Andrés Ruiz escribe sobre “Caramba y zamba la cosa. El 68 vuelto a contar”.

Presentación del libro Caramba y zamba la cosa, el 68 vuelto a contar, de Francisco Pérez Arce Ibarra, en Casa Lamm, 7 de mayo de 2018.

–Andrés Ruiz–

 

Hace no muchos años, en un curso de posgrado en una universidad estatal, el 68 vino a la discusión y me fui de espaldas ante la sorpresa de enterarme que la mayoría de los estudiantes ignoraban en realidad lo que fue y lo que representó en el país el movimiento estudiantil-popular que ese año sacudió México hasta sus cimientos. Algunos de los muchachos, quizá los más avispados, me contestaban que fue cuando se dio una matanza de estudiantes en la capital y algunos incluso sabían que eso había sucedido el 2 de octubre.

 

Así que con esto presente en el recuerdo, le respondí en estos días a un compañero que me cuestionaba si era importante que todavía se publicaran libros sobre el tema: sí, le contesté, y los que hagan falta para evitar que este sistema que todo lo pervierte empolve la historia hasta convertirla en un emblema borroso que arrasa con la vida que hay detrás de los emprendimientos de miles que se movieron con la voluntad de lograr un cambio que juzgaron necesario e importante y que vislumbraron en esos días de epopeya.

 

Hay quienes se vuelven visionarios cuando el toro ya pasó y afirman ahora que tuvieron claro desde el primer momento el desarrollo y hasta advirtieron del desenlace de esa convulsión social. No lo sé, pero no lo creo, si con nosotros estuvo gente como José Revueltas, Eli de Gortari, varios de los maestros del exilio español, como Ramón Ramírez, del que que me da enorme alegría que Paco Pérez Arce reivindique su enorme y trascendente labor documental del movimiento, así como compañeros bien formados política e intelectualmente, digo, si ellos participaron a nuestro lado y era claro que se sorprendían con los senderos casi cotidianos que el avance de la rebelión nos proponía, qué decir de quienes fuimos infantería, feliz infantería que aprendió colectivamente en guardias, brigadas, volanteos, pintas, corretizas, en fin, en el vuelco de una existencia que ignorábamos que existiese.

 

Pensaba al leer Caramba y zamba la cosa. El 68 vuelto a contar, que entre tantos, uno de sus mayores méritos es traducir en términos vitales esa sacudida que, lo quieran o no, cambió no sólo parte del rumbo del país, sino, sobre todo, de quienes fuimos afortunados de poder participar en esa ruptura de paradigmas que se creían inamovibles, de esa prédica añeja que nos endilgaban con la envoltura de la ideología de la Revolución Mexicana, que se había ido desprendiendo de su piel popular para convertirse en una cosa viscosa y acomodaticia al servicio de la peor politiquería, de esa que hoy nos quieren vender como patriótica.

 

Por supuesto que entonces no lo sabíamos, pero sí intuíamos que de alguna manera estábamos abriendo caminos, que la alegría con la que participábamos también era por un futuro que ese sí queríamos mejor, igualitario, libertario y que imaginábamos a nuestro alcance, porque había que soñar lo imposible.

Hay, por supuesto, muy buenos análisis y aproximaciones teóricas acerca de ese tiempo convulso, pero muy pocos toman el pulso cotidiano a esos meses como lo hace, al fin escritor, Paco Pérez Arce, que en un párrafo luminoso resume lo que sucedió:

 

Cito: “… más importante que el número es el ánimo. El movimiento ha ido en ascenso continuo. Ha pasado un mes desde la represión del 26 de julio, y lo que era una protesta por la violencia policiaca se ha convertido en otra cosa, en una protesta con un significado más profundo, difícil de explicar. Es la rebelión juvenil frente a un estado de cosas insatisfactorio, contra una visión del mundo acartonada, contra una democracia inexistente, contra el presidencialismo, contra el poder vertical inapelable, contra el influyentismo y la corrupción, contra la simulación, contra la demagogia, contra las desigualdades sociales… La rebelión no formula sus motivos más profundos, no los explica programáticamente, pero los contiene. Sólo muestra la punta del iceberg. Los seis puntos (del pliego petitorio) y la exigencia del diálogo público representan la punta visible de una crítica que va más allá de los excesos policiacos. Lo que están haciendo los estudiantes en sus escuelas es ejercer una libertad que desconocían, es criticar lo que parecía inamovible; es el descubrimiento de la vida igualitaria. Lo que han hecho los estudiantes en sus escuelas es criticar la conformidad, la solemnidad. Han subvertido la vida cotidiana. Han encontrado una identidad con la rebeldía juvenil mundial. Las frases pintadas en las paredes, las ideas expresadas en los volantes y los pequeños discursos callejeros son su manera de apropiarse del lenguaje modificándolo. Apropiarse de las palabras sin limitaciones de ‘lo correcto’ (lo aceptable socialmente, lo bien visto por sus mayores) es su manera de ejercer su libertad, Eso es lo que ha ocurrido en un mes. Está sucediendo un cambio mental tumultuoso. No postularon la libertad, empezaron a ejercerla sin permiso”.

 

Claro que ese poder cuyo único hilo argumental era el principio de autoridad porque jamás se le había disputado de esa manera su falta de representación real, porque el corporativismo y el clientelismo son una mascarada para disimular que el rey va desnudo, sólo arropado por intereses, complicidades, connivencias y cochupos, repondió de la única manera que sabía, con represión brutal, desmedida, despiadada y en esa respuesta exhibió su carencia argumental, su incapacidad, su falta de sentido histórico, de manera que su “triunfo” fue completamenre pírrico y su derrota histórica fue apabullante.

 

Paco lo resume excelentemente en este párrafo: Cito “Díaz Ordaz era un presidente odiado; sería recordado como el asesino de Tlatelolco. Los estudiantes habían pagado caro su desafío al poder vertical y autoritario. Ahora tenían un espacio autónomo: la universidad era más suya que nunca. Tenían unos presos que eran suyos y eran como una espina. Y tenían también, una memoria que cuidar”.

 

Eso es, precisamente, lo que hace este libro a 50 años de esos hechos, y nos cuenta también, un contexto único en el que se entrelazan la memoria y la acción, ahí pasan lista  el Che Guevara, asesinado en 1967 quien se convirtió en ícono de las movilizaciones en el mundo en esos años; Ho Chi Minh quien encabezó en ese tiempo la decisoria Ofensiva del Tet, que fue el principio del fin de la guerra de Vietnam; la huelga de hambre que emprendió en marzo del 68 el líder ferrocarrilero y preso político Demetrio Vallejo, en la cárcel desde hacía nueve años, al igual que Valentín Campa; Martin Luther King y la subversión que implicó el movmiento por los derechos civiles y la igualdad racial; la insurrección en la Universidad de Columbia en Nueva York y la  de los estudiantes en París; el aplastamiento por los tanques soviéticos de la llamada Primavera que inició Alexander Dubcek en Praga; el sitio de Chicago durante la convención del Partido Demócrata, tan brillantemente narrada por Norman Mailer; la liberación femenina en su segunda ola que sigue alumbrándonos hasta nuestro días; el surgimiento de la opción preferencial por los pobres que en Medellín iluminó la Teología de la Liberación. Todo ese panorama, que incluso abruma en su recuento, se dio ese año, precisamente en 1968, justo en el tiempo en que se dio el movimiento en México.

 

No quiero extenderme y robarle más tiempo a mis compañeros en la mesa, sólo espero que mi entusiasta lectura del trabajo de Paco Pérez Arce haya sembrado la semilla de la inquietud entre ustedes para que se acerquen a este libro, que ojalá hubiera tenido para mostrarles a aquellos muchachos de la universidad que les conté al iniciar estas palabras, para que entendieran que la alegría de luchar, aun con su adyacente, dolorosa e inocultable tragedia, es la gran lección de la vida.

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TERCER DEBATE: NO HUBO BOMBA

–Francisco Pérez Arce Ibarra–

En el tercer y último debate presidencial, el 12 de junio, se esperaba que el PRI, Meade y Peña, detonaran una bomba. Era su última oportunidad. AMLO se escapa, hay que hacer algo, saca la bazuka, provoca un temblor,  recurre al plan X, tira el tablero, estamos al borde del abismo, nada ha funcionado, Venezuela, Chávez, Maduro, los rusos, los departamentos de Copilco, ya está viejo para conducir, el ataque a Nestora, los discursos airados de los empresarios grandes, las advertencias sobre el horroroso populismo… nada ha funcionado, no queda más remedio que activar el plan X: detonar la bomba, ni modo, no hay de otra, sácala, se acaba el tiempo… Pero no sacaron la bomba, o sea que no tienen nada, su plan X no existe. (En términos boxísticos, ni noqueando gana.)En el escenario actual, ni el fraude puede funcionar, ni la compra de votos, aunque la están haciendo, ¡y de qué manera! No pueden evitarlo: en la cultura priísta hacer elecciones es lo mismo que hacer fraude, no lo entienden de otro modo… (¿Cómo?, ¿elecciones limpias?, ¡eso no existe!)  Y  lo van a hacer, por supuesto, aunque no les alcance para ganar la presidencia, de todos modos les sirve para salvar algo del aparato del PRI, su presencia nacional, su poder regional… se trata de salvar diputaciones federales, senadurías, congresos locales gubernaturas. El PAN y el PRD han adoptado esa cultura del fraude. Lo expresó claramente Calderón con su frase famosa: “haiga sigo como haiga sido”, pronunciada tras las elecciones de 2006. El PRD en el D.F., practica la coerción y la compra de votos. Tanto Anaya como Meade han adoptado la guerra sucia como su principal arma propagandística. Su divisa es: en esto de ganar elecciones, todo se vale. Detrás está la frase de Gonzalo N. Santos, uno de los más preclaros exponentes de esta filosofía: “Moral, es un árbol que da moras”.

El tercer debate tampoco fue un debate, pasó sin pena ni gloria. Nada que recordar, salvo quizá la desesperación de Anaya que se convirtió en el malo del salón, el que insulta a diestra y siniestra, reta, interrumpe. O quizá también el sinsentido del agudo Meade, que cuando AMLO habló de 30 años de estancamiento económico por culpa de los gobiernos neoliberales,  ¡Meade replicó que el culpable era el propio AMLO!, y cuando se mencionó a Odebrech dijo, otra vez, que el implicado era AMLO.

Ya se les hizo tarde: Meade y Anaya navegan sin brújula. El exabrupto de Diego Fernández de Ceballos es elocuente: llama desesperadamente a la unidad de Meade y Anaya ante una emergencia : “Cualquier opción será mejor, o menos mala –dijo–  que entregar el país a un orate, a un enfermo,  a un psicópata, a un iluminado…”). Es una emergencia: están en juego los intereses de la oligarquía que representan.

No saben cómo se llegó a esta situación. No lo entienden. ¿Cómo es posible?…  Lo teníamos todo… el dinero, los medios, el INE y el TRIFE… muchos locutores e intelectuales siguiendo el libreto… todo el aparato del estado, los programas asistenciales con sus enormes bolsas de dinero, todo… ¿Qué fue lo que pasó? ¿Qué nos pasó? ¿Qué hicimos mal? No entienden…

No tienen plan X. No hay bomba que detonar. Seguirá la guerra sucia. Harán fraude de todos modos. Está en su ADN. Pero ya dan por perdida la presidencia. Es hora de gritar el “sálvense quien pueda”: es lo que están haciendo.

14 de junio de 2018

 

 

Orlando Delgado escribe sobre “Caramba y zamba la cosa. El 68 vuelto a contar”.

–Texto leído en Casa Lamm por Orlando Delgado Selley en la presentación del libro Caramba y zamba la cosa. El 68 vuelto a contar, de Francisco Pérez Arce.–

Primero le agradezco a Paco, a Ángel Guerra y a Casa Lamm la invitación a comentar con este auditorio siempre tan receptivo su libro que reseña el movimiento del 68. En este comentario concentraré la atención no en lo que iba que sucediendo en el curso de esos meses, sino en la manera en la que los estudiantes de aquel tiempo lo fuimos asimilando y cómo, poco a poco, fuimos entendiendo su relevancia.

No pretendo en este breve comentario referirme a las particularidades literarias de la crónica que escribió Paco sobre lo que vivimos hace 50 años. Intentaré compartir con ustedes la manera en la que a mí, un estudiante de Prepa 6, me fue conquistando el movimiento y, por supuesto, cómo me fui convenciendo de la enorme trascendencia del movimiento. Terminaré esta parte señalando lo que decidí hacer de mi vida a partir de entonces, es decir, a partir de lo que viví en 1968.

En una segunda parte les propondré una manera de entender la significación del movimiento en lo que le sucedió al país en la década siguiente y en la subsiguiente, es decir, en los años setenta y ochenta. El movimiento del 68, sin duda, abrió las puertas de la transformación democrática del país, pero por ellas no sólo entramos quienes pretendíamos un mundo menos excluyente. También aprovecharon esta posibilidad los que al amparo de la renovación democrática del país, querían que todo cambiara para que todo quedara igual, bueno en realidad peor.

El 68 y antes

Para comentar el impacto del 68 empezaré diciendo que ingresé a Prepa 6 en 1966 proveniente de una escuela privada, aunque su dueño no era un empresario sino el gobierno francés: el Liceo Franco Mexicano. Ingresamos cinco adolescentes a la Prepa convencidos de que había que hacer la prepa en la UNAM y no en una prepa privada. Tres meses después del inicio de clases estalló una huelga de profesores que duró dos o tres semanas, mismas que aprovechamos en Acapulco. Aunque suena frívolo, y por supuesto lo es, encontrarnos con un movimiento de  huelga, con este hecho político, fue en realidad el primer acercamiento a una nueva realidad o, por lo menos, a un México vivido desde una atalaya diferente.

Un año después hubo elecciones para la Sociedad de Alumnos. Junto con algunos compañeros participamos con la planilla de izquierda, la del MIRE (Movimiento de Izquierda Revolucionario Estudiantil), grupo que mucho después me enteraría que eran “espartaquistas”. El dato pintoresco fue que nuestra planilla competía contra la del PRI que encabezaba Graco Ramírez, gobernador de Morelos por el PRD y hoy parte de la campaña de Anaya. Ganamos la elección, bueno eso creímos, pero en realidad no lo supimos con exactitud porque los del PRI se robaron varias urnas y, gracias a eso, resultaron ganadores.

Ya en 1968 cuando nos aproximábamos al final del año lectivo y, por tanto, al término de la prepa y, por ser de sexto año, muy  cerca de nuestro ingreso a la licenciatura en CU, empezó la agitación. Había pasado lo de la Ciudadela y luego lo de prepa 1, el basucazo. Como respuesta, el Rector Barros Sierra convocó a una manifestación para mostrar el rechazo de los universitarios a los actos represivos del gobierno de Díaz Ordaz. Antes Barros Sierra había izado la bandera nacional a media asta, expresando nuestro luto, el luto de los universitarios de México por la violación de la autonomía universitaria.

La marcha estuvo tironeada desde su convocatoria. Inicialmente saldríamos de CU y avanzaríamos hasta Vito Alessio Robles y regresaríamos a Ciudad Universitaria. Hubo rechazo a un recorrido tan corto y luego de muchos tironeos las autoridades universitarias aceptaron alargarla hasta Félix Cuevas, como da bien cuenta de ello Paco. Hubo quien dijo que ya en la marcha habría que seguir quien sabe hasta dónde.

Ese día llegamos a CU desde prepa 6 un buen contingente. Para mí, y creo que para todos los presentes, era nuestra primera marcha, aunque era mucho más que eso: era nuestra incorporación a lo que hoy llamaríamos una ciudadanía crítica y participativa. Mi prima María Elena que estudiaba en Medicina me buscó para decirme que en Félix Cuevas regresábamos, que por ningún motivo se me ocurriera seguir. Salimos, temerosos al principio, pero en unos minutos sentimos que algo muy grande estaba comenzando y que los que marchábamos éramos parte activa de lo que estaba desarrollándose. Así que asumimos nuestro papel.

En Félix Cuevas efectivamente dimos vuelta. La ruta acordada era llegar a Ave. Coyoacán y caminar por esa calle hasta Avenida Universidad. Cuando mi contingente se aproximaba a Coyoacán empezó a llover y, por supuesto, nadie se movió. Pero los vecinos del multifamiliar sí se movieron y en un minuto empezaron a lanzarnos hules para protegernos de la lluvia. Eso fue sobrecogedor. Algo pasaba, en efecto, y era muy importante. Al regreso de la marcha, ya en el camión que me llevaba a la glorieta de Chilpancingo, donde tenía que tomar otro camión para llegar a mi casa, al pasar por el parque hundido vimos al ejército apostado con rifles en posición de tiro. Eso también fue sobrecogedor, aunque de una manera muy distinta.

El movimiento crecía y poco después el naciente CNH decidió llamar a estallar una huelga indefinida. En la prepa todos discutían que hacer. Faltaba una o dos semanas para los exámenes finales. Muchos creían que debíamos seguir en clases y también seguir participando en el movimiento. Convocamos una Asamblea General en el auditorio de la prepa. Pasamos salón por salón para informar. Media hora antes del momento en que habría que empezar la asamblea, el Auditorio ya estaba lleno. Verdaderamente lleno con compañeros en los pasillos. Estaba lleno a reventar. Una hora después de empezada la asamblea todos los oradores habían propuesto mantener las clases. Pero hubo un último orador, mi amigo Benjamín Hernández, alias el motita, quien en un discurso tranquilo, él era en realidad muy tranquilo, y no era por cierto un gran orador, analizó la situación y dijo que prepa 6 no podía romper la unidad del movimiento. Concluyó que teníamos que estallar la huelga. Terminada su intervención empezó la votación, por supuesto a mano alzada. Yo dudaba de que pudiéramos ganar la votación. Pensaba que la huelga iba a perder. Pero no perdió, los preparatorianos votamos supermayoritariamente por la huelga. Lo mismo pasó en la asamblea de la tarde.

Continuaron las brigadas, que con frecuencia eran perseguidas por policías pero por lo menos en aquel agosto nunca eran alcanzadas. Camiones, mercados, plazas públicas y casi cualquier lugar era adecuado para llevar a cabo una asamblea informativa. Días después llegó la convocatoria a la manifestación que saldría del museo de Antropología para terminar en el Zócalo. Por razones que no recuerdo, no pude llegar a tiempo para salir con mis compañeros desde Antropología. Decidí esperar en Reforma e Insurgentes. Iba con amigos que llevaban una camioneta pick up, que era  papá del Piojo.

Llegamos al cruce de Insurgentes y Reforma, donde estaba la estatua de Cuauhtémoc, antes de que llegaran los primeros manifestantes. Ya allí vimos pasar los primeros contingentes de diversas facultades y escuelas. Era una auténtica explosión de alegría. Una hora y media después, a lo lejos se vio el contingente de mi prepa. Vaya marcha. El Che y Ho Chi Minh nos acompañaron toda la ruta. También Díaz Ordaz, aunque a él lo mandamos mil veces a la chingada.

Marchar por Reforma era excitante. Pero la llegada a Madero, calle estrecha con edificios coloniales que la enmarcan, casi nos hizo llorar de la emoción. Nuestros cánticos y consignas eran magnificadas por un eco que nos envolvía. Entramos a un Zócalo ya lleno y con un mitin que hacía mucho había empezado. Soldados con fusiles se veían en lo alto de Palacio Nacional.  A la prepa le tocó justo abajo de esos soldados, enfrente de la Suprema Corte. De nuevo resultaba sobrecogedor, bueno realmente aterrador.

Escuchamos a un orador decir que allí nos quedaríamos para exigir al gobierno diálogo. Paco nos recuerda que eses orador resultó ser policía. El dirigente de la prepa, que era mi compañero de salón, el mismo Motita, nos dijo que había que quedarnos. Yo no podía. Mi padre, a quien no le había dicho que asistiría a la manifestación, me había citado en Catedral, en la segunda puerta, al terminar el mitin. Allí me iba a esperar y, por supuesto, llegué y nos fuimos a casa. Los que se quedaron, al día siguiente platicaron que el ejército los había desalojado y salieron corriendo. Hasta donde supimos, todos los de la prepa que se quedaron salieron.

Seguimos brigadeando. De repente íbamos a CU. Cómo éramos de los activistas de menor edad, frecuentemente nos adoctrinaban. Pero no en lo que pasaba en ese momento en el movimiento, sino en lo que seguiría. Escuchábamos que el movimiento tenía que pasar a otro momento. Tenía que desquiciar la ciudad. Hacer barricadas en puntos medulares. Quedábamos estupefactos. La convicción con la que se nos informaba lo que irremediable que seguiría,  era notable. Nadie hablaba de lo que el gobierno podía hacer. Íbamos a obligar al gobierno a dialogar y aceptar nuestras peticiones. Creer eso en  mi caso era inocencia, en otros era temeridad.

De pronto con sorpresa nos enteramos que lo que siguió no fue el diálogo, sino la toma de CU por parte del ejército. La prepa no fue tomada, pero para muchos de los brigadistas las cosas habían cambiado. La afirmación puede resultar una verdad de perogrullo. Por supuesto que todo había cambiado. CU estaba tomada por el ejército. Había muchos compañeros presos. Pero el cambio de fondo era la noción de que podíamos perder.

No me detengo en otras anécdotas conmovedoras, como la marcha del silencio que Paco cuenta perfectamente. Debo decir que no viví el 2 de octubre. Días antes fui a Acapulco y  cuando regresé no me enteré de la convocatoria al mitin en la plaza de las Tres Culturas. De haber sabido probablemente hubiera asistido y quizá no estaría aquí para comentar el libro de Paco Pérez Arce. No asistí, pero ese día en la noche, quizá a las 8 pm, en una esquina, en Mariano Escobedo y Darwin, enfrente del Deportivo Chapultepec, esperando el camión para regresar a mi casa un señor se acercó y me pregunto si era estudiante. Respondí que sí y con una tristeza brutal me dijo que habían asesinado estudiantes en Tlatelolco. No supe que decir. El señor tomó su camión y yo seguí esperando el mío. Llegué a mi casa y esperé al noticiero de Zabludovsky, que dijo que estudiantes dispararon al ejército provocando una cantidad de muertos por confirmar. Destacó que el comandante a cargo de la tropa había sido herido. Obviamente era lo que el gobierno quería que se supiera. Para eso servía Zabludovsky. Luego a muchos se les olvidó el papel de este comunicador.

La represión derrotó al movimiento. En efecto perdimos. Después de las Olimpiadas tuvimos que regresar a clases y días después a exámenes finales. Perdimos, pero no olvidamos. Al ingresar a la licenciatura, en mi caso a Economía, encontramos una Universidad que pese a todo seguía discutiendo: sobre los presos, pero también sobre lo que se nos enseñaba. Circulaban documentos de grupos políticos conocidos y de otros grupos que nacieron impulsados por la fuerza del movimiento. Habíamos sido derrotados. El movimiento no ganó. Los cinco puntos del pliego petitorio no se lograron.

Pero muchos decidimos que era necesario y posible cambiar al país. Las formas para hacerlo diferían enormemente. El partido y la manera en que había que construirlo. Los amigos de la prepa que estudiábamos economía, activistas del movimiento, decidimos hacer un círculo de estudios. Primero estudiamos la revolución mexicana y en seguida marxismo. Llegó 1971, el 10 de junio, meses después hicimos el cogobierno en Economía y pronto pasamos al movimiento obrero y después al movimiento urbano popular. 50 años después seguimos convencidos de que es posible cambiar al país y de que lo lograremos.

Por las puertas que abrimos entraron muchos

Indudablemente el movimiento de 1968 fue un parteaguas en la vida del país. La apertura democrática que propuso Echeverría, corresponsable de la masacre de Tlatelolco, solo puede explicarse como el intento del priísmo para tratar de reencauzar el descontento creado por la represión. Al mismo tiempo, en otros ámbitos también hacía agua el régimen emanado de la revolución. La economía que había vivido quince años de esplendor, luego de la devaluación de 1954, con la política del desarrollo estabilizador logró resolver los principales problemas asociados al desempeño macroeconómico. Se habló del milagro mexicano, bueno no se habló, ellos le llamaron de esa manera. Ese modelo, que más en general correspondía al modelo de sustitución de importaciones, empezó a enfrentar dificultades en el sector externo y en las finanzas públicas.

Lo relevante era que la institución presidencial reconocida por los grupos de poder cómo el lugar donde se tomaban las decisiones de última instancia empezó a ser duramente cuestionada por grupos empresariales. El cuestionamiento alcanzó cotas mayores en la crisis de 1982, que desembocó en dos acontecimientos contrarios: de un lado, el gobierno hizo uso de sus capacidades legales para expropiar los bancos privados y decretar control de cambios; de otro lado grupos empresariales y personajes relevantes de las cúpulas se inscribieron abiertamente en la oposición panista. Lo más relevante, sin embargo, estaba ocurriendo al interior de la alta burocracia priísta. Dos grupos disputaban con propuestas sustancialmente distintas la conducción del país. Sabemos quienes ganaron: los neoliberales.

Del mismo modo que los acontecimientos del 68 ocurrieron en diversas ciudades del mundo, como bien lo escribe Paco, nuestra crisis de principios de los años ochenta, ocurría también en muchos países: en América Latina daba inicio a la década perdida ya escala global era la crisis del estado benefactor. Con Reagan y Thatcher iniciaba la globalización neoliberal. En México con De la Madrid dieron inicio reformas que modificaron sustancialmente las relaciones del estado con los grupos económicos.

Bueno pues de esto y muchas cosas más me hizo pensar la crónica de Paco. Quiero agradecerle a Paco por haberme permitido volver a vivir el 68. Para mí y los de mi generación, justamente la generación del 68, la espléndida crónica de Paco nos lleva a participar de nuevo en el movimiento. Para quienes no lo vivieron es una muy buena oportunidad de conocer y descubrir el ánimo que se vivió en aquel tiempo de cambio. Por eso vale mucho volver a contar el 68 y Paco lo ha hecho, como siempre, muy bien.

 

 

Jorge Fernández Souza escribe sobre “Caramba y zamba la cosa. El 68 vuelto a contar”

Jorge Fernández Souza

Presentación del libro de Francisco Pérez Arce.

–Casa Lamm, 7 de mayo de 2018–.

¿Qué determinó que una pelea callejera entre dos grupos de estudiantes, de una vocacional del Politécnico y de una preparatoria particular incorporada a la UNAM, se convirtiera en un movimiento masivo estudiantil- popular como el de 1968?

La respuesta a ésta pregunta es una de las virtudes de Caramba y Zamba la Cosa, el libro de Francisco Pérez Arce caracterizado por una suerte de brevedad profunda (o de profunda brevedad). La explicación de esa transformación del enfrentamiento juvenil casual en una ola que sacudió al sistema político mexicano, nos la ofrece Paco en las páginas de su texto.

Narra cómo el 22 de julio de 1968, un episodio de confrontación entre estudiantes que debió de haber sido intrascendente, derivó en una acción represiva de granaderos que golpearon a estudiantes y profesores de la Vocacional 5 del Poli. La agresión que produjo alumnos golpeados, heridos, y detenidos que fueron pronto liberados, causó la molestia que a su vez condujo a que se convocara a una manifestación de protesta contra la brutalidad policíaca que se llevó a cabo el 26 de julio. Y en ese día, como en una metáfora anticipada de lo que vendría, confluyeron la inconformidad aparentemente primaria ocasionada por la represión, y el pensamiento político de izquierda que se expresaba en otra manifestación, ésta de apoyo a la Revolución Cubana. Las dos marchas, la reiterada represión por parte de los granaderos a la columna politécnica que pretendía llevar su protesta al Zócalo, el conflicto extendido al centro de la Ciudad, la salida del ejército a la calle el 29 de julio, el basukazo a la puerta colonial de San Ildefonso, son narradas por el autor como hechos que van ampliando el conflicto que parecía reflejar solamente (hasta esas fechas) una expresión natural de rebeldía juvenil frente a la autoridad.

Hemos llegado al absurdo, dice el autor cuando comenta que en unos pocos días se pasó de esa pelea de jóvenes en la Plaza de la Ciudadela a la ocupación del mismo centro de la Ciudad por el ejército, al ataque contra un emblemático edificio universitario, al allanamiento del local del Partido Comunista y a la detención de sus dirigentes. Sí, la dimensión de la represión, de la respuesta estudiantil, de los enfrentamientos, parecen un absurdo. Sin embargo, el mismo autor nos dirá más adelante por qué no lo era.

Después de relatar el inicio de las huelgas en las escuelas y facultades de la Universidad Nacional, en el Politécnico y en Chapingo, la solidaridad y los paros en universidades de algunos estados, el crecimiento exponencial del movimiento, las manifestaciones de agosto (mes que en la obra es mencionado como el de la primavera del propio movimiento), Francisco Pérez Arce expresa en unas líneas una reflexión que nos saca de la duda acerca del porqué de la transformación del enfrentamiento estudiantil callejero en un movimiento político de enorme relevancia. La cita es obligada. Dice el autor: “….lo que era una protesta por la violencia policiaca se ha convertido en otra cosa, con un significado más profundo, difícil de explicar”. Difícil de explicar pero que el autor explica con sencilla claridad ….Sigo con la cita: “ Es la rebelión juvenil frente a un estado de cosas insatisfactorio, contra una visión del mundo acartonada, contra una democracia inexistente, contra el presidencialismo, contra el poder vertical inapelable, contra el influyentismo y la corrupción, contra la simulación, contra la demagogia, contra las desigualdades sociales….La rebelión no formula sus motivos más profundos, no los explica programáticamente pero los contiene. Sólo muestra la punta del iceberg”. (Fin de la cita). Además de lo que nos lleva a entender, la cita misma obliga a pensar en tiempo presente.

La obra contiene mucho. Pero estos párrafos son centrales en su precisión y en lo que aporta. Ahí mismo el autor se refiere a los seis puntos que formaron el pliego petitorio del movimiento (libertad a los presos políticos, derogación de los artículos de disolución social del Código Penal, desaparición del cuerpo de granaderos, destitución de los jefes policíacos involucrados en la represión, indemnización a las víctimas y el deslinde de responsabilidades de funcionarios de gobierno). Y ahí mismo abunda diciendo que esos seis puntos y la exigencia de diálogo público representaron la parte visible de una crítica que iba más allá de esos mismos puntos y de los excesos policíacos. La punta del iceberg pues, como indica el autor.

Pérez Arce nos conduce por ese agosto de las manifestaciones y del movimiento en primavera, a través de los capítulos que van del rayo en cielo tranquilo al cielo encapotado pasando por el viento en popa. Nos recuerda la práctica de la libertad que se vive en el movimiento, la alegría de la participación y de la organización, las discusiones largas en las asambleas. Nos hace vivir también las tensiones de las movilizaciones de agosto y del septiembre con nubarrones. Del ánimo liberador con toques festivos, nos traslada a la confrontación mayor que se expresa en la toma de Ciudad Universitaria y en los combates del Casco de Santo Tomás (en el caso de CU con el episodio de Alcira refugiada en el baño de Filosofía y Letras….Alcira, la poeta uruguaya que por años animó los pasillos de esa Facultad).

Y cuando narra el crimen del 2 de octubre en Tlatelolco, el autor actualiza dos datos importantes: una noche antes había habido pláticas entre delegados del Consejo Nacional de Huelga (el órgano principal de organización de los estudiantes) con representantes del gobierno; y la dirección del movimiento había decidido no hacer una manifestación ese día sino un mitin, probablemente por prudencia, tal vez porque podía pensarse en una salida que tomara en cuenta los seis puntos del pliego petitorio. A saber.

Pero de haber sido así, en el caso de que en el horizonte hubiera aparecido una posibilidad de acuerdos, la matanza puede tal vez haber obedecido a una reacción gubernamental (particularmente de la Presidencia de la República o de la Secretaría de Gobernación) para evitar cualquier arreglo que pudiera significar un triunfo, así fuera mínimo, del movimiento. Eso, así se demostró el 2 de octubre, no cabía. Nada que fuera producto del diálogo era aceptable desde la perspectiva gubernamental. En muchos aspectos, con todos los años desde entonces transcurridos, la tendencia sigue siendo la misma.

Aunque la huelga continuó hasta bien entrado el mes de noviembre, el golpe de Tlatelolco había sido brutal y obligó al repliegue del movimiento. Disminuidas, las brigadas y el volanteo siguieron hasta ese mes en medio de la persecución y con la carga de la matanza y de la represión que incluía el aumento en el número de detenidos y presos. El autor nos dice que el movimiento fue derrotado el 2 de octubre por medio de las armas. “Pero también, al mismo tiempo, había obtenido una costosa victoria cultural. Eso habría de apreciarse con el tiempo”.

Victoria cultural y política, me atrevo a agregar, que vaya que se ha apreciado y ha crecido con el tiempo. Porque el movimiento del 68, y en particular el 2 de octubre, se convirtieron en una referencia política indispensable respecto al carácter de la sociedad y del estado mexicanos y de las necesidades de cambios profundos. Lo que empezó como una gresca estudiantil menor y se convirtió en un cuestionamiento masivo al estado de cosas nacional, había tenido con seguridad antecedentes referenciales en las luchas ferrocarrileras, de médicos, de maestros, o en el levantamiento de Madera en Chihuahua. Pero a su vez ha estado presente en el sindicalismo independiente de los años setenta y de las décadas siguientes, en la lucha armada que fue sofocada con la guerra sucia, en las reivindicaciones magisteriales de entonces y de ahora. Todas estas luchas sociales y políticas son, en mayor o menor medida, deudoras del 68, como también lo son las de los estudiantes del CEU, del 132, de los pueblos originarios, del EZLN, las demandas urbanas populares o los intentos democratizadores por la vía electoral. Han tenido y tienen sus causas propias, pero desafiando al tiempo coinciden con el 68 en la idea de que un mundo distinto y mejor es posible.

No hay perspectiva de lucha que no deba de voltear al 68 y Paco nos lo recuerda. Si, con todas las condicionantes sociales que explica el autor, alguien diría que también el inconsciente colectivo influyó para que una pelea callejera se transformara en un movimiento de los alcances que tuvo el de 68, en la mente también colectiva de muchos sectores de la población mexicana el 68 está grabado a profundidad.

Cuando el autor termina de hablar de los hechos del movimiento, cuando desarrolla el capítulo al que llama de manera gráfica “Después del Naufragio”, y cuando escribe la Posdata, con esa síntesis magistral que caracteriza a la obra toca la situación de los presos, las aberraciones jurídicas de los procesos del 68, el cambio presidencial, y llega hasta la matanza del 10 de junio de 1971.

A final, en el último capítulo, Pérez Arce se refiere al 68 en el mundo, a las figuras del Che y de Ho Chi Min, a mayo en París, a Praga, a Luther King, a la liberación femenina, a los obispos latinoamericanos reunidos en Medellín vislumbrando la opción preferencial por los pobres….. Las menciones son valiosas en sí, en cada caso, y porque dan un marco general, mundial, a lo que ocurrió en México en el 68. Habla de imágenes y de movimientos que transitaron por el 68 mexicano y que emocionaban como emocionaban las consignas y las demandas propias.

Y esto vale también que sea destacado: el libro no es solamente narración histórico-literaria de muy buena hechura; es también emoción que entre otras cosas, entre la crudeza de la protesta y de la represión, introduce lo festivo. De ahí el título: Caramba y Zamba la Cosa, que vivan los estudiantes, de Violeta Parra (cantada por ella misma o por Mercedes Sosa). Lleva a pensar en Nacha Guevara cuando canta a Benedetti diciendo que en la calle codo a codo somos muchos más que dos. Y como transmite rebeldía hace que pongamos atención a un poema de Doris Lessing: “Ser rebelde lleva la vida entera…. Inscribirte en la soledad del desacuerdo…. Dejar atrás a los usurpadores…. No hay premio a una rebelde más allá de poder regar sus flores en el tiempo que apropia….. y si de paso una rebelde tiene la alegría en soledad, ha vencido al mundo.”

Compañía y soledad, camaradería y ensimismamiento, esperanza y frustración, dolor y alegría, música variada y balas. Si se cantaba la música de protesta latinoamericana también se escuchaba a los Beatles. Alguna vez un compañero me comentó que mientras esperaba el inicio del mitin en Tlatelolco estaba oyendo en un pequeño radio Hey Jude ( don’t make it bad / take a sad song and make it better/ Remember to let her into your heart / Then you can start to make it better…) cuya letra parecía hecha para dar ánimos frente a lo que en pocos minutos ocurriría. La escuchaba en un radio porque, claro, no vislumbrábamos los celulares y menos con transmisiones musicales.

De ahí, de todo eso, que sea inevitable pensar que el libro está hecho a varias manos. La mano del historiador, la mano del novelista, la mano del militante que sabe de marchas, de coraje, de represión, de muertes y de presos, pero también de gozo y de esperanza. Imagino a varios Pacos (al menos tres) sentados en torno a una mesa de trabajo, dándose ideas, complementándose y corrigiéndose entre ellos.

Finalmente: en esta hora sombría para México, recordar al movimiento estudiantil popular del 68 es obligado por varias razones: para no olvidar la capacidad organizativa y de lucha, ni la represión, ni lo que ha pasado y puede pasar. Para esto también el texto es de un gran valor, y más en este año cincuenta del 68. Se antoja que se debería recordar el inicio del 22 de julio, los momentos más significativos, desde luego el 2 de octubre que no se olvida. Se antoja recordar las consignas y revivirlas en las actuales; se antoja por ejemplo, traer a colación aquella consigna del mayo francés que se reprodujo en México: esto no es más que el principio, la lucha continúa.

 

Rosa Albina Garavito escribe sobre “Caramba y zamba la cosa. El 68 vuelto a contar.”

Comentarios de Rosa Albina Garavito Elías al libro “Caramba y zamba la cosa. El 68 vuelto a contar” de  Francisco Pérez Arce, Ed. Itaca, México, 2018. Casa Lamm, 7 de mayo de 2018.

La bibliografía sobre el 68 es más que abundante. Y sin embargo faltaba el libro de Paco. Un libro lleno de alegría, como alegre fue ese movimiento. Más allá de los seis puntos del pliego petitorio, nos dice Paco, está naciendo un estilo de protesta: “festiva, irreverente y radical”. Alegre a ritmo de cueca, como la cueca de la entrañable Violeta Parra. El título: un gran acierto. Desde Caramba y zamba la  cosa, quien toma el libro en sus manos, ya está dispuesto a leer a Paco para que nos vuelva a contar el 68. Contarlo desde el jovencito preparatoriano que ve derrumbada la puerta de San Ildefonso. Desde el jovencito que se esconde junto con otros estudiantes el 2 de octubre en un departamento de Tlatelolco, y que dibuja con acierto a la protectora dueña de casa, más asustada que los jóvenes protegidos por el gesto solidario de abrir su puerta.

Porque no se necesita ser una heroína de hierro para salvar vidas, se necesita solamente algo de lo que mucho hubo en aquel movimiento: reconocerse en el otro, y en ese reconocerse darse cuenta colectivamente de lo lejos que se estaba del Estado opresor. Coincidencias que terminan por asociar voluntades, por socializar inquietudes, demandas, banderas, exigencias. Más universales  sean esas demandas, más capacidad tendrá el movimiento de concitar esa asociación de voluntades, que para los Estados autoritarios, como el mexicano, se califican de asociaciones delictuosas. No es casual la respuesta de la tarde del 2 de octubre en Tlatelolco.

Además de alegre, el libro de Paco contribuye de manera importante a la reflexión –aunque parezca interminable- del significado del 68. Porque está hilvanado con las imágenes de las asociaciones primigenias de las que el movimiento estuvo hecho, la del comedor, la de la propaganda, la del boteo, la de la seguridad. Y la más importante: la de pensar. La de parir ideas y acuerdos –aún en medio del caos de las asambleas- nunca antes registradas y con la densidad social que el movimiento alcanzó. Como su pliego petitorio de 6 puntos con demandas políticas, de cuyas reivindicaciones ninguna democracia puede hacer a menos. O como el diálogo público con el gobierno, cuando el último diálogo público había sido en Querétaro con las armas en la mano para cocinar la Constitución de 1917. Lo que estaban inaugurando los estudiantes del 68 era un movimiento civilista, un movimiento ciudadano por la democracia. Por eso  tanto repetimos que 1968 es el padre de 1988, también de los Diálogos de San Andrés cuyos acuerdos fueron traicionados por el gobierno y por la izquierda partidaria. También padre de los Diálogos de Chapultepec, otros acuerdos no cumplidos. Pero movimientos que no han sido en vano, para empezar el del 68, porque trazan la manera civilizada de acordar los nuevos rumbos del país; los cambios que el país necesita en una agenda nacional que se cae de madura, pero que no encuentra ni líderes ni organizaciones que la sostengan.

Del relato de Paco queda claro el parteaguas histórico que el 68 fue. Porque fue ahí que asomó la cabeza  el ciudadano con demandas universales, no sectoriales. Demandas políticas, no sociales. Libertad, la más preciada, disolución de cuerpos policiacos represivos y derogación del artículo de disolución social. Demandas políticas que se enganchan con la realidad de los líderes sindicales presos, Demetrio Vallejo y Valentín Campa. Demandas políticas que refuerzan movimientos territoriales como el de la Comuna de Topilejo. Aquí nomás, a la vuelta de la esquina de la capital del país. Demandas políticas, universales como la del diálogo público. Queda claro el pánico en el que entró el aparato de Estado en su conjunto. Queda claro que aceptar la demanda de diálogo público, habría desnudado al rey. Al régimen de partido de Estado que nada tenía qué ofrecer que no fueran olimpiadas y garrote. Al Estado que se había legitimado con la expropiación petrolera y con el reparto agrario, y con la creaciones de empleos estables y con el crecimiento del salario real, y con la política social; pero que tenía pendiente la cuenta de la democracia, del voto libre y secreto. ¿Cómo acceder a las demandas del movimiento sin poner en peligro la existencia de ese régimen autoritario? Por eso no extraña que apenas horas antes de la matanza en Tlatelolco, el gobierno haya iniciado los preparativos de un supuesto diálogo. Era necesario ganar tiempo mientras organizaban el golpe. Mientras y para entonces, estaba claro que o disolvían a balazos el movimiento, o poco quedaría de ese viejo régimen. Y entonces las Olimpiadas habrían sido el escaparate mundial del inicio del derrumbe, como lo fue la absurda guerra de las Malvinas para la dictadura militar argentina en 1982.

“El movimiento reitera que su lucha es por libertades democráticas. Es pacífico y es legal: defiende la Constitución”, eso cita Paco en su libro. En esa afirmación hay una ingenuidad necesaria y entrañable. Inocente como es todo inicio en la vida. Necesaria para desnudar el cinismo inveterado del Estado autoritario. El movimiento del 68 defendía una Constitución que en manos del Estado se viola cotidianamente. Así que lo subversivo no es que se violente la legalidad, sino la simple exigencia de que se cumpla. No en balde vino después la guerrilla urbana. Cuando para otros jóvenes la represión al movimiento estudiantil del 68, y después la del 71, eran las pruebas más que fehacientes de que no quedaba otro camino que el de tomar las armas para transformar al país. Menos mal que líderes como Heberto Castillo caminaron el país del post 68, con todo y Lecumberri a sus espaldas, para recordar a todos la centralidad de  la lucha legal y pacífica por la democracia, y por su parte, dirigentes sindicales y sociales no cejaron en su empecinada lucha por los derechos sociales.

Además, me gustó mucho en el libro de Paco ver cómo aquel entonces tiraba hilos hacia el futuro que es ahora nuestro presente. De muchas maneras. Cito el de la marcha silenciosa para ser escuchados. Me recordó a los zapatistas del EZLN que se cubrieron el rostro para ser vistos. Así es la historia. Por eso es necesario siempre escudriñarla. Para seguir identificando  claves que explican el presente.

El libro de Paco es un relato vívido, no es un análisis. No pone el concepto delante de la cosa, pero escudriña, observa y cuenta con tal honestidad ese movimiento que muchas claves aporta para seguir discutiendo el 68, para continuar aprendiendo de él, para no cerrar un expediente que continúa siendo una herida abierta. Una herida que no cerrará mientras la impunidad siga reinando. Mientras la impunidad de aquellos crímenes de Estado, siga siendo un cheque en blanco para que los asesinatos continúen. De jóvenes también, como los campesinos indígenas, pobres, y además estudiantes de la Norma Rural de Ayotzinapa.  No castigar a los culpables de la masacre de Tlatelolco, inició la ruta para convertir el territorio nacional en un gran cementerio. La Fiscalía sobre los movimientos sociales y políticos del pasado, creada por Vicente Fox fue una burla. En los hechos ese acto de simulación se convirtió en una Ley de Punto Final, de amnistía a los responsables políticos y materiales de esos crímenes.

“A la mano extendida la prueba de la parafina”. Así contestaron los estudiantes el ofrecimiento de Diaz Ordaz desde Guadalajara, donde calificaba al movimiento de “algaradas sin importancia” y de hechos “deplorables y bochornosos”. Siempre irónicos, certeros inteligentes, agudos. Imaginemos toda esa crítica disolvente con internet y redes sociales a su disposición. No había redes sociales, ¿pero qué tal brigadas? Si no, ¿cómo combatir a la prensa vendida? Y entonces sembrar la semilla del derecho a la información. Sin internet y sin redes sociales, así fue  nuestra entrada al mundo global de entonces. Sus  embajadores como bien lo narra Paco, el cine, la música, el movimiento contra la Guerra en Vietnam.

Caos en la discusión, pero al final de las asambleas, de manera milagrosa, ahí está el acuerdo.  Y si la imaginación no ha tomado el poder, al menos ha hecho de los espacios escolares auténticas “zonas liberadas”, recuerda Paco. Porque sin control de territorio, ¿de qué poder hablamos?

La irreverencia al poder establecido fue la fiesta de la libertad. Al poder establecido también en las familias. Y ahí está la participación de las mujeres, antes impensable, y no sólo en las tareas antes sólo mujeriles.- Por su antiautoritarismo es que fue tan temido, tan subversivo.

Para nacer hay que romper un mundo, decía Herman Hesse. Eso sucedió en 1968. El movimiento estudiantil rompió el cascarón del viejo mundo de la posguerra, del viejo mundo de sus padres. Del mundo que vivió la muerte por millones, no podía resultar otra cosa que las ganas de conservar, de mantener, de vigilar, de apalear a todo lo que se percibiera como amenaza al orden establecido. Y la Guerra Fría la vistió de amenaza comunista. Y de ahí se colgó el Estado para reprimir a los  jóvenes del 68, en México, en París, en Berkeley.

El libro de Paco no pontifica. No es el análisis acartonado de quien ya todo lo entendió y lo disecó, como muchos hay. Tampoco el plañidero relato del “pobrecitos qué malo es el Estado represivo” del “¡Cuánto hemos sufrido!” Es el relato de quien recuerda que cualquier pedazo de libertad conquistado cuesta, pero que bien vale la pena habérsela jugado. No puedo olvidarme que en un  homenaje a Raúl Álvarez Garín, uno de los dirigentes del 68 se preguntaba de manera atribulada: ¿Fue un movimiento  derrotado o triunfante? Como si los muertos y encarcelados fuesen la ofrenda al ogro que siguió engordando. Casi lo interrumpí para decirle: ¿Pero qué le pasa compañero? ¿Derrota el 68? Si fue el triunfo absoluto de la vida y de la libertad que quedaron inoculados en grandes sectores de la sociedad.

Aunque ciertamente el ciudadano que asomó la cara como nuevo sujeto social en 1968 no termina de conquistar el poder. El clientelismo y el corporativismo –incluido el de la vieja izquierda- sigue atando su libertad con las migajas presupuestales y medrando con su pobreza. El militarismo en medio de una caótica e interesada lucha contra la delincuencia organizada, es usado para amedrentar la organización social y política independiente. El empleo informal llena las calles de excluidos y candidatos a cualquier tarea sucia, no sólo en el mundo del trabajo.

Aquel ciudadano en embrión, el del 68, ya no sólo asomó la cara sino que se hizo presente de manera plena en 1988. Ese ciclo aún no se cierra. El ciclo político que piensa que aquella libertad larvada sólo será realidad si desde la silla presidencial  se reparten migajas presupuestales. Mejor celebración de la fiesta del 68 no podemos hacer que cerrando ese ciclo para recordar que la libertad y la justicia se conquistan día a día y desde abajo.

Y para concluir me pregunto: ¿Qué habrá sido de aquella mujer que protegió a Paco, a sus amigos y a otros más, aquella tarde de aquel 2 de octubre cuando abrió la puerta de su departamento en Tlatelolco? Seguramente con el mismo susto y decisión, y como millones de ciudadanos, siguió participando en otras luchas para hacer del país una casa grandota donde  quepamos todos. Gracias Paco por tu excelente libro. Gracias por recordarnos lo importante que es llevar la imaginación al poder. También lo importante que es el realismo de exigir lo imposible. Precisamente a 50 años de aquel movimiento y en pleno proceso electoral. ¡Enhorabuena!

 

 

 

EL VUELCO DEL 2018. (Ésto es un motín)

 

(Francisco Pérez Arce Ibarra)

 

Mi pie va en la corriente,

una senda inusual

Mas toda senda tiene

Al final un sentido

(My foot is on the Tide!

An unfrequented road-

Yet have all roads

A clearing at the end)

Emily Dickinson

 

 

Esto es un motín, una sublevación, una revuelta electoral, comparable con una bola de nieve que crece en su descenso descontrolado, comparable con el 88, aquella revuelta cívica que sorprendió a todos, esta vez más esperada, porque no es espontaneidad pura, no es sorpresa a secas.

El vuelco del 2018, del primero de julio para ser precisos, es un punto de inflexión, un punto de llegada, un punto de partida. Una fecha como otras que marcan los lapsos históricos. “Periodos” se les llama en historia. Tramos de un camino sinuoso. Sinuosos son todos los caminos, aunque nos esforcemos en verlos derechos.

Por razones difíciles de explicar, pero explicables, de pronto un país, es decir, la gente de un país, decide, en una decisión colectiva, dar un vuelco, cambiar algo que no funciona, aunque tampoco sepa de cierto lo que sigue. Sabe que lo que sigue es nuevo y pinta bien. Por supuesto, por nuevo es desconocido y por lo tanto arriesgado. Decide, la gente de un país, que ya no vale la conseja de “más vale malo por conocido que bueno por conocer”. Hay suficientes datos para saber que “de lo malo conocido ya estuvo bueno, y mejor vámonos a otra parte”. Y cuando la decisión está tomada, quién sabe cómo, pero bien tomada, lo que sigue algo tiene de jolgorio. Algo tiene de carnaval. Los cuerpos pegados unos con otros contagian entusiasmo. La esperanza, que como se ha dicho bien dicho, “es una cosa con plumas”, cambia el color del camino.

Esto es una asamblea en la que todos tomamos la palabra y decimos lo mismo con distintas palabras. Nos agitamos. Queremos ganar una discusión con nadie. No alcanzamos a escuchar nuestra propia voz, porque hay mucho ruido. Es ruido de fiesta, de algarabía.

Es el fin de un periodo histórico que empezó en 1988, en otras elecciones también sorprendentes, cuando ganó inesperadamente Cuauhtémoc Cárdenas, pero fue presidente Salinas de Gortarí. Y en esa fecha, paradójicamente, empezamos a creer en las elecciones. Paradójicamente, digo, porque empezamos a creer en las elecciones cuando nos hicieron un gran fraude. Y, luego en 1997, la izquierda dio un buen golpe, Cárdenas otra vez candidato, pero ahora con un triunfo reconocido en la Ciudad de México, y una derrota del partido de estado en el Congreso, también reconocida. Y luego la decepción de la alternancia en el 2000. Un nuevo fraude en 2006, y otro más, con otras maneras, en 2012. Y, otra vez paradójicamente, volvimos a creer en las elecciones. Ni modo. El único camino pacífico (más o menos pacífico) para cambiar la ruta, para virar, dar la vuelta, tomar otro camino. Y resulta, digo, a tres semanas de la fecha, que teníamos razón, es un camino posible, estamos a punto de dar un vuelco. Digo, creo, en medio de la euforia, entre tanto ruido, que no habrá fraude que valga, que esto nadie lo para. Y será conocido el día como “el vuelco del 20018”. Punto de llegada y punto de partida.

México D.F., 7 de junio de 2018

OLA MORENA (“Es la historia, estúpido”)

(Francisco Pérez Arce Ibarra)

Muy cerca de la hora cero. A 28 días de unas elecciones cruciales, la ola morena sorprende por su tamaño, y porque, pese a los esfuerzos de la derecha unida, sigue creciendo.

Los especialistas en temas electorales hacen mediciones, usan tecnicismos, establecen techos y pisos. Cuando éstos quedan hechos añicos, hacen nuevos cálculos y establecen nuevos parámetros. Me recuerdan los métodos econométricos que pronostican crecimientos económicos, paridades monetarias y tasas inflacionarias, y cada poquito tiempo, hacen “ajustes”. Bueno, pues el techo de intención del voto a favor de AMLO fue de treinta, “ajustaron” a cuarenta, llegó a 50, y ahora no hay techo.

¿Qué pasó? ¿De dónde salió esa ola morena?

Empiezo con una obviedad: los fenómenos históricos son complejos. Otra obviedad: las cosas suceden cuando suceden… ni antes ni después. Pero no son como los fenómenos de la naturaleza, en los que la voluntad humana no decide. En los hechos históricos la acción de los individuos cuenta. Las elecciones suman decisiones inteligentes de individuos. Tales decisiones contienen una carga de experiencias, conocimientos, asociaciones mentales, sentimientos, deseos, intuiciones… y la acumulación de todo eso conduce a una identidad… Uno se identifica con otros individuos porque comparte mucho de aquella carga. Lo que parece un contagio que desata una epidemia, en realidad es un proceso de identificación con otros. El carisma de un candidato proviene más que de sus características personales (o además de ellas) de esa identificación masiva de sus cargas emocionales y sus experiencias. El candidato es capaz de expresar (representar) esa carga, y entonces sucede el contagio. Una vez declarada la epidemia, el crecimiento es geométrico. La clave está en esa carga emocional y de experiencias. ¡Es la  historia!

1.

La ola morena se parece a la ola cardenista de 1988. Entonces y ahora la situación económica es detonante. En el 88 la sociedad sufría el deterioro de su nivel de vida provocado por la inflación, las devaluaciones, y los pactos para contener los precios que imponía el mayor costo a los asalariados. Había un gran reclamo al presidente Miguel De la Madrid. Pero esa irritación sumaba otro factor decisivo: una experiencia acumulada de veinte años de movimientos sociales, desde el 68, pasando por la insurgencia obrera, el auge campesino de tomas de tierras, el surgimiento del movimiento urbano popular, la experiencia guerrillera, y el movimiento magisterial… Todo eso en los calientes años setenta. Casi todos esos movimientos tuvieron finales represivos. Casi todas las causas fueron derrotadas. Pero en conjunto representaron una acumulación de experiencia organizativa, y de rabia, por las represiones violentas y arteras: garrotazos, despidos, encarcelamientos, desapariciones, asesinatos. Acumulación de agravios.

A esos dos factores: la situación económica y los veinte años de movimientos, hay que sumar una más, también histórica: la vigencia del cardenismo en muchas regiones del país. Quien fue capaz de expresar (representar) esa carga emocional y de experiencias fue Cuauhtémoc Cárdenas, el hijo del General. Había pasado medio siglo del gobierno de Lázaro Cárdenas, pero sus acciones eran recordadas por amplios sectores de la sociedad. ¡Es la historia!

Lo del 88 fue inesperado y sorprendente. El régimen. En su inercia autoritaria, no sospechaba siquiera que pudiera levantarse la ola cardenista que causó la primera gran derrota electoral del PRI. Tenían el aparato institucional para administrar el resultado, e impusieron el increíble triunfo del PRI y su candidato.

2.

En el 2018 también hay una gran irritación social. Es la economía, con su antecedente del gasolinazo, el incumplido auge prometido con “las reformas”, la pobreza que no cesa, la juventud sin alternativas de trabajo ni de estudio. El régimen, con su Pacto por México, impuso una reforma educativa que enfrentó al gobierno con cientos de miles de maestros, y el país se llenó de manifestaciones, siempre masivas, siempre airadas. La imagen dominante de la “evaluación al desempeño” de los maestros, fue la de una fuerte vigilancia policiaca: El retrato de su reforma educativa: Policías vigilando maestros.

Impuso también la reforma energética, una decisión histórica y muy costosa para el régimen. Contaron con la mayoría en las cámaras, pero no con el apoyo del pueblo. La resistencia no fue suficiente para detener la privatización del petróleo. Detrás de la mediciana no deseada venía la promesa de que grandes beneficios llegarían a la población: bajarían los precios de las gasolinas y la electricidad. No hubo tales beneficios. Al contrario, llegaron los gasolinazo. Y la protesta fue inesperada, masiva y nacional.

Un factor decisivo, que no estaba presente en el 88, es la inseguridad extrema. La violencia desatada desde el 2006 con la guerra de Calderón contra el  narcotráfico, mantenida por el gobierno de Peña Nieto.

La inseguridad está en el centro. Y con ella la evidente penetración del crimen organizado en el aparato del estado. Es decir, la existencia de un narco-estado. Eso representa el caso emblemático de la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa (26 de septiembre de 2014). No había pasado un mes de los sucesos de Iguala cuando surgió el escándalo de la Casa Blanca de Peña Nieto. En un mes el gobierno quedó marcado para siempre: Ayotzinapa y la Casa Blanca. Insensibilidad y corrupción. Crimen e impunidad. Narco-Estado y autocomplascencia.

El desprestigio del gobierno suma la vergonzosa política exterior, que no hizo sino humillar a México ante el gobierno de Estados Unidos presidido por el inefable Donald Trump. Economía, inseguridad y vergüenza.

A la situación económica y social que causa gran insatisfacción en amplios sectores de la sociedad, sumemos el otro factor: las experiencias electorales de 2006 y 2012., y la existencia de una organización en crecimiento, Morena, y un líder fuerte, Andrés Manuel López Obrador.

El agravio del fraude del 2006 (“voto por voto, casilla por casilla”, contra el “haiga sido como haiga sido”). La masiva compra de votos del 2012 (“Recordar las famosas tarjetas MONEX). Las campañas negras del miedo (“AMLO es un peligro para México”) Y el más reciente fraude del Estado de México por la vía del uso de recursos públicos para  la compra masiva de votos.

Agravios repetidos. Experiencia acumulada. Seis años para la consolidación nacional de Movimiento de Regeneración Nacional, ahora convertido en partido MORENA. Un conjunto de experiencias que ahora han hecho inoperante la campaña negra del miedo. (“Nos han quitado hasta el miedo”). Los estrategas del PRI y el PAN han querido reeditar la campaña del miedo. Han convertido sus campañas electorales en una lista de ataques contra AMLO. (PRI y PAN no hacen sino repetir: “que´no gane AMLO, que no gane AMLO, qué no gane AMLO”) Sus campañas son en contra de alguien, y no a favor de alguien. Hemos visto una campaña electoral en favor de un candidato, y dos campañas en contra de ese mismo candidato. Al parecer, sólo hay un candidato. Y cada vez que sus contendientes lo mencionan para descalificarlo, sus bonos aumentan.

A cuatro semanas de las elecciones ya no pueden pararlo. No al menos con métodos legales y pacíficos. Tendrían que tirar el tablero, porque la partida la tienen perdida. Muchos priístas y panistas ya están gritando el “sálvense quien pueda”. Y los hombres del poder económico no entienden qué pasó. Por qué su poder mediático no convenció. Por qué no ha sido suficiente el gran dinero… Por qué con cada ataque, la ola morena crece… No entienden. “Es la historia, estúpido”.

 

Vivimos en peligro. O ¿por qué gana Andrés Manuel?

 

(Francisco Pérez Arce Ibarra)

 

“La esperanza es esa cosa con plumas

 Que se posa en el alma

 Y canta una melodía sin palabras

Y no se detiene nunca”

“Hope” is the thing with feathers

That perches in the soul

And sings the tune without the words

And never stops – at all

            Emily Dickinson

 

 

Vivimos una situación extrema. La violencia, relacionada con el narcotráfico y las organizaciones criminales, parece imparable. En las primeras planas, junto al número de muertos del día, aparecen nuevas detenciones de capos. En días pico, el número de caídos es de dos dígitos, y el capo apresado es un peso pesado, el “número uno” o el “número dos” de una banda criminal. En días estelares cae el “número uno” del más poderoso de los cárteles: El Chapo, o el Z 40, o el que corresponda. La Marina, el Ejército, la Policía Federal festejan sus logros. Pero un nuevo capo es ahora “el más buscado”. Y nos enteramos de un “nuevo record” de caídos en un mes, o en un año, o en un sexenio. En el lenguaje acostumbrado, los muertos son presuntos criminales (son sólo presuntos, pero si están muertos son culpables); o son policías o militares; o son periodistas; o son candidatos, o presidentes municipales; o son empresarios locales, o son transeúntes desconocidos (y seguramente sospechosos por estar en el sitio equivocado). Y junto a estos datos rutinarios, gobernantes vociferan que se investigará, se castigará, se actuará con estricto apego a la ley.

El día siguiente la cosa sigue, los números siguen.

Vecinos y organizaciones no gubernamentales denuncian violaciones a derechos humanos. Mandos policiacos y del ejército aseguran que han respetado los derechos humanos. Que siempre actúan de acuerdo con los “protocolos”, que no hay duda, que ellos son los buenos y los muertos que ellos mataron son los malos.

De repente escenas escandalosas: cabezas humanas arrojadas a las banquetas con mensajes de advertencia firmados por un cartel. De pronto se convierte en moda que cuelgan ahorcados en los puentes, o mantas con mensajes, llamadas narcomantas.

Las organizaciones criminales pasan y nacen otras, o cambian de nombre, y se enfrentan entre ellas: Cartel del Golfo, Cartel de Juárez, Cartel de Sinaloa, Familia Michoacana, Zetas, Caballeros Templarios, Cartel de Jalisco Nueva Generación… O grupos subsidiarios: Los Rojos, Guerreros unidos, Los tequileros… Imposible hacer una lista exhaustiva: cambian los nombres y las alianzas.

 

El número de desaparecidos es escalofriante: 36 mil, dato oficial. El número real es tres veces mayor, según datos no oficiales.

Vemos escenas de mujeres y hombres que rascan la tierra; buscan fosas clandestinas que esconden cuerpos humanos. Encuentran fosas por todos lados.

Buscan a sus hijos debajo de la tierra. Es atroz: buscan sus huesos. Temen encontrarlos, pero aun así los buscan con las uñas. Si sus hijos están muertos quieren darles sepultura digna y vivir su duelo.

Encuentran una fosa tras otra. Algunos restos son identificados, los más quedan como desconocidos: eran desaparecidos que nadie buscaba. Y nuevas fosas, y números inimaginables de restos humanos. Cuerpos enteros o pedacería de huesos. Confundidos a veces o mezclados con huesos animales. Cuentos de terror convertidos en noticia cotidiana. Las fotos, en las páginas de los periódicos, se acomodan como pueden entre la numeralia de los muertos nuevos, y las declaraciones rutinarias de los gobernantes.

 

Vivimos una situación extrema. El horror se supera cada día. Tres estudiantes de cine desaparecidos en Guadalajara. Vino la respuesta de sus familiares y amigos, y marcharon exigiendo que aparecieran con vida. La exigencia se hizo nacional. Las redes compartieron sus fotos. Habían ido a una casa en el campo a filmar un ejercicio escolar. Fueron “levantados” por una organización criminal. Tres desaparecidos más en la lista interminable. Luego vino la noticia que supera todo horror imaginable: los autores del secuestro confesaron haber matado a los tres muchachos. No sólo eso: los disolvieron en ácido. Uno de los criminales confesó que a eso se dedica: una vez que matan a los muertos, él es llamado para que los disuelva en ácido. Están detenidos y confesos los que los mataron, y el que los disolvió: dio detalles del método. Caso resuelto. El horror encima del horror.

 

Para la numeralia del horror: 58 mil soldados estadounidenses murieron en la guerra de Viet Nam. Sus nombres están escritos en el monumento triste de Washington, un muro negro, hundido. Todos los nombres están ahí. Y algunos ramos de flores en el piso. Una guerra desastrosa y absurda. Y mucho más muertos y sufrimiento y destrucción para los vietnamitas. 58 mil en diez años de guerra estadounidense, y la reacción de la sociedad dolida obligó al gobierno a retirar las tropas en 1973. Se acabó la guerra para ellos. Reconoció que había perdido una guerra inútil. Eran muertos de una derrota. Muertos sin heroísmo. El ejército más poderoso del mundo derrotado por un pueblo campesino. 58 mil muertos y otros muchos mutilados y desquiciados.  Poco después el presidente Nixon cayó del poder de manera vergonzosa. Nuestros muertos, los mexicanos que murieron en dos sexenios en la llamada “guerra contra el narco”, declarada por el presidente Calderón y seguida por el presidente Peña, multiplica por cinco los soldados estadounidenses muertos en Viet Nam.

 

En estos años de horror, dos declaraciones repican en la mente: la del presidente Peña, unos meses después de la desaparición de los 43, pidió a los deudos: “ya supérenlo”. Y una más reciente, la del procurador de Jalisco, a propósito de los tres estudiantes de cine presuntamente muertos y disueltos en ácido: “estaban en el lugar y el momento equivocados”. ¿Qué significan estas frases? No se puede “superar” lo que se ignora. No se puede superar lo que no ha terminado. No se puede vivir sin certezas mínimas: qué pasó, dónde están, quién los mató, por qué, quiénes son los culpables, quiénes sus cómplices… “Ya supérenlo” sólo puede decirlo alguien que está pensando en otra cosa, no en las víctimas, no en la justicia, sino en la apariencia de estabilidad para que todo siga, para que no pare la inversión, para que no se asusten los inversionistas… Ese es Peña Nieto y los que, como él, quieren que el juego continúe.

“Estaban en el lugar y el momento equivocados”. Cuál es ese lugar, cuál ese momento. Todos podemos estar en el lugar y el momento equivocados. ¿Cómo saberlo? ¿Cómo puede darse eso como explicación? ¿Cómo puede darse eso como consuelo para los demás, para los que no hemos estado, todavía, en ese lugar y ese momento?

 

“Todos somos víctimas.” La frase se acerca a convertirse en verdadera. Decenas de miles de desaparecidos, cientos de miles de muertos. Si sumamos a las familias de las víctimas directas, a sus amigos, a sus vecinos, a sus colegas… El daño llega a millones. Y también el miedo llega a millones. Pronto podremos decir: “todos somos víctimas”. Todos estamos en el lugar y el momento equivocado. No todos hemos vivido el horror en carne propia, pero a todos nos ha rozado. Está aquí. Estamos ya en el lugar y el momento equivocados.

¿Cuál es un lugar, y cuál un momento, equivocados? Todos los lugares y todos los momentos. No sabemos dónde habrá nuevas balaceras, en qué ciudad, en qué calle. No sabemos dónde habrá levantones, para qué, por quiénes.

 

Es necesario pacificar al país. Terminar con esa violencia interminable y creciente. Combatirla con las armas de las fuerzas públicas no ha sido, ni será, solución.

 

Vivimos en peligro, vivimos una situación extrema. El gobierno tiene que pensar en pacificar el país. No en derrotar por medio de las armas a un enemigo ubicuo y bien armado. Un enemigo al que le cortas la cabeza y le brota una nueva… Un enemigo sin uniforme, pero con gran poder económico… Un enemigo que emplea a cientos de miles de personas para cultivar y transportar la droga… Un enemigo que está bien agarrado de la estructura formal del Estado… Un enemigo que contrata a campesinos, a transportistas, a vigilantes… Un enemigo que ha generado su propia cultura que ha creado una estética, un look machista, una forma de ostentación de la riqueza, un culto a las armas… Un enemigo rico, poderoso, cruel, sanguinario, ubicuo.

Los discursos rutinarios de la necesidad de una policía profesional, mejor pagada.  De una fuerza del estado bien armada. De más recursos para el ejército. Además de rutinarios son inútiles, como el rugido de un león paralítico, o la lucha cuerpo a cuerpo con las olas del mar. Ni siquiera sabemos si el declarante es miembro de la organización criminal que dice combatir.

Las causas, las causas, el problema es atacar las causas. Las causas en el techo y las causas en el piso. En el techo hay que perseguir el dinero, que de maletas de billetes se convierte en transferencias bancarias. En el piso, atacar la pobreza rampante. Del techo vienen los recursos incalculables. Del piso la base social, los sembradores, los transportadores, los halcones y los sicarios.

 

La palabra “inseguridad” no es suficiente para hablar de los asesinatos interminables que suceden en el país desde hace años. Se trata no de inseguridad, sino de un crimen continuo, y sin fin, frente al cual el gobierno tiene una mirada lánguida, un interés limitado, como si simplemente dejara pasar los días esperando que el tiempo lo resuelva. Como si se tratara de un fenómeno natural, como un huracán, que habrá de terminar porque siempre terminan. Los gobernantes están pensando en otra cosa, no en las víctimas, no en los deudos… Están pensando en que es algo molesto, que ojalá pase pronto. Pero no va a pasar porque el motor que lo mueve está intocado: “es el dinero, idiota”. Ese es el motor del crimen organizado, del narcotráfico, y los dólares siguen fluyendo alegremente en maletas de billetes y en transferencias bancarias. “Es el dinero, idiota”. Aumentar la fuerza del ejército y la policía, mandarlos a combatir al narco, balacear y esperar los balazos, es como agarrar a palos las olas del mar para vencer la marea. Seguirán los muertos, y el gobierno seguirá esperando que la sociedad “supere” su duelo, para que los negocios puedan seguir y no se espanten los inversionistas.

 

Cuando Andrés Manuel habló de “amnistía”, se armó gran alharaca. Locutores de la televisión y opinadores oficiales, hacían como que se colgaban de las lámparas. No querían entender: se trata de pacificar al país. Se trata de buscar un camino nuevo. El que se ha seguido no sirve. Por eso gana Andrés Manuel, porque por su sensibilidad, por su recorrido exhaustivo del país a ras de piso, entiende que hay que buscar otro camino. Hay que pacificar el país.

A propósito de expropiaciones

 

(Francisco Pérez Arce Ibarra)

 

En 1938 el General Cárdenas decretó la expropiación de las empresas petroleras. El Sindicato había declarado una huelga demandando aumentos salariales. Las empresas se negaron arguyendo que no tenían capacidad económica para solventarlos. El asunto llegó a la Suprema Corte que falló a favor de los trabajadores. Las empresas tenían que atender la sentencia y se negaron a hacerlo. Creyeron que con su fuerza económica y su arrogancia imperial podían ponerse por encima de la ley. No pudieron. El presidente decretó la expropiación y el pueblo salió a las calles a apoyarlo. El decreto expropiatorio no violaba el Estado de Derecho, lo defendía.

Ochenta años después los voceros del PRIAN acusan a MORENA de querer expropiar empresas como parte de una estrategia contraria al estado de derecho. El pretexto: que un destacado miembro de MORENA, Paco Ignacio Taibo II, dijo que el gobierno de López Obrador debía dedicarse a expropiar empresas. Lo que en realidad dijo, palabras más, palabras menos, fue que, si ante medidas del gobierno obradorista  los grandes capitalistas lo chantajeaban amenazando con llevarse sus empresas, millones de mexicanos tendríamos que salir a las calles a decirle: “si te chantajean con llevarse las empresas: exprópialas”. En la lógica de la propaganda sucia, olvidaron la primera parte de lo dicho y se quedaron sólo con la segunda: “exprópialas”.

Volver al futuro: estamos en marzo de 1938. Las empresas petroleras se niegan a cumplir la sentencia de la Suprema Corte. Cárdenas expropia las propiedades de las empresas. Millones salimos a las calles: estamos con usted, señor presidente.

Hay expropiaciones que no violan sino restauran el Estado de Derecho.

 

1 de mayo de 2018

No hubo tal debate

(Francisco Pérez Arce Ibarra)

 

Ha habido elogios al nuevo formato de debate ideado por el INE y llevado ala práctica el pasado 22 de abril. Se le llama “debate” pero no lo es. Se trata más   bien de un espectáculo, una especie de reality en el que los candidatos deben exponer sus ideas o propuestas en un tiempo mínimo, reducirlas a frases que tengan efecto de atracción y puedan fijarse en la mente de los espectadores. No se pueden desarrollar ideas y por lo tanto tampoco debatirlas. Los contrincantes no buscan discutir sino descalificar. Esto fue muy claro en el tema de la inseguridad. El tema es el más sensible por la emergencia que vive el país que en 2017 rompió todos los récords en número de asesinatos (ejecuciones y enfrentamientos entre presuntos criminales y fuerzas públicas). Hubo entre los cinco candidatos sólo dos posiciones: cuatro de ellos llamaron con distintos nombres o matices al continuar con la estrategia de aumentar el poder del ejército y la policía. Es decir, una posición militarista. Sólo uno, Andrés Manuel, plantea algo diferente. Es el único que llama la atención sobre la necesidad de atacar las causas del auge del crimen organizado. Plantea la necesidad de un proceso de pacificación del país. Habla de la posibilidad de una amnistía. El tema es complejo y polémico. Pero sus contendientes no quieren discutirlo, sino simplemente descalificarlo, burlarse, acusarlo de querer un “pacto” con los asesinos y secuestradores. Tanto los cuatro candidatos que sostienen la posición militarista, como los periodistas que condujeron el espectáculo, saben que no propone ni perdonar los crímenes ni pactar con los criminales. Saben, o deberían saber, que la amnistía puede ser parte de un proceso de pacificación, y que no se trata de ignorar la justicia, sino de algo que suele llamarse “justicia transicional”. En los debates electorales se debería discutir las ideas de los candidatos. Eso no sucede.

Muchos comentaristas elogiaron el nuevo formato: “Mucho más ágil”, dijeron. “Más dinámico”. En realidad, piensan en que es más divertido para los tele-espectadores. Parece que pensaran en el debate como un espectáculo que mantenga altos raitings, y no que cumpla con el objetivo de exponer con claridad las propuestas de acciones y políticas públicas. Ese no es el objetivo que busca el nuevo formato. Al contrario: lo impide. El tema debe exponerse en 30 segundo, replicar en menos de un minuto, y luego tienen 2 minutos y medio cada uno para objetar o responder a las objeciones, pero en intervenciones que cada una no rebase el minuto. Todo eso para cinco contendientes. No hay manera de que se discuta el fondo de una propuesta y el diagnóstico que trae implícito. Sólo ajusta el tiempo para articular unas cuantas frases efectistas. Y en medio de ese complejo formato de tiempos límite, se incluyen acusaciones. Si uno de los contendientes (Andrés Manuel fue el objeto de la mayoría de los ataques) quiere responder a las acusaciones personales, pierde el tiempo que debería usar para explicar sus ideas. Los ataques pueden estar cargados de mentiras. No importa: funciona la descalificación. El atacado tiene que responder sean mentiras o no: si responde, malo, si no responde, también.

Al final se declara un ganador: en realidad quiere decir: quién obtuvo nuevos adeptos. Quién pudo haber convencido a los electores indecisos. Quién perdió un elector que estaba de su lado. Los comentaristas de la prensa coinciden en que el debate del 22 no provocaría mayor cambio en las preferencias de los electores. Que todo seguiría más o menos igual. Que los cambios serían marginales. Puede que así sea. Pero… no hubo tal debate.

29 de abril de 2018