se refería a que se pudo hacer la evaluación, aunque fuera a un número reducido de maestros.)  Y cada vez que los policías se movilizaron, declaró el secretario que la “reforma educativa” se haría a toda costa. Los gobernadores de esos cuatro estados, se sumaron alegremente a la advertencia. Se trataba de enseñar la fuerza disuasiva. “La reforma va” a punta de tolete.

Triste “reforma” custodiada por la policía y repudiada por miles de maestros.

Cuatro maestros oaxaqueños fueron detenidos acusados de delitos absurdos, y permanecen en una prisión de alta seguridad. Otras 22 órdenes de aprehensión quedan como espada de Damocles. De todas maneras la protesta siguió.

Advertencias en Guerrero. Amenazas a 70 opositores.

52 normalistas detenidos en Michoacán.

Un muerto, cinco lesionados y seis detenidos en Chiapas, en un enfrentamiento entre maestros y policías.

Si la reforma fuera educativa nada de eso pasaría.

 

Miles de maestros se oponen a la “evaluación del desempeño”. La evaluación, la evaluación, la evaluación. Única medida de la “reforma educativa”. En eso consiste, en evaluar a los maestros que son considerados culpables de ineptitud hasta que demuestren lo contrario. Amenazados de despidos por mal desempeño. Su aptitud será medida con base en pruebas diseñadas lejos de los salones de clase, lejos del terreno real de la actividad pedagógica. Quieren evaluar a los maestros de acuerdo a parámetros “normalizados”. Las pruebas estandarizadas son no sólo un error, sino una ofensa a maestros que tienen años de experiencia, que han dado miles de clases a grupos reales en territorios que ellos conocen mejor que nadie. Una evaluación que no preguntó la opinión a los interesados. De haberse diseñado de otro modo, partiendo de la experiencia de los evaluados, se obtendrían instrumentos verdaderamente adecuados para evaluar todo el proceso educativo y no sólo a los maestros.

Los evaluadores actúan con soberbia tecnocrática. Tienen derecho a sostener sus puntos de vista sobre la forma de la evaluación. Tienen derecho a estar equivocados; todos tenemos ese derecho. Pero  es una afrenta  que quieran imponer su método con el terror policiaco. Los maestros no son tratados como tales, sino como insumos defectuosos del proceso educativo. No se les reconoce su experiencia y su vocación. Los tecnócratas saben. Los maestros no. Los tecnócratas juzgan desde las alturas, miran hacia abajo a los pobrecitos maestros. No los van a correr si reprueban, les van a dar cursos para cubrir sus debilidades, y van a dejar una espada sobre su cabeza. Con estas pruebas vamos a sacarlos de su ignorancia y su ineptitud para convertirlos en buenos maestros… y si no, pues ni modo, serán despedidos legalmente. Los adoradores de la evaluación parten de la idea equivocada de que “los maestros son malos y los vamos a mejorar”, debían partir de una idea distinta: “los maestros son buenos, tienen una experiencia que debe valorarse y aprovecharse, pueden y deben participar en mejorar el proceso educativo”.

La terquedad burocrática de imponer lo que ellos llaman “reforma educativa” ha desatado protestas, movilizaciones y enfrentamientos.

Si la reforma fuera educativa nada de esto pasaría.

 

En realidad la evaluación es lo de menos. Lo que el gobierno quiere es someter, humillar, disciplinar, vigilar y castigar a los maestros. Con todo el tinglado, desde la detención de la cacique del SNTE, Elba Esther Gordillo, lo que el gobierno buscaba era recuperar el poder para las autoridades, quitando el estorbo de una cacica que creía tener poder propio y le regateaba al gobierno el apoyo del gigantesco sindicato. No la quitaron por corrupta, eso no les molesta, sino por arrogarse un poder personal y usarlo para su interés político. El SNTE es un sindicato antidemocrático, controlado verticalmente, que maneja recursos multimillonarios y lo hace discrecionalmente. Eso no ha cambiado con la detención de la cacica. Sólo quitaron la punta y la sustituyeron. Concentraron el poder en el gobierno. El SNTE, con sus formas autoritarias y corruptas, no cambió en lo más mínimo, sólo que ahora es un dócil servidor del gobierno sin la mediación de una líder incómoda. Se ha dicho, por los maestros, que se trata de una reforma laboral y no educativa, puesto que cambia las reglas de contratación y permanencia de los trabajadores. Tienen razón. Se ha dicho también que se trata de una reforma administrativa, recientemente lo dijo el rector de la UNAM. Tiene razón. Pero la reforma administrativa y laboral tiene un sentido político: concentrar el poder en “la autoridades educativas”, es decir en el gobierno, es decir en el secretario de educación, es decir en el presidente. Se trata, entonces, de una reforma educativa y laboral con un objetivo político. ¿Y la educación? Bien gracias, de eso que se ocupe Televisa.

Por todo eso, el espectáculo de la represión es contra la parte del sindicato que se resiste, la parte conocida como CNTE, cuya fuerza mayor se concentra en los cuatro estados que hemos visto movilizados: Oaxaca, Chiapas, Guerrero y Michoacán. Pero la resistencia no termina en esos Estados: en todo el país hay grupos afines a la CNTE.  Seguiremos viendo protestas masivas.

Si la reforma fuera educativa nada de eso pasaría.

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