El reglamento de tránsito y la empresa privada

–Francisco Pérez Arce Ibarra–

 

La empresa privada no debe participar en una actividad que por su naturaleza corresponde al gobierno. Hablo del reglamento de tránsito para el D.F. y el cobro de las infracciones.

La empresa  privada tiene como objetivo primordial obtener ganancias. Está en su naturaleza. “Es legal y es legítimo”, me dirían. Por supuesto: es legal y legítimo, y ese es precisamente el problema. No se puede criticar a una empresa que busca aumentar las ventas y las utilidades. Al contrario, es lo que se espera. Una empresa que crece, que aumenta su productividad y su producción, es una buena empresa.

El gobierno debe cuidar que las normas de convivencia, las leyes y los reglamentos, sean respetadas. En el caso del tránsito vehicular su objetivo es mejorar la movilidad, propiciar un tránsito ordenado, hacerlo seguro para todos los ciudadanos.  Debe buscar que se respete el reglamento. Y por lo tanto su objetivo tiene que ser que los ciudadanos no infrinjan las reglas. Será un buen gobierno si logra que no haya infracciones o haya muy pocas… mientras menos mejor.

Para cumplir con su función la empresa privada busca aumentar sus ingresos. Está en su naturaleza.

Para cumplir con su función el gobierno busca disminuir el número de infracciones, aunque ello signifique disminuir su ingreso.

Si actúan como socios esa contradicción es irresoluble. Tienen, por necesidad, objetivos contradictorios. Llama la atención que el contrato que firmaron el gobierno y la empresa fije una cuota de infracciones: 5 mil diarias, 150 mil mensuales.  Con ese número la empresa, que se queda con el 46% de los ingresos, obtiene, supongo, una utilidad satisfactoria de acuerdo a su inversión. No conviene a sus intereses cobrar un número menor de infracciones. El gobierno, que lo que busca es el buen funcionamiento de la ciudad, debe pugnar porque el reglamento sea respetado por los ciudadanos y se infrinja lo menos posible, aunque en ello vaya una disminución de sus ingresos.

La contradicción es irresoluble. El gobierno, al ceder una función de autoridad como esa a una empresa privada, se niega a sí mismo. Los ciudadanos le reconocemos al gobierno la autoridad para hacer cumplir las leyes. Y ello implica la facultad de sancionar a quienes las violen. Ceder esa facultad a una empresa privada es despojarse, al menos de una parte, de su razón de ser.

No hay manera de que entre la empresa contratada para emitir las infracciones y el gobierno haya una coincidencia de intereses, a menos que el objetivo principal del nuevo reglamente no sea mejorar la movilidad y la seguridad de los ciudadanos, sino otro, por ejemplo aumentar la recaudación. Ahí sí habría una coincidencia de intereses: más infracciones, más ganancias (con su 46%), y más recaudación (con su 54%).

Si la reforma fuera educativa nada de eso pasaría

 

–Francisco Pérez Arce Ibarra–

 

Miles de policías federales movilizados a Michoacán, Oaxaca, Guerrero y Chiapas para vigilar la evaluación de los maestros. Gran despliegue de fuerzas, de  hasta 9 mil efectivos, acompañado de advertencias y amenazas. Con ello trataban de inhibir o contener la protesta y  lograr que unos tres o cuatro mil maestros presentaran su examen. El número de evaluados  en todos los casos resultó menor al esperado. Donde se esperaban cuatro mil, se presentaron mil quinientos. Estaban ahí, bien armados, como sombras, cuatro policías por cada maestro examinado. Y el secretario de Educación Pública, Aurelio Núñez, tras la realización del examen en Oaxaca, declaró, eufórico, “hoy es un día histórico”. (Al parecer se refería a que se pudo hacer la evaluación, aunque fuera a un número reducido de maestros.)  Y cada vez que los policías se movilizaron, declaró el secretario que la “reforma educativa” se haría a toda costa. Los gobernadores de esos cuatro estados, se sumaron alegremente a la advertencia. Se trataba de enseñar la fuerza disuasiva. “La reforma va” a punta de tolete.

Triste “reforma” custodiada por la policía y repudiada por miles de maestros.

Cuatro maestros oaxaqueños fueron detenidos acusados de delitos absurdos, y permanecen en una prisión de alta seguridad. Otras 22 órdenes de aprehensión quedan como espada de Damocles. De todas maneras la protesta siguió.

Advertencias en Guerrero. Amenazas a 70 opositores.

52 normalistas detenidos en Michoacán.

Un muerto, cinco lesionados y seis detenidos en Chiapas, en un enfrentamiento entre maestros y policías.

Si la reforma fuera educativa nada de eso pasaría.

 

Miles de maestros se oponen a la “evaluación del desempeño”. La evaluación, la evaluación, la evaluación. Única medida de la “reforma educativa”. En eso consiste, en evaluar a los maestros que son considerados culpables de ineptitud hasta que demuestren lo contrario. Amenazados de despidos por mal desempeño. Su aptitud será medida con base en pruebas diseñadas lejos de los salones de clase, lejos del terreno real de la actividad pedagógica. Quieren evaluar a los maestros de acuerdo a parámetros “normalizados”. Las pruebas estandarizadas son no sólo un error, sino una ofensa a maestros que tienen años de experiencia, que han dado miles de clases a grupos reales en territorios que ellos conocen mejor que nadie. Una evaluación que no preguntó la opinión a los interesados. De haberse diseñado de otro modo, partiendo de la experiencia de los evaluados, se obtendrían instrumentos verdaderamente adecuados para evaluar todo el proceso educativo y no sólo a los maestros.

Los evaluadores actúan con soberbia tecnocrática. Tienen derecho a sostener sus puntos de vista sobre la forma de la evaluación. Tienen derecho a estar equivocados; todos tenemos ese derecho. Pero  es una afrenta  que quieran imponer su método con el terror policiaco. Los maestros no son tratados como tales, sino como insumos defectuosos del proceso educativo. No se les reconoce su experiencia y su vocación. Los tecnócratas saben. Los maestros no. Los tecnócratas juzgan desde las alturas, miran hacia abajo a los pobrecitos maestros. No los van a correr si reprueban, les van a dar cursos para cubrir sus debilidades, y van a dejar una espada sobre su cabeza. Con estas pruebas vamos a sacarlos de su ignorancia y su ineptitud para convertirlos en buenos maestros… y si no, pues ni modo, serán despedidos legalmente. Los adoradores de la evaluación parten de la idea equivocada de que “los maestros son malos y los vamos a mejorar”, debían partir de una idea distinta: “los maestros son buenos, tienen una experiencia que debe valorarse y aprovecharse, pueden y deben participar en mejorar el proceso educativo”.

La terquedad burocrática de imponer lo que ellos llaman “reforma educativa” ha desatado protestas, movilizaciones y enfrentamientos.

Si la reforma fuera educativa nada de esto pasaría.

 

En realidad la evaluación es lo de menos. Lo que el gobierno quiere es someter, humillar, disciplinar, vigilar y castigar a los maestros. Con todo el tinglado, desde la detención de la cacique del SNTE, Elba Esther Gordillo, lo que el gobierno buscaba era recuperar el poder para las autoridades, quitando el estorbo de una cacica que creía tener poder propio y le regateaba al gobierno el apoyo del gigantesco sindicato. No la quitaron por corrupta, eso no les molesta, sino por arrogarse un poder personal y usarlo para su interés político. El SNTE es un sindicato antidemocrático, controlado verticalmente, que maneja recursos multimillonarios y lo hace discrecionalmente. Eso no ha cambiado con la detención de la cacica. Sólo quitaron la punta y la sustituyeron. Concentraron el poder en el gobierno. El SNTE, con sus formas autoritarias y corruptas, no cambió en lo más mínimo, sólo que ahora es un dócil servidor del gobierno sin la mediación de una líder incómoda. Se ha dicho, por los maestros, que se trata de una reforma laboral y no educativa, puesto que cambia las reglas de contratación y permanencia de los trabajadores. Tienen razón. Se ha dicho también que se trata de una reforma administrativa, recientemente lo dijo el rector de la UNAM. Tiene razón. Pero la reforma administrativa y laboral tiene un sentido político: concentrar el poder en “la autoridades educativas”, es decir en el gobierno, es decir en el secretario de educación, es decir en el presidente. Se trata, entonces, de una reforma educativa y laboral con un objetivo político. ¿Y la educación? Bien gracias, de eso que se ocupe Televisa.

Por todo eso, el espectáculo de la represión es contra la parte del sindicato que se resiste, la parte conocida como CNTE, cuya fuerza mayor se concentra en los cuatro estados que hemos visto movilizados: Oaxaca, Chiapas, Guerrero y Michoacán. Pero la resistencia no termina en esos Estados: en todo el país hay grupos afines a la CNTE.  Seguiremos viendo protestas masivas.

Si la reforma fuera educativa nada de eso pasaría.

“2 de octubre no se olvida”, la frase que derrotó al régimen

–Francisco Pérez Arce Ibarra–

Casi cincuenta años después, la frase vuelve a repetirse, con el mismo significado: fue un crimen de estado, fue un asesinato masivo con todas las agravantes. Conocemos los nombres de los asesinos. Nos mataron a muchos compañeros, nunca sabremos a cuántos. Nos mataron a todos ese día en la plaza de Tlatelolco. Y querían matarnos dos veces haciéndonos olvidar. Son los mismos que tantos años después piden a los padres de Ayotzinapa que “ya lo superen”.

“No se olvida”. La frase derrotó al régimen. Sabemos que la orden de disparar en Tlatelolco vino desde el más alto mando del gobierno. Fue preparado por el Estado Mayor Presidencial, el cuerpo élite del ejército íntimamente ligado al presidente. Y sucedió como lo esperaban, Tenían las piezas para armar y difundir la versión que querían: había sido un enfrentamiento y no una ejecución artera, los soldados eran las víctimas, los victimarios los culpables, el ejército se había defendido de la agresión de los estudiantes, el gobierno había salvado a la patria de una conspiración perversa.

La prensa del día siguientes, y de los días siguientes, repitieron la líneas de los boletines oficiales. Informaciones, filtraciones y trascendidos apuntaban a las víctimas. Los culpables eran los estudiantes del movimiento, que durante casi 10 semanas habían sacudido al país con los seis puntos que eran su bandera: 1) libertad presos políticos (todos los presos políticos, pero en primer lugar los líderes ferrocarrileros que llevaban una década en la cárcel); 2) derogación de los artículos que tipificaban el delito de disolución social, mismo que se aplicaba a dirigentes sociales insumisos; 3) desaparición del cuerpo de granaderos (que sólo se ocupaba para reprimir protestas); 4) destitución de los jefes policiacos, responsables directos de las represiones sufridas en aquellos días; 5) deslinde de responsabilidades de la violencia desatada el 26 de julio (que probablemente eran el secretario de gobernación y el jefe del Departamento del Distrito Federal); y 6) Indemnización a las víctimas (los familiares de los muertos, los heridos, los encarcelados).

Los seis puntos eran una síntesis de la condena a un régimen autoritario. Y añadían los estudiantes una exigencia: “dialogo público”. Ésta condición apuntaba al corazón autoritario de régimen. El presidente y su corte no se rebajarían nunca a discutir en público sus decisiones. Eso era contrario a las formas de la política imperantes. Al presidente se le obedece, no se le discute. Al presidente se le pide humildemente, y se espera su gracia. Se vivía entonces en el punto más alto del autoritarismo presidencial, y Díaz Ordaz lo encarnaba. Su voz, sus gestos, sus ademanes, su fealdad física (de la que estaba muy consciente), su trato despectivo (incluso a sus colaboradores cercanos), y su historial político, lo hacían el personaje perfecto para encarnar el presidencialismo autoritario. Y lo encarnó demasiado bien, dolorosamente bien, como lo vimos ese dos de octubre en Tlatelolco.

Los estudiantes representaban la rebeldía. No aceptaban un régimen político asfixiante. No aceptaban un lenguaje político gastado y falso. No reconocían en ese gobierno, la herencia de los revolucionarios de 1910.

Los estudiantes eran irreverentes. Tomaron las escuelas y las hicieron suyas. Tomaron las calles de la ciudad y las hicieron suyas. Los muros desnudos también los hicieron suyos, y pintaron ahí cuanto les vino a la mente. Se contagiaron de la rebeldía juvenil de otros países: especialmente del mayo francés al que le copiaron frases: prohibido prohibir, la imaginación al poder. Se enamoraron de Angela Davis y los panteras negras, que peleaban contra la discriminación racial en Estados Unidos. Se imaginaron la selva vietnamita, y levantaron la efigie de Ho Chi Min. Adoptaron la imagen del Che Guevara, y la convirtieron en seña de identidad, como hasta ahora lo es para los jóvenes rebeldes de cualquier parte del mundo.

Todas las escuelas superiores de la ciudad de México estaban en huelga. Pero no estaban vacías; sus auditorios, pasillos y salones estaban habitados continuamente, había cine y arte, había debates y conferencias. La huelga no era descanso sino un espacio ganado para la crítica. Se criticaba todo, todo el tiempo. Empezaron a cambiar las relaciones entre géneros. Cambió radicalmente la relación con la autoridad. La rebeldía ganaba espacios. La libertad se ejercía y no era una idea abstracta. Salir a las calles, hablar en los camiones y en los mercados, repartir volantes que ellos mismos hacían, hacer manifestaciones por Reforma y tomar el Zócalo, todo era un aprendizaje. Y hay cosas que se aprenden y ya no se olvidad. Ejercida la libertad, ya no se pierde, aunque después te toque estar en la cárcel o guardar silencio. Hay un espacio tomado que ya no se pierde.

Casi diez semanas después de que esta historia empezó, el gobierno decidió aplastar ese movimiento, al que no entendía ni quería entender. Quería que acabara y acabó con él. Y quería matar también la memoria de lo que había sucedido. Quería que se recordara como un enfrentamiento entre grupos armados subversivos y las fuerzas del orden. Pero su versión no llegó muy lejos. Nadie la creyó nunca realmente. Ni siquiera ellos. Hoy sabemos exactamente lo que pasó. Conocemos incluso los partes de guerra del ejército. Fue un crimen de Estado.

Quisieron también matar la memoria y no pudieron. No sé cuándo se acuñó la frase, pero debe haber sido muy pronto. Y medio siglo después se sigue oyendo por todas partes, en mítines y manifestaciones, y en cada aniversario. “2 de octubre no se olvida” fue la frase que derrotó al régimen.

Hay frases así: cargadas de significado. Hoy campea otra en referencia a los 43 normalistas desaparecidos de Ayotzinapa: “Fue el Estado”.

2 de octubre de 2015

 

“Querían tierra” (a 50 años del asalto al cuartel Madera)

–Francisco Pérez Arce Ibarra–

El 23 de septiembre de 1965, en el estado de Chihuahua, un grupo guerrillero ataca el cuartel de Ciudad Madera. En la memoria de la sociedad ese acontecimiento se convirtió en la hora cero de la guerrilla mexicana.

Trece jóvenes asaltaron el cuartel. Las cosas sucedieron mal. Pensaron que enfrentarían una fuerza de dos pelotones, unos veintitantos soldados, y la guarnición contaba en realidad con más de cien efectivos. Los asaltantes habían planeado contar con treinta guerrilleros; fallas logísticas los redujeron a trece. Probablemente los estaban esperando. El saldo fue de ocho guerrilleros y cinco soldados muertos.

El ataque no fue un rayo en cielo tranquilo. En realidad estaba estrechamente asociado a la larga lucha agrarista de la zona que había recorrido los caminos de la lucha legal y las ocupaciones de tierras. Habían enfrentado a un caciquismo feroz, a un latifundismo de grandes dimensiones, y a un gobierno que apoyaba a caciques y latifundistas de manera incondicional. El grupo que decidió la acción armada, encabezados por Arturo Gámiz y Pablo Gómez, habían vivido esa lucha agrarista, y habían sufrido la represión. Habían transitado incluso por la lucha electoral: Pablo Gómez fue candidato a diputado por el Partido Popular Socialista.

Gámiz junto a un grupo de campesinos y normalistas, se había remontado a la sierra desde 1963, dos años antes de Madera, y había protagonizado hechos de armas más parecidos a la autodefensa campesina que a la guerrilla. A la pertinaz lucha agrarista sumaron la ideas inspiradas en la experiencia de la revolución cubana, y se convirtieron en la primera guerrilla socialista mexicana.

Tras la batalla de Madera, que duró más de dos horas, el gobernador del Estado, Gral. Giner Durán, ordenó que los guerrilleros muertos fueran enterrados en fosa común y sin ataúdes ni ningún tipo de mortaja, y pronunció la frase famosa: “Querían tierra, pues denles hasta que se harten”. La frase es terrible, y retrata a un gobernador violento, rencoroso, artero y lleno de odio. Pero también, paradójicamente, la frase reconoce la raíz de su lucha: “Querían tierra”. Querían la tierra que los campesinos habían ganado en la revolución de 1910, querían también justicia contra los caciques que asesinaban impunemente a campesinos opositores. Y con su frase terrible, negaba de paso el lenguaje oficial, difundido a través de la prensa, que evitaba llamar a los guerrilleros “guerrilleros”, y los llamaba en cambio, por consigna, “gavilleros”. La frase terrible estaba dirigida contra  los campesinos, no sólo contra los guerrilleros. Son los campesinos los que quieren tierra. Para ellos era la advertencia.  Los latifundios debían ser respetados, y los campesinos debían obedecer al gobierno.

El gobierno tenía miedo de que el ejemplo cundiera. En la mente del pequeño dictador que era Giner, el escarmiento lo daría con el espectáculo: mandó exhibir los cadáveres de los guerrilleros muertos, paseándolos por la ciudad de Madera en un camión descubierto, para que el pueblo los viera. Rechazó las solicitudes de los familiares de que pidieron los cuerpos de sus seres queridos para enterrarlos dignamente. Quería dar un ejemplo a la población entera. Quería matar a los guerrilleros dos veces.

Este movimiento armado se origina en la lucha encabezada por la Unión General de Obreros y Campesinos de México (UGOCM) contra caciques y latifundios. Los continuos atropellos y despojos, las promesas incumplidas, y el tortuguismo burocrático, provocaron varias invasiones de tierras en 1963 y 1964. Enfrentaron sistemáticamente a guardias blancas de las familias dueñas de tierras y bosques, y la política represiva del gobernador Giner Durán.

En octubre de 1963 las organizaciones campesinas de la región realizaron el Primer Encuentro de la Sierra que acordó un programa de lucha que transitaría por las invasiones de los grandes latifundios, y por la vía política. En 1964 el estado de ánimo había cambiado, A principios de ese año, en las resoluciones del Segundo Encuentro de la Sierra, Arturo Gámiz escribió: “Estamos convencidos de que ha llegado la hora de hablarle a los poderosos en el único lenguaje que entienden; llegó la hora de que las vanguardias más audaces empuñen el fusil porque es lo único que respetan y escuchan; llegó la hora de ver si en su cabeza penetran las balas, ya que las razones nunca les entraron; llegó la hora de apoyarnos en el 30-30 y no el 30-06, más que en el Código Agrario y la Constitución.”[1]

Para un grupo de líderes campesinos, maestros y estudiantes, la lucha transita de las movilizaciones y tomas de tierras, a la vía armada. La prensa de Chihuahua el 15 de abril de 1964 informó: un “grupo de campesinos que andan levantados en la sierra”,  atacó a judiciales, y tres días después emboscó a un pelotón de soldados del 52 batallón de infantería. El periódico Acción publicó el primer comunicado de la guerrilla mexicana en este periodo de la historia:

Viendo que las autoridades nunca atienden los problemas del pueblo y que a los atropellos de los caciques se suman los de las fuerzas armadas del gobierno, decidimos empuñar las armas para hacer justicia por nuestra propia mano, para castigar a los latifundistas que amargan la vida de los campesinos (…) El día en que se resuelvan los principales problemas del pueblo, que se repartan las tierras y se haga justicia al oprimido, ese día dejaremos las armas. Antes moriremos en pie de lucha.[2]

La guerrilla había empezado en 1964 pero retenemos como el inicio de esta historia una fecha: 23 de septiembre de 1965, y un lugar: Madera. Hace 50 años de la acción de esos trece jóvenes. Los recordamos como luchadores sociales, como guerrilleros. Vencieron el silencio y el olvido que quiso imponer el gobierno.

(Artículo publicado en La Jornada del Campo #96, 19 de septiembre de 2015)

[1] José Luis Sierra: El enemigo interno. Contrainsurgencia y fuerzas armadas en México. Plaza y Valdés, México, 2003, (p. 44).

[2] Citado en José Santos Valdés: Madera, México, 1968.

El día del terremoto

(Fragmentos de la novela Septiembre 

de Francisco Pérez Arce Ibarra,

publicada por Itaca en 2010)

 

El raro silencio de esa mañana venía de afuera. Faltaba

el ajetreo de la calle, el rumor de los autos, el tronido de

un camión, el claxon ansioso. Tampoco se oía el ruido

más relajado de los domingos.

Se asomó a la ventana: varios vecinos a media banqueta

movían brazos y cabezas de un modo que le pareció

teatral. Definitivamente algo raro sucedía. Se puso

los blue jeans y la vieja sudadera gris y bajó sin prisa.

¿Qué podría haber pasado?: un asalto, un suicidio, un

asesinato, un incendio… No veía patrullas ni ambulancias.

—¿Dónde andabas? ¿Por qué no habías bajado? ¿Dónde

está Félix? ¿Cómo lo sintieron? —preguntaron los vecinos

al verla venir. Perla, su amiga, estaba entre ellos y

la veía con preocupación.

—¿Qué pasó? ¿Qué hacen todos aquí? ¿De qué hablan?

—preguntó Maga.

—¿No sabes lo que pasó? ¿No sentiste nada?

Entonces le cayó encima una cascada de palabras atropelladas:

un terremoto sacudió a la ciudad, había zonas

de auténtico desastre, una empresa televisora se había

caído. La radio estaba informando lo que pasaba en las

calles, los teléfonos no funcionaban, uno de los inmensos

edificios de Tlaltelolco se derrumbó, el prestigioso Hotel

Regis que estaba junto a la Alameda había desaparecido.

Muchas personas estaban sepultadas, cientos, quizá

miles. Era la más grande tragedia sucedida nunca

en el país, nunca tanto horror. Se cayeron hospitales y

escuelas, la ciudad era la locura, calles convertidas en

cordilleras de escombros. Cómo era posible que Maga no

hubiera sentido nada, todo mundo lo sintió, tuvo una duración

eterna, decía la radio que había sido de 8.5 grados

en la escala de Richter, para los que sabían era un

número tremendo. Aquí todos lo sintieron menos tú, ¡de

veras tienes el sueño pesado! Gracias a dios al edifi cio no

le pasó nada, en los pisos altos se sintió horrible, muchos

bajaron en estampida. El terremoto fue poco después de

las siete, cuando tantos salían a sus trabajos o a llevar a

los niños a las escuelas. La colonia Roma era una de las

más dañadas.

“¿La colonia Roma?” Sonó como campanada.

—Sí —confirmó alguien—, fue una de las más afectadas.

Maga se puso pálida. Ahí vivía su suegra. Ahí seguramente

estaba Félix.

Subió los dos pisos sintiendo que el aire se le escapaba,

entró al departamento, levantó el teléfono, no daba

línea. ¿A qué había subido? Dio vueltas alrededor de la

sala, vio de reojo al Señor de las Maravillas. No podía

dejar de moverse, fue a mirar por la ventana, se metió al

baño, abrió la regadera, no había agua caliente, alguien

había cerrado el gas; pero al menos había agua, se metió

al agua helada, al salir no controlaba su cuerpo, titiritaba,

se movía para calentarse, se frotaba con la toalla y

no dejaba de temblar. Tenía el estómago revuelto. ¿Dónde

estaba Félix?

Mientras se vestía puso la radio. Las noticias caían

en desorden, confirmaban lo dicho por los vecinos: la ciudad

era un caos. Algunos testigos hacían descripciones

horrorosas con voces rotas. Prendió nuevamente la tele.

La señal había vuelto. Vio las primeras imágenes de escombros

grises. Las tomas enseñaban un paisaje circular

de ruinas. Creyó identificar uno de los derrumbes, podía

ser el Edificio Roma. No estaba segura. Bajó brincando

las escaleras.

El jueves 19 de septiembre a las 7 horas y 19 minutos

el D.F. vivió un terremoto catastrófico. La ciudad es inmensa,

no en todas partes hubo consecuencias graves.

En la periferia no se sintió, o se sintió como tantos otros

temblores que en una zona sísmica suceden y a los que

la población no les da importancia. El daño se concentró

en el centro, en torno de la Alameda, y en algunas

colonias del centro sur como la Roma, la Condesa, la de

los Doctores, y del centro norte, como la Guerrero, la

Morelos y Tlaltelolco. Miles de edificios sufrieron daños,

cientos se derrumbaron con sus habitantes dentro.

Los de mayor número de víctimas fueron los hospitales

General y Juárez, las fábricas de ropa de San Antonio

Abad, el restaurante La Súper Leche, algunos edifi cios

multifamiliares, oficinas de gobierno y varias escuelas.

La mayoría de los habitantes de la ciudad tardó horas

en darse cuenta de la magnitud del desastre.

Tras el asombro de los primeros minutos, la ciudad reaccionó.

¿Cómo quedarse quietos cuando hay gritos bajo

las piedras? Hombres y mujeres caminaban en direcciones

contrarias, presurosa, pero con una prisa distinta

a la de los días normales. Camionetas y camiones de

redilas aparecieron en las zonas afectadas repartiendo

picos, barretas, palas, cuerdas, carretillas, cascos, entre

los socorristas improvisados que aún no sabían que eran

socorristas y ya rasguñaban las montañas de cemento

roto y varillas dobladas, los grises escombros.

Los voluntarios, casi todos jóvenes, se mueven en gran

desconcierto. En algunas calles el polvo y el humo limitan

la vista. Sirenas de ambulancias y bomberos irrumpen

en direcciones encontradas, son parte del llanto.

Sobre cada edificio en ruinas los vecinos levantan piedras,

escudriñan grietas, meten la cabeza, aguzan el

oído para descubrir señales de vida. De repente se concentran

en un punto, aumenta la velocidad de los movimientos,

el aire se carga de barullo, y logran desenterrar

a una persona, viva o muerta, o no logran desenterrar a

nadie; los sonidos bajo las piedras engañan: demasiado

lejos o demasiado cerca. Se perciben olores mezclados:

gas, hule quemado, drenaje. Todo es extraño este día de

grises escombros. Estalla un llanto, un aullido, un grito

de alguien que no puede contenerse ante el dolor ajeno o

el desconsuelo propio. Las caras están cubiertas con una

capa de polvo y los ojos brillan de asombro.

Maga corre para llegar pronto al Edificio Roma y confirmar

lo que teme haber visto en la televisión, que ha

desaparecido, que ahora es una mole de piedra y humo,

y que Félix puede estar sepultado ahí, en eso que ayer

era un edificio de seis pisos y 24 departamentos.

“Que no sea verdad lo que veo. Que Félix no esté

muerto. Que no haya pasado esto, dios mío, que sea un

mal sueño, que despertemos todos de repente, que estas

calles no existan, que este polvo y estas ruinas no sean

verdad. Por favor, dios. Por favor diosito lindo, soy tu hija

humilde, creo en ti, en tus milagros, en tus maravillas,

en tu mirada bondadosa.”

En algunas esquinas gritos histéricos vuelven a la

realidad a quienes no creen lo que están viendo. Se respira

un aire denso. La ciudad pasa del estruendo a la pesadumbre.

El dolor sale de los cuerpos y se instala afuera,

se condensa, se convierte en bloques. No es la pérdida

individual, no es la tristeza o la desesperación de uno en

uno, sino algo material que pesa sobre todos, como un

aire denso, como el clima, el calor o el frío, como la peste.

Maga corre, alarga el esfuerzo, el corazón se le sale

del pecho, afloja el paso para recuperar el aliento: “Se cayó,

se cayó”, repite como letanía, como conjuro para que

no haya sucedido lo que sucedió.

Repite frases sin sentido para marcar el ritmo, como

hacía cuando iba a llegar tarde a la escuela: “naranja

dulce, limón partido, naranja dulce, limón partido, naranja

dulce…”

Necesita quitarse la duda. Lo vio en la tele. El Roma

se derrumbó. Félix no está ahí, está en cualquier otra

parte. Pueden haber pasado tantas cosas. Seguramente

hay una explicación razonable.

“Dios, diosito, la imagen de la tele no era la verdadera,

no era ese edificio sino otro. ¿Por qué ese? ¿Por qué

a nosotros? ¿Por qué todo? ¿Por qué, diosito santo? Que

sea cualquier otro edificio. Tampoco puedo desearle eso a

otra gente, tampoco.”

Vuelve a perder el aliento, va tosiendo, respira polvo

y humo, pero no se detiene, nada más afl oja el paso,

choca con alguien, le pide perdón. Adultos jalan niños

de la mano o cargan bultos con sus cosas. ¿Cuáles cosas

quieren salvar si nada tiene sentido? Pero las cosas

se necesitan para la vida que queda. “Naranja dulce,

limón partido, naranja dulce…” Una mujer se lleva

las manos a la cabeza. Esa imagen se queda ahí para

siempre.

Ha caminado estas calles mil veces, las conoce como

las palmas de sus manos. Son distintas ahora. No dejan

pasar. Busca otro camino, rodea la manzana, dobla

en la esquina de Avenida Chapultepec, llega al Parque

de las Fuentes, desde ahí deberían verse los seis pisos,

y encima el anuncio espectacular de “Crucero, ropa interior

para caballero”, que desde la azotea se veía tan

raro, las piernas gigantescas y deformes, los vellos del

brazo apoyado en la rodilla monstruosa… Ahora, desde

ahí, desde el Parque de Las Fuentes, no alcanza a ver

nada.

“Naranja dulce, limón partido.” Marca el paso para

acercarse todavía más. Oye su propia voz como murmullo.

“Dame un abrazo que yo te pido.”

“Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, exclama

una mujer a su lado.

Maga se queda quieta. Su voluntad, su fuerza y la de

todos no significan absolutamente nada. “Señor de las

Maravillas, escúchame.”

Ni la hoja de un árbol se mueve sin la voluntad de dios,

le enseñaron de niña, y Dios se escribe con mayúscula.

“No jurar en el nombre de dios en vano. Amar a dios

sobre todas las cosas, es pecado mortal no hacerlo, es

pecado desobedecer cualquiera de los diez mandamientos,

los pecados mortales son los que te llevan irremediablemente

al infierno, pero no amar a dios sobre todas

las cosas es el peor de los peores. ¿Cómo puedo querer a

un dios cruel?, ¿cómo amarlo sobre mi gente mía?, ¿cómo

por encima de Félix y mis hermanos? ¿Dónde están mis

hermanos y mi sobrina?” Hasta ese momento no los había

tenido en la mente. “¿Dónde están Lorena y la niña?

¿Dónde está Toño? ¿Dónde están todos?”

Ve a una mujer hincada con los brazos abiertos en

cruz mirando al cielo, llorando; un llanto sin palabras reconocibles;

un hombre la consuela y también llora. “Mis

hijos”, son las únicas palabras comprensibles. El hombre

ve a Maga y se dirige a ella inesperadamente: “Nuestros

cuatro hijos están en ese edificio.” No necesita decir más.

Maga se aleja con el pecho roto.

Padre, ¿por qué me has abandonado? El padre no acudió

a salvarlo. Tres días después resucitó de entre los muertos.

Ese sacrificio infinito fue necesario para salvarnos,

envió a morir a su propio hijo para redimirnos. Entonces,

¿por qué ahora esto? ¿Cuántas veces? ¿Por qué nosotros?

¿Qué pecado terrible cometimos? Las preguntas rebotaban

en su mente. ¿Dios es cruel? El padre Jiménez, el

mismo que la consoló cuando murió su madre, con el que

iba a confesarse los viernes primero de cada mes, y de

penitencia le dejaba cinco padresnuestros y cinco avesmarías,

no tenía respuestas claras para Maga. ¿Dios es

cruel? El padre Jiménez era paciente pero la dejaba en

la frontera de la fe. ¿Cristo era mejor que su padre? No

puede decirse tal cosa. El padre, el hijo y el espíritu santo

son tres personas en un solo dios verdadero. Es el

misterio de la santísima trinidad. El gran misterio de

nuestra religión. La prueba suprema es la fe. Pero Maga

niña no aceptaba pruebas tan terribles. No olvidaba la

de Abraham cuando le ordenó sacrificar a su hijo, su

único, con su propia mano.

(…)

 

Luego se fue al Roma. Estaba parada

enfrente sin saber qué hacer. A su lado una mujer decía

con las manos extendidas implorando al cielo: “Ayuda,

ayuda, mi hija está ahí, enterrada. Dios mío, alguien

que me ayude.” Su vestido había sido de color claro, y su

delantal rojo, pero ahora todo es gris, como su cabello.

“¿Qué podemos hacer?”, pregunta un hombre gordo. “Alguien

que me ayude, por favor”, dice la mujer y señala:

“Ahí, ahí está mi hija”. Se acerca y levanta una piedra

con gran esfuerzo. El hombre le ayuda.

 

(…)

 

Habla Maga:

Levantábamos piedras aquí y allá; éramos muchos

moviendo escombros, con rabia pero sin plan y sin conseguir

nada. De pronto un hombre chaparrito (cuando me

acerqué vi que era enano), parado en una de las cimas

de la montaña, miró hacia todos lados y gritó: “¡Vale madre!,

¡Paren, carajo, paren! ¡Tenemos que organizarnos!”

La suya era una voz metálica. El flaco paró y dijo apoyando

al enano: “Sicierto, coño, sicierto.” Esas fueron sus

palabras, las recuerdo bien, “sicierto”, “sicierto”. Ya había

llegado mi hermano Toño. Lorena le dijo que viniera

a buscarme y se estuviera conmigo.

(Toño es dos años mayor que yo y siempre me ha protegido.

Igual que Lorena, pero ella nos lleva diez años, y

cuando mamá murió se convirtió en nuestra otra mamá.)

Toño y yo dejamos las piedras y nos acercamos al enano.

Hicimos una rueda en torno a él. Éramos como quince

o veinte: Ernesto el luchador; la chava flaquita de la

cola de caballo; Alfonso el güero; Tita, que tenía aspecto

y fuerza de campesina; el Gordo y todos los demás. De

muchos nunca supe su nombre, pero los reconocería a todos

si los tuviera enfrente. El enano levantaba las manos

pidiendo calma, aunque todos estábamos calmados esperando

que dijera algo. Dijo con su voz metálica: “Tenemos

que actuar con más orden, porque así no avanzamos.

Tenemos que organizarnos ¿O.K.?” El Gordo se secaba la

frente con su paliacate y aprobaba las palabras del enano

moviendo la cabeza. “¿Qué estamos haciendo? Cada

quien jala por su lado. Así no avanzamos. Así vale madre.

Tenemos que actuar en conjunto, con orden, ¿O.K?”

Eso ya lo teníamos clarísimo, esperábamos lo siguiente,

pero lo siguiente no llegaba. El enano repetía lo mismo.

“Así vale madre. Tenemos que organizarnos, ¿O.K?” Todos

estábamos O.K., pero no sabía qué más decir. Al fi n

Toño dijo: “Bueno, sí, eso ya lo sabemos, pero entonces

cómo le hacemos.” Un muchacho que usaba un llamativo

casco amarillo de aluminio tomó la iniciativa: “Hay

que hacer cadenas”, dijo. Todos aprobamos. “Hay que

destapar esa grieta”, dijo la voz metálica. “Hay que conseguir

cubetas”, dijo una voz de mujer. “Necesitamos herramienta

para cortar varilla”, dijo alguien más. Al rato

habíamos hecho dos cadenas y nos movíamos ordenadamente.

Quién sabe de dónde aparecieron herramientas y

cubetas. Y también llegó más gente. De todos modos no

avanzábamos mucho. “Vamos a necesitar una grúa para

quitar aquella loza y esas trabes”, dijo el enano. “¡Una

grúa no!”, gritó el Gordo, “es peligroso, podemos provocar

nuevos derrumbes”. Pero era evidente que el enano

tenía razón. Esas moles de concreto no las íbamos a mover

nunca, necesitábamos una grúa con todo y los riesgos

que hubiera, por las puras grietas sólo podíamos llegar a

los primeros niveles, de donde venían las voces, que eran

de los que habían quedado en la parte más exterior, es

decir los que estaban en el piso más alto.

Sacamos al primer sobreviviente, con mucho trabajo,

por la primera grieta que señaló el enano. Hubo gran

algarabía.

Pero había lozas enteras, una sobre otra, y romperlas

con picos y barretas nos iba a tomar semanas, si es que

lo lográbamos: era absurdo, íbamos a necesitar una grúa

como dijo el enano. Alguien dijo que había una en una

construcción cercana. El Flaco Ro y yo fuimos a ver si la

conseguíamos.

La grúa era grande, de tracción de oruga. Cuando la

vi me di cuenta de que la necesitábamos, podríamos levantar

los grandes trozos de loza que perforar a mano

era imposible. Con picos y barretas y palas y cubetas removíamos

las piedras chicas y pedazos de material en

busca de grietas y agujeros donde meterse siguiendo las

voces y los gritos de ayuda que todavía escuchábamos.

Pero debíamos usar la grúa con mucho cuidado, en eso

tenía razón el Gordo, los derrumbes dentro del derrumbe

podían matar a los sobrevivientes enterrados. Las grutas

que abríamos servían para detectar sobrevivientes,

para animarlos, pero algunos estaban muy lejos, los oíamos

y los animábamos, y en dos casos pudimos hacerles

llegar mangueras para darles agua. Pero a otros no los

íbamos a poder sacar, los oíamos, sabíamos que estaban

vivos, y nos desesperábamos porque estaban muy lejos,

no podríamos llegar a ellos. Se oían menos voces y más

lejanas. Por eso la grúa era necesaria.

 

(…)

 

Maga está junto a su compañero rescatista, el Flaco Ro,

parada frente a lo que fue el edificio Roma. Sólo con la

grúa llegarían a los niveles del cuarto al primer piso.

De otro modo imposible. Se repetía para convencerse

a sí misma de que en el tercero era posible sobrevivir.

“Félix es fuerte, puede aguantar hasta que lleguemos

por él.” Luego perdía toda esperanza, se le escapaba el

aire, lo veía terriblemente lejano, a la mitad de la montaña,

perdía todas sus fuerzas, apenas podía tenerse en

pie. Pero se oían voces todavía. Todavía. Habían logrado

desenterrar a varios. Vivos y maltrechos, o ya muertos,

espantosamente dañados. Vivos y muertos. Pero todavía

se oían voces y ruidos que parecían quejas. Y le regresaban

las fuerzas. Ponía atención pero no oía voces, acaso

rumores, como algo moviéndose, como ratas en las coladeras,

como viento atrapado, como quién sabe qué.

Maga y el Flaco se unieron a una de las cadenas. Se

trabajaba sin parar. Todos eran increíblemente fuertes. De

pronto alguien grita: “Aquí, aquí.” Se quedan quietos un

instante. El enano y otros se acercan al lugar señalado. El

enano mete la cabeza en la grieta. Todavía hay que cavar

durante horas, cortar con segueta, apuntalar con palos los

túneles. El enano se mete en el túnel, desaparece completamente,

como auténtico topo. Sale y llama. Otros se acercan,

pisan con cuidado para no provocar un derrumbe, se

agitan, acercan una camilla, sacan un cuerpo.

Maga no podía estarse quieta un momento, sacaba

piedras, golpeaban con la barreta, era un activismo desaforado,

se movía, se esforzaba, sudaba. Le venía a la

mente la imagen de Félix, se enfurecía, sudaba. No tenía

fuerzas para mover la varilla retorcida. Pedía ayuda. El

Flaco Ro la vio batallar con una segueta y notó que tenía

una herida en el antebrazo. Le puso una mano en

el hombro. “Ven”, le dijo, “tienes que lavarte la herida”.

Sólo entonces ella se dio cuenta de que sangraba. Se dejó

conducir al puesto de la Cruz Roja en donde jóvenes sacaban

de grandes bolsas negras paquetes de cubrebocas

que repartían a quienes se acercaban. Maga se desvaneció.

No recuerda los minutos que siguieron. Recuerda, sí,

cuando estaba acostada en la camilla, cubierta la herida

con gasa. Recuerda los ojos de Rodrigo, El Flaco.

Monsiváis me dijo un día

–Francisco Pérez Arce Ibarra–

(Texto leído en el homenaje a Monsiváis, en abril de 2011, en el Castillo de Chapultepec)

1.

Es difícil elegir un texto como el más representativo Carlos Monsiváis. Trata todos los temas y los aborda de formas diferentes. Describe acontecimientos cruciales y definitivos para la historia de México, y fenómenos continuos, cotidianos, intrascendentes en apariencia que también son definitivos para la historia del país. Entre los primeros escribió sobre el movimiento del 68 y el terremoto del 85, entre los segundos se ocupó de asuntos como la religiosidad popular y la imaginación colectiva atrapada en los cromos de Jesús Helguera, y en aficiones radicales como la lucha libre. Si bien cada lector puede seleccionar su texto favorito y confirmar en él la calidad de su escritura, el mayor valor de la obra de Carlos Monsiváis es el conjunto; un conjunto tan complejo e inaprehensible como la realidad que describe y analiza. O mejor dicho: la realidad que observa y se esfuerza por recrear, por transmitir a los lectores que son al mismo tiempo los protagonistas de lo observado. Sus textos contienen la tragedia y lo chusco, el heroísmo y lo grotesco. Su gran sentido del humor no lo confunde, lo conduce a una mirada irónica, nunca superficial ni fácil. Insisto en que todo el tiempo parece esforzarse por recrear en su escritura una realidad tan compleja, que siempre parece insatisfecho, siempre parece necesitar de un nuevo texto, de una acotación que ya no cupo, de un tema que se quedó volando, de una referencia que no puede obviar. Siempre necesita un nuevo texto. Por eso su escritura es pródiga e inaprehensible. Y todo lo que no alcanzaba a escribir lo hablaba, y hablaba con todo  mundo: con los compañeros de oficio, con sus amigos telefónicos cotidianos, con sus contactos insospechados en todas las esferas de la sociedad, con el taxista del día, con la señora que lo reconoció en la banqueta, con el estudiante que le pidió una firma. Y ofrece frases  inesperadas y no pocas veces obscuras. Por eso es posible encontrarse a mucha gente que pueda decir: Monsiváis me dijo un día… Es probable, seguramente es cierto, un día Monsiváis le dijo algo a muchísima gente.

 

2.

“El miedo. La realidad cotidiana se desmenuza en oscilaciones, ruidos categóricos o minúsculos, estallidos de cristales, desplome de objetos o de revestimientos, gritos, llantos, el intenso crujido que anuncia la siguiente impredecible metamorfosis de la habitación, del departamento, de la casa, del edificio… El miedo, la fascinación inevitable del abismo contenida y nulificada por la preocupación de la familia, por el vigor del instinto de sobrevivencia. Los segundos premiosos, plenos de una energía que azora, corroe, intimida, se convierte en la debilidad de quien la sufre. “El fin del mundo es el fin de mi vida”, versus “No pasa nada, no hay que asustarse. Guardemos la calma”… Y los consejos no llegan a pronunciarse, el pánico es segunda o primera piel, a ganar la salida, a urdir la fuga de esta cárcel que es mi habitación, a distanciarse de esa trampa mortífera que fue hogar o residencia provisional. El crujido se agudiza, en el bamboleo la catástrofe se estabiliza, la gente se viste como puede o se viste sólo con su pánico, el miedo es una mística tan poderosa que resucita o actualiza otras místicas, las aprendidas en la infancia, las que van de la superstición a la convicción, las frases primigenias, las fórmulas de salvamento en la hora postrera.

“El 19 de septiembre, en la capital, muchos carecieron de la oportunidad de profundizar en su miedo.” (Los Días… p. 17)

 

Es la magnífica recreación de la zozobra íntima, compartida al instante, ante fuerzas desconocidas y poderosas. Con ese párrafo empieza uno de los textos más notables de Carlos Monsiváis: “Los días del terremoto”. Notable por la fuerza de la descripción, por la intensidad del pánico individual y colectivo, por la visión del microcosmos y del conjunto, la visión de lo pequeño y lo grande, de la persona abandonada a sus ínfimas capacidades, y la ciudad que se compone de una sumatoria inabarcable de multitud de ínfimas fuerzas.

La crónica no termina en la tragedia individual o en las tragedias individuales que conforman la tragedia colectiva. No termina en el recuento doloroso de las pérdidas humanas, ni en la fotografía del desastre urbano. En el extenso relato de los días del terremoto, encuentra lo nuevo, lo que no ha sido nombrado. En el viaje del dolor individual a la fuerza colectiva, Monsiváis  encuentra la solidaridad como clave moral, pero una solidaridad que tiene una significación más vasta:

“…no se examinará seriamente el sentido de la acción épica del jueves 19, mientras se le confine exclusivamente en el concepto solidaridad. La hubo y de muy hermosa manera, pero como punto de partida de una actitud que, así sea efímera ahora y por fuerza, pretende apropiarse de la parte del gobierno que a los ciudadanos legítimamente les corresponde. El 19, y en respuesta ante las víctimas, la ciudad d México conoció una toma de poderes, de las más nobles de su historia, que trascendió con mucho los límites de la mera solidaridad, fue la conversión de un pueblo en gobierno y del desorden oficial en orden civil. Democracia puede ser también, la importancia súbita de cada persona.” (p. 20)

Monsiváis “descubre” a la “sociedad civil” y la define: “es el esfuerzo comunitario de autogestión y solidaridad, el espacio independiente del gobierno, en rigor la zona del antagonismo.” (p. 79)

Observa y participa. Está ahí no sólo como testigo sino también como parte. No puede evitar la mirada irónica, pero tampoco la mirada comprometida. Describe y comprende. Hace crónica y ensayo. Tampoco elude el elogio y la admiración. Su crítica implacable no lo conduce al escepticismo. Por eso, en medio del desastre y sin negarlo, es optimista, no puede interpretarse de otro modo su visión de sociedad civil asociada a palabras como “esfuerzo comunitario”, “autogestión”, “solidaridad”.

 

3.

La atmósfera de los días del terremoto vuelve a sentirse en este tiempo. Vivimos una especie de terremoto nacional; la sociedad vive en zozobra ante la violencia desatada en el escenario de un poderoso crimen organizado, y un estado incapaz de frenarlo. El Estado pierde credibilidad y la sociedad busca salidas, piensa en voz alta, grita su dolor, es solidaria con las víctimas y sus deudos, se muestra, sale a la calle. Es la sociedad que se organiza, son individuos admirables que no se vencen en el dolor, sino que actúan desde el dolor.  Carlos vivió una parte de esta historia terrible. En Ciudad Juárez, en la colonia Salvácar, un comando de sicarios había asesinado a 14 adolescentes que acudían a una fiesta de cumpleaños; entre ellos se encontraban Marcos y José Luis Piña Dávila. Días después, la madre de estos dos jóvenes, Luz María Dávila, enfrentó a Felipe Calderón y le dijo llanamente: “no le puedo dar la bienvenida porque no es bienvenido.”

En enero del año pasado, en la Casa del Teatro, en Coyoacán, se llevó a cabo un Foro con víctimas y deudos de Ciudad Juárez. Luz María Dávila y su hermana Patricia vinieron a la ciudad de México, junto con otros juarenses, para hablar de la tragedia, de su pérdida enorme que sólo era una parte de una tragedia nacional que no termina. En el final del acto la madre admirable agradeció la solidaridad de los asistentes. Carlos Monsiváis tomó la palabra y dijo algo sencillo y claro: “no tienen que agradecer nuestra solidaridad, nosotros tenemos que agradecerles a ustedes su solidaridad; al venir aquí ustedes se están solidarizando con nosotros todos.” (No estoy citando textualmente, pero la idea era conmovedora: ellas lo habían perdido todo, pero el país todavía tenía salvación. Y estaban ahí para reclamar ese futuro para todos; ese futuro que ellas habían perdido de la manera más dolorosa. Debíamos agradecer nosotros, profundamente, como hoy debemos agradecer a Javier Sicilia.)

Días después, el 15 de febrero, Carlos escribió: “La señora Luz María Dávila, en su alegato, da la oportunidad de observar a la sociedad libre que surge, de varios modos, sin recursos, sin retórica memorizada, pero bajo una profunda convicción: esperar el cumplimiento de las promesas de los funcionarios es, ahora, olvidarse del respeto debido a sus muertos y, también, a su inermidad y a su miedo, tan explicable, tan roto por convicción que no le da la bienvenida a un presidente.”

Dijo también Carlos Monsiváis: “Venimos aquí porque estamos convencidos que la respuesta es la solidaridad. La señora Dávila decía que ya no tiene qué esperar. Yo le digo que tiene que esperar los resultados de su dignísima lucha. Estamos convencidos de que tenemos que esperar que haya muchísimas mujeres que como ella no le den la bienvenida al poder”.

 

Murió demasiado pronto. Nos hará falta la crónica de las fiestas del bicentenario de la independencia y el centenario de la revolución, de las que había dicho, con insistencia, que el gobierno no tenía ninguna idea de lo que debía hacerse, ni tampoco interés en un festejo que aprovechara la oportunidad para una reflexión amplia sobre su significado, para un diálogo con otros países latinoamericanos que igualmente festejaban su bicentenario, para propiciar una visión crítica a cien años de la revolución que superara la historia de bronce, y en un sentido más amplio, la historia unívoca vista desde el poder. Nos faltó su mirada irónica sobre el desfile de fuegos artificiales y el dislate insuperable del coloso de madera ensamblado en el zócalo, e inmediatamente recluido en una bodega inconfesable.

Nos haría falta ahora, tan necesitado como está el país de  miradas inteligentes para

para discernir lo que sucede.

Quizá por esa falta que hace, lo que vivimos el 19 de junio del año pasado, día en que Carlos murió, fue la abrumadora sensación de pérdida por la desaparición de un gran escritor y una figura pública. Una abrumadora sensación de pérdida.

 

Castillo de Chapultepec, 27 de abril de 2011

 

 

 

“La culpa la tiene El Chapo”, dijo Chong.

La segunda fuga del Chapo

–Francisco Pérez Arce Ibarra–

Un túnel de kilómetro y medio a más de diez metros de profundidad que va a dar exactamente a la regadera de su celda. Túnel bien construido, con sistema de aire e iluminación, que no pudo perforarse con mucho sigilo y debió tomar varios meses de trabajo a varias personas, sepa dios cuántas. No es una obra que pueda hacerse con pico y pala, tuvieron que emplear equipo pesado y sacar toneladas de tierra en camiones que nadie vio.

Un penal de alta seguridad que cuenta con cámaras que vigilan a los presos 24 horas, un foco en cada celda que nunca se apaga. Una fortaleza de muros y cimientos impenetrables. Una cárcel perfecta que lleva con justicia el mote de “alta seguridad”.

Pero la gente del Chapo hizo el túnel que brotó exactamente donde querían. El Chapo descendió, montó una motocicleta que corría sobre rieles, y en unos minutos estaba del otro lado, libre, donde sus cómplices pudieron recogerlo y llevárselo a dios sabe dónde, cuando los carceleros apenas notaban su ausencia: no aparecía en la pantalla y se tardaba mucho en la regadera y sospecharon y lo buscaron y no lo encontraron y dieron la alarma: “se fugó el Chapo”.

“¡No! ¿El Chapo Guzmán? ¿Y precisamente cuando el presidente Peña y su secretario de gobernación andan de visita oficial a Francia? ¡Que de inmediato se regrese Osorio Chong, el secretario, y que investigue qué pasó, y que dé la cara, y que empiece el control de daños!”

Chong volvió y fue  conocer el túnel y recibió todos los informes posibles, y convocó a una conferencia de prensa.

Extraña conferencia de prensa. Convocada para informar del gran escape, el discurso se ocupa de describir las insuperables medidas de seguridad, los protocolos rigurosos, la certificación internacional de la alta seguridad de esta prisión, la de Almoloya, conocida como “del Altiplano”. Extraño, digo, que se ocupe de la seguridad indiscutible de prisión cuando el motivo de la conferencia era informar de la evasión de un preso. Pareciera que el secretario Chong estuviera diciendo: “nosotros hicimos bien el trabajo y de todos modos se fugó”. O bien: “la culpa no la tenemos nosotros, la tiene el Chapo”. O quizá, “evadió todas esas medidas porque es más inteligente que nosotros”. O quizá, más probablemente, “hubo fallas humanas, de los encargados de la prisión…”, es decir, la corrupción, integrada en el sistema, es la que explica el suceso. Quiso decir lo que creemos todos: no hay sistema penal que aguante un cañonazo de millones de dólares. Inteligencia se necesita, por supuesto, pero sobre todo mucho dinero.

La corrupción es la culpable. Pero no la de los custodios, sino la de todo el sistema. El túnel no es posible sin la complicidad de funcionarios y altos mandos de policía y ejército.

Destituir a funcionarios del sistema penitenciario y encarcelar a unos cuantos custodios cómplices no basta para exculpar a los mandos de más alto nivel. El secretario de Gobernación y el Presidente son los principales responsables. Si a algún preso tenían que vigilar era a ese. Ellos hicieron gran alharaca cuando lo agarraron, fue su gran logro, lo festejaron como un campeonato. No podían dejarlo ir. Más allá de la corrupción existente y conocida, tuvieron que cuidarlo, y al no hacerlo quedaron en ridículo ante todo el mundo. El Chapo, el criminal más buscado (otra vez) hizo el gran escape. El gobierno de Peña, hizo el gran ridículo.

 

15 de julio de 2015

Votar por Morena

–Francisco Pérez Arce Ibarra–

No se trata de votar por el menos malo. Plantearlo así sería darle la razón a los anulistas. Se trata de votar por un partido que se propone contradecir al sistema. Sólo hay uno que lo hace: Morena. Los partidos del Pacto por México (PRD, PAN y PRI) representan al sistema, son el sistema. Proponen continuar por la ruta que el gobierno actual y los gobiernos recientes han trazado. Las diferencias son de matiz. El Partido Verde, que puede tener un cúmulo importante de votos, obtenidos con una mercadotecnia tramposa, es un aliado íntimo del PRI. Los demás partidos luchan por su vida y francamente no representan nada por sí mismos ni social ni ideológicamente. Si no existiera Morena el voto nulo o la abstención serían las únicas opciones críticas contra el sistema. Pero existe Morena, y aunque puedo discrepar en algo de su discurso, no hay duda de que es opositor franco.

En el proceso electoral del 2012 se enfrentaban dos proyectos: de un lado la continuidad del neoliberalismo que enarbolaban el PRI y el PAN, y de otro la crítica a ese sistema, que representaba la coalición progresista que postulaba a López Obrador. En el centro de la polémica estaban las “reformas estructurales”. PRI y PAN defendían la privatización del mundo (el petróleo incluido), y el dominio del capital privado (la inversión extranjera como varita mágica salvadora del país), y el predominio de las corporaciones gigantes (las de comunicaciones incluidas, encabezadas por Televisa).

El gobierno de Peña Nieto se presentó como la vanguardia del neoliberalismo, yendo más allá de lo que habían logrado los gobiernos panistas.

El PRD abandonó el bando progresista y se sumó al Pacto, con la intención de ser parte del poder, de influir en él siendo compadre de las reformas. A ello llamaron ser “izquierda moderna”, y fue bien vista por los locutores de la televisión y los comentaristas remunerados. Es cierto que votaron contra la reforma energética, la madre de todas las reformas; pero se opusieron a ella tardíamente. Una vez concluido el ciclo de las reformas, el PRD se acomodó como el aliado del sistema que refunfuñó, pero siguió siendo la “izquierda moderna”, cómoda y hasta amiga de Peña. Seguimos viendo las fotos sonrientes de los líderes perredistas dejándose palmear las espaldas por el presidente y sus secretarios. Hablando el mismo lenguaje. Siendo parte del poder. Proponiendo, si acaso, modificaciones mínimas que atenuaran los excesos del gobierno derechista.

Morena, en esos tres años, en los cuales logró organizarse nacionalmente y obtuvo el registro legal como partido político, encabezó o apoyó movilizaciones de masas contra las reformas estructurales. Sobre todo lo hizo con la reforma energética. Se opuso sistemática y firmemente a la privatización del petróleo. (El PRD también se opuso, y en ello participó destacadamente Cuauhtémoc Cárdenas quien acabó abandonando las filas de ese partido pocos meses después). Apoyó las protestas de los maestros de la CNTE contra la reforma educativa. Se sumó a causas comunitarias y combatió la minería depredadora. Denunció permanentemente la represión de la protesta social.

En el periodo 2012-2015 el país vivió tres grandes movilizaciones de magnitud y de extensión nacional: contra la reforma educativa, contra la reforma energética y por la aparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa. Hubo muchos otros movimientos sociales, de gran significación, como la lucha contra las empresas mineras que atentaban contra las comunidades y el medio ambiente, por la defensa del agua y contra la represión policiaca. Pero aquellos tres movimientos fueron los que tuvieron trascendencia nacional. Morena se ha movilizado en torno a esas causas y se ha pronunciado sin dudarlo en apoyo de los movimientos por los derechos de los pueblos. Es un partido político que no ha olvidado (en su interior luchan por no olvidar) su carácter de movimiento. Muchos de los que estamos ahí apostamos porque la dinámica electoral no separe a la organización de sus tareas no electorales, de sus tareas como movimiento, de su convicción de que la lucha no es cada tres años por obtener puestos públicos, sino todos los días del lado de las causas populares y la lucha social. Muchos de los que estamos ahí apostamos porque nuestros legisladores se conviertan en acompañantes y cauces de la lucha social.

La transformación del país, el cambio de ruta del país, no se concretará en las elecciones de este año. Este es sólo un episodio de la lucha por esos objetivos. Hay que dar todas las luchas todo el tiempo.

 

Elecciones y protesta social

–Francisco Pérez Arce Ibarra– 

1.– Año electoral pintado de Ayotzinapa– 

Las elecciones del 2015 están marcadas por una inédita movilización de protesta por la agresión que sufrieron los estudiantes de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa, en Iguala, Guerrero, el 26 de septiembre de 2014. Las manifestaciones, mítines y pronunciamientos se extendieron por todo el país y se mantuvieron intensamente durante seis meses. La desaparición forzada de 43 jóvenes prendió la indignación en amplias capas de la sociedad. Los padres de los normalistas se convirtieron en un motor muy poderoso que  formuló desde el principio la exigencia de que aparecieran con vida, y  señaló que el Estado era el responsable. Las consignas “Vivos se los llevaron/ Vivos los queremos”, “¡Fue el Estado!” y “Fuera Peña” expresan la esencia del movimiento.

El gobierno federal quiso eludir la responsabilidad de lo sucedido en Iguala. Su discurso se encaminó a culpar al gobierno municipal, acaso con una complicidad del gobierno del Estado, pero no más allá. Los padres de los 43 normalistas desaparecidos y las masivas movilizaciones le cerraron el camino al presidente y al procurador. Éstos, sin embargo, insistieron en acotar su responsabilidad y se apresuraron a dar por cerrado el caso con el encarcelamiento del presidente municipal de Iguala, su esposa, algunos policías, y los miembros de la organización criminal Guerreros Unidos, supuestos ejecutores materiales del supuesto asesinato de los 43.

El señalamiento de la responsabilidad directa del gobierno federal, hizo que se repitieran las consignas “Fuera Peña” y “Fue el Estado”; culpaban  al conjunto del sistema, incluidos los partidos políticos de izquierda, y en particular al mayor de ellos, el PRD.

Las izquierdas se sumaron a la protesta. Incluso las bases del PRD lo hicieron, a pesar de que su partido estaba involucrado en el crimen ya que tanto el Presidente Municipal de Iguala como el gobernador de Guerrero llegaron a sus puestos  postulados por ese partido.

El arranque del año electoral 2015 está pintado de Ayotzinapa. Empezó cargando una pesada condena al sistema en su conjunto. El movimiento de Ayotzinapa fortaleció la corriente de opinión que propone el voto nulo (y el boicot a las elecciones), como la única forma de protesta verdadera, de rechazo y condena al sistema. Plantea que acudir a votar por cualquier partido significa legitimar al sistema.

2.- El descrédito del INE

Además de cargar con la marca de Ayotzinapa, el proceso electoral arrastra el descrédito de sus operadores. El Instituto Nacional Electoral, INE,  ha  sido señalado por su incapacidad  de emparejar las condiciones de la competencia. El comportamiento de uno de los partidos ha exhibido al Instituto: El Partido Verde violó de manera sistemática las reglas de la competencia obteniendo ventajas a la vista de todo mundo. El INE le aplicó sanciones económicas una y otra vez, hasta sumar una cantidad mayor a los 300 millones de pesos. Pero el partido Verde tras cada sanción económica volvió a violar las reglas. Las sanciones económicas no frenaron las violaciones a la ley. El resultado es que se ha puesto precio a las ventajas que un partido quiera comprar.

El IFE, antecedente institucional del INE, había dejado un mal precedente con la forma en que trató los hechos que enturbiaron las elecciones del 2012. El caso más clamoroso fue la compra masiva de votos por parte del partido que ganó la elección presidencial, el PRI, mediante el reparto de tarjetas bancarias. El caso fue ampliamente documentado y al final reconocido por todos, pero no tuvo consecuencias. El Instituto encargado de vigilar la equidad en la competencia tampoco vio el ostentoso gasto de la campaña presidencial de ese partido.

Los escándalos de corrupción y dobles discursos de diputados y gobernantes (incluido el “conflicto de interés” del propio presidente de la república que obtuvo de contratistas del gobierno una casa de 89 millones de pesos), han propiciado la desconfianza en la legitimidad de los poderes estatuidos.

En ese contexto de desprestigio del gobierno por los escándalos de corrupción se iniciaron las campañas electorales en abril de 2015.

Los Partidos Políticos contendientes actúan buscando la máxima efectividad mercadotécnica: repeticiones de fotos de candidatos y frases insustanciales. La confrontación, cuando la hay, se base en acusaciones de corrupción al partido o candidato contendiente; o atribuyéndose méritos por supuestos logros gubernamentales. En la ruidosa competencia mercadotécnica no aparece, por ninguna parte, un debate de ideas o proyectos.

Concedamos que el INE hace un riguroso reparto de tiempos oficiales entre los partidos políticos. Pero la inequidad no está en los millones de “impactos” transmitidos por radio y televisión, sino en el monopolio de los medios electrónicos de comunicación. Fuera de los spots, hay una línea en los programas informativos que inclinan la balanza a favor de los partidos afines al sistema, particularmente al partido en el gobierno; y en contra, por la vía de la descalificación o el silencio, del partido que representa una oposición frontal al sistema: el partido MORENA.

La cancelación de uno de los espacios independientes y críticos del sistema, el programa periodístico de Carmen Aristegui en MVS, fue muestra de intolerancia y afirmó la alianza del poder gubernamental con los principales medios electrónicos de comunicación

3.- Las izquierdas

En ese terreno desigual actúan las izquierdas.

El PRD, el partido histórico de las izquierdas que en 1988 las reunió por primera vez en una lucha electoral, se ha convertido en el partido de izquierda “institucional”. Gobierna varios estados y municipios. Es una fuerza parlamentaria importante. Los partidos de la derecha lo consideran un interlocutor apropiado. Se llama a sí mismo “de izquierda moderna”, para deslindarse de la izquierda radical. Ha construido bases electorales apoyándose en su ejercicio del poder, usando los mismos métodos clientelares y corporativos contra los que peleó en su origen. Cuenta con una estructura nacional y, hasta el 2012, era la segunda fuerza electoral. Ha sufrido a partir de entonces desprendimientos importantes y ha sido criticada por seguir una política entreguista. El punto de quiebre fue la firma del Pacto Por México en diciembre de 2012; ahí se comprometió con los partidos de la derecha: el gobernante PRI, y el representante de la derecha histórica, PAN, a ser parte y coautor de un conjunto de reformas, entre ellas las llamadas “reformas estructurales”.

El PRD se deslindó del Pacto cuando se formuló  la reforma energética; un deslinde tardío; en los hechos había colaborado en el fortalecimiento del gobierno de Peña Nieto. El Pacto Por México le costó bases sociales y prestigio y, sobre todo, un divorcio tajante de los movimientos de protesta, que estuvieron muy activos en las calles durante 2013 y 2014. Frente a estas protestas, el gobierno federal, en los hechos apoyado por el PRD, siguió una política sistemática de represión.

Al costo político del Pacto, el PRD tuvo que sumar uno más, el de verse involucrado en el crimen de Iguala, a través de un presidente municipal que provenía de sus filas, y de un gobernador que fue su candidato. Ante estos hechos, los movimientos sociales no consideran al PRD un aliado. Su cosecha electoral en el 2015 no vendrá de las masas movilizadas por distintas causas, ni de los grupos generalmente críticos del sistema. Ante un resultado previsiblemente pobre, tras las elecciones de junio sufrirá nuevos desprendimientos. Y Como consecuencia de un resultado electoral débil, se debilitará aún más.

Partido del Trabajo y Movimiento Ciudadano son partidos chicos que se asumen de izquierda. Están obstinados en alianzas a toda costa con quien sea con tal de obtener los votos necesarios para conservar su registro. No están luchando por otra causa que no sea su propia sobrevivencia.

En 2012 estos partidos se coaligaron  con el PRD en el Frente Progresista que postuló a Andrés Manuel López Obrador como candidato a la presidencia. También postuló a gente identificada con AMLO  a diputaciones y senadurías. PT y MC  acompañaron a López Obrador cuando anunció su rompimiento con el PRD. En los debates legislativo sobre las reformas neoliberales, sus grupos parlamentarios fueron críticos y beligerantes. Representaron congruentemente posiciones de izquierda. Pero en la coyuntura electoral están dispuestos a aliarse con quien sea a cambio de puñados de votos que les permita conservar su registro.

Morena (Movimiento de Regeneración Nacional) es un partido que fue construido por Andrés Manuel López Obrador y sus seguidores en tres años de intensos recorridos por el territorio nacional. Sus miembros y dirigentes provienen en buena medida de desprendimientos del PRD y de participantes en organizaciones y movimientos sociales. Una corriente interna concibe a MORENA más como un movimiento que como un partido electoral: como un movimiento que recurre a las elecciones pero cuya actividad no se limita a ellas, e insiste en buscar permanentemente una cercanía con los movimientos sociales. En la coyuntura de las elecciones, la inercia vuelca a toda la organización a la actividad electoral. Su discurso busca deslindarse de los otros partidos. Ser diferente. Objetivo difícil de lograr en medio de la tormenta de spots, frases insustanciales y fotografías de candidatos sonrientes.

MORENA atrae al electorado más inclinado a la izquierda, pero en ese terreno compite con quienes proponen el voto nulo y el boicot electoral. En la ciudad de México se apoya en las buenas cuentas que dejó su principal líder como gobernante. El gobierno lopezobradorista (2000-2006) se reconoce como el único que ha intentado políticas públicas izquierdistas claramente contrastantes con las del gobierno federal.

Los promotores del voto nulo.– Intelectuales, periodistas, dirigentes de organizaciones de la sociedad civil identificadas con causas populares y con la defensa de los derechos humanos, militantes de la izquierda desencantados del PRD pero no afines a MORENA, han creado esta corriente anti-voto.  Su discurso se apoya en el descrédito de los partidos políticos y del INE. Atrae a los electores más irritados. Es una posición que critica al sistema y descalifica la vía electoral, pero no ofrece una alternativa clara. La versión más radical y más fuerte de esta posición se localiza en el Estado de Guerrero y se asocia a los maestros y los grupos que integran el movimiento de Ayotzinapa. La opción del voto nulo, la abstención y el boicot electoral ha existido en coyunturas anteriores, pero nunca había tenido tantos seguidores y tantas razones a su favor. Su cosecha de “no votos” puede ser de varios puntos porcentuales. Si sólo es eso no tendrá consecuencias políticas importantes.

4.- 2015, ensayo para el 2018

Las izquierdas, cada una por su lado, medirán fuerzas en el 2015. Su atomización es un hecho, y no es previsible un escenario que propicie la unidad después de las elecciones. La distancia entre el PRD y MORENA es insalvable.

La idea de “unidad de la izquierda” ya no puede incluir a todos los partidos que se asumen de izquierda, y no puede entenderse como “unidad electoral”. La posibilidad de construir una izquierda amplia y fuerte pasa por la definición de puntos programáticos comunes que contemplen las demandas expresadas por los movimientos sociales, el “Proyecto alternativo de nación” de MORENA, las ideas de quienes hoy promueven el “voto nulo” (que proponen la necesidad de una nueva Constitución) y la crítica de las “reformas estructurales” implantadas por la derecha.

La unidad de las izquierdas tiene que construirse en la movilización social, en la lucha ideológica contra la derecha y, simultáneamente, en la discusión programática. Sólo como consecuencia de todo esto puede resultar una participación electoral unitaria en el 2018.

Once tesis sobre la evaluación educativa

–Francisco Pérez Arce Ibarra–

1) La educación en México tiene deficiencias históricas. Es necesario evaluar al sistema educativo, empezando por el secretario y los altos mandos de la SEP. Los evaluadores deben ser evaluados.

2) La infraestructura educativa es deficiente en general, y muy deficiente en las áreas rurales, indígenas y urbanas pobres. El gasto educativo además de insuficiente ha sido mal empleado. Los burócratas deben ser evaluados.

3) El Sindicato controlado por el grupo que entronizó la cacique Elba Esther Gordillo (hoy presa) recibe enormes cantidades de dinero. De esos recursos no se da cuenta a nadie. El SNTE debe ser auditado.

4) Miles de maestros (“comisionados”) del SNTE cobran su sueldo pero no dan clases, son activistas que trabajan para el PANAL o el PRI y en tiempos electorales se convierten en mapaches. Los comisionados deben ser descomisionados.

5) La camarilla dirigente del SNTE utiliza el chantaje y las concesiones para controlar a los maestros. Los Congresos seccionales son fraudulentos. Los congresos democráticos son descalificados. Las direcciones democráticas deben ser reconocidas.

6) La SEP es un aparato burocrático enorme e ineficiente. La descentralización administrativa buscaba aligerar su ineficacia. Volvieron a centralizarlo por razones de control político. La burocracia debe ser evaluada.

7) Los cuantiosos recursos de la SEP a menudo se destinan a proyectos injustificados y onerosos. Los especialistas de la SEP deben ser evaluados.

8) La educación del pueblo mexicano es pobre en buena medida por la influencia dañina de Televisa y TV Azteca. Sus contenidos son extremadamente pobres. Los contenidos de las televisoras deben ser evaluados.

9) Los locutores de Televisa y TV Azteca (y sus socios menores como Milenio) suelen hacer gala al mismo tiempo de su ignorancia y su prepotencia. Los locutores de las televisoras deben ser evaluados.

10) El rendimiento escolar de los alumnos de primaria a menudo es pobre debido a su alimentación deficiente. Los alumnos deben ser alimentados.

11) Hasta ahora burócratas, diputados  y locutores han querido evaluar a los maestros. De lo que se trata es de evaluar a todo el sistema educativo y transformarlo.